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| felinia 23 |
on line desde enero 2002 |
diciembre 2003 |
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Discurso
del Gran Jefe indio Seattle al entregar su tierra
a los blancos El Gran
Jefe de Washington ha mandado decir que desea comprar nuestra tierra. El
Gran Jefe nos ha asegurado también su amistad y benevolencia. Esto es
amable de su parte, pues bien sabemos que él no necesita nuestra amistad. Vamos,
sin embargo, a pensar en su oferta, pues sabemos que, de no hacerlo, el
hombre blanco vendrá con armas y tomará nuestra tierra. El Gran Jefe de
Washington puede confiar en lo que dice el Jefe Seattle con la misma
certeza con que nuestros hermanos blancos pueden confiar en el cambio de
las estaciones del año. Mi palabra es como las estrellas. Ellas no
palidecen. ¿Cómo
puedes comprar o vender el cielo y el calor de la tierra? Tal idea nos es
extraña. Si no somos dueños de la pureza del aire o del resplandor del
agua, cómo puedes entonces comprarlos? Cada terrón de esta tierra es
sagrado para mi pueblo. Cada hoja reluciente del pino, cada playa arenosa,
cada velo de neblina en la oscura selva, cada claro del bosque y cada
insecto que zumba son sagrados en las tradiciones y en la conciencia de mi
pueblo. La savia que circula por los árboles lleva consigo los recuerdos
del hombre rojo. El
hombre blanco olvida su tierra natal cuando, después de muerto, va a
vagar entre las estrellas. Nuestros muertos nunca olvidan esta hermosa tierra, pues ella es la madre del hombre rojo. Somos parte de la
tierra y
ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas. El
venado, el caballo y la gran águila son hermanos nuestros. Las cumbres
rocosas y las campiñas verdeantes, el calor de los ponis y el del ser
humano, todos pertenecen a la misma familia. Por eso
cuando el Gran Jefe de Washington manda decir que desea comprar nuestra
tierra, exige mucho de nosotros. El Gran Jefe manda decir que va a
reservar para nosotros un lugar en el que podamos vivir cómodamente. Él
será nuestro padre y nosotros seremos sus hijos. Por eso vamos a
considerar tu oferta de compra de nuestra tierra. Pero no va a ser fácil,
porque esta tierra es sagrada para nosotros. Esta
agua brillante que corre por los ríos y arroyos no es sólo agua, sino
también la sangre de nuestros antepasados. Si te vendemos la tierra deberás
acordarte de que es sagrada y tendrás que enseñarles a tus hijos que es
sagrada y que cada reflejo en el espejo del agua transparente de los lagos
cuenta las historias y los recuerdos de la vida de mi pueblo. El murmullo
del agua es la voz del padre de mi padre. Los ríos
son nuestros hermanos. Sacian nuestra sed. Los ríos transportan nuestras
canoas y alimentan a nuestros hijos. Si te vendemos nuestra tierra habrás
de recordar y enseñar a tus hijos que los ríos son nuestros hermanos y
también tuyos y tendrás que tratar a los ríos con la misma amabilidad
que otorgarías a un hermano. Sabemos
que el hombre blanco no comprende nuestro modo de vida. Para él un lote
de terreno es igual al otro, porque es un forastero que llega en el
silencio de la noche y arrebata de la tierra todo lo que necesita. La
Tierra no es su hermana, sino su enemiga. Y después de conquistarla se
marcha. Deja tras de sí las tumbas de sus antepasados y no le importa.
Arrebata la tierra de las manos de sus hijos y no le importa. Olvida la
sepultura de sus padres y el derecho de sus hijos a la herencia. Trata a
su madre, la tierra, y a su hermano, el cielo, como cosas que se pueden
comprar, saquear, vender como ovejas o quincallería reluciente. Su
voracidad arruinará la tierra, dejando tras de sí sólo desierto. No sé.
Nuestros modos de proceder difieren de los tuyos. La visión de tus
ciudades causa tormento a los ojos del hombre rojo. Pero tal vez sea así
porque el hombre rojo es un salvaje que no entiende nada.
No hay
ni un lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco. No hay un lugar
en el que se pueda oír el brotar de las hojas en la primavera o el
revolotear de las alas de un insecto. Pero tal vez eso se deba a que yo
soy un salvaje que no entiende nada. El ruido
no sirve más que para insultar a los oídos. ¿Y qué vida es ésa en la
que un hombre ya no puede oír la voz solitaria de un curiango, la
conversación de los sapos junto al pantano? Soy un hombre rojo y no
entiendo nada. El indio prefiere el suave susurro del viento acariciando
la superficie de un lago y el aroma del mismo viento, purificado por una
lluvia de mediodía y oliendo a pino. El aire
es muy valioso para el hombre rojo, porque todas las criaturas participan
de la misma respiración, los animales, los árboles y el ser humano.
Todos participan de la misma respiración. El
hombre blanco no parece percibir el aire que respira. Como un moribundo en
prolongada agonía, es insensible al aire fétido. Pero si te vendemos
nuestra tierra habrás de recordar que el aire es precioso para nosotros,
que el aire reparte el espíritu con toda la vida que él sustenta. El
viento que dio a nuestro bisabuelo su primer soplo de vida recibe también
su último suspiro. Y si te vendemos nuestra tierra, deberás mantenerla
reservada, hecha un santuario, como un lugar al que el mismo hombre blanco
pueda ir para saborear el viento, endulzado con la fragancia de las flores
del campo. Así
pues, vamos a considerar tu oferta de compra de nuestra tierra. Si
decidimos aceptar, lo haré con una condición: el hombre blanco debe
tratar a los animales de esta tierra como si fuesen hermanos. Soy un
salvaje y no consigo pensar de otro modo. He visto millares de bisontes
pudriéndose en la pradera, abandonados por el hombre blanco que los abatía
a tiros disparados desde un tren en movimiento. Soy un salvaje y no
entiendo cómo un humeante caballo de hierro puede ser más importante que
el bisonte que nosotros, los indios, matamos únicamente para sustento de
nuestras vidas. ¿Qué
es el hombre sin los animales? Si todos los animales se acabasen, el
hombre moriría de soledad de espíritu. Porque todo lo que les sucede a
los animales, le sucede luego también al hombre. Todo está relacionado
entre sí. Debéis
enseñarles a vuestros hijos que la tierra donde pisan simboliza las
cenizas de nuestros antepasados. Para que tengan respeto a los padres, cuéntales
a tus hijos que la riqueza de la tierra son las vidas de nuestros
parientes. Enséñales a tus hijos lo que nosotros hemos enseñado a los
nuestros: que la Tierra es nuestra madre. Todo cuanto hiere a la tierra,
hiere a los hijos e hijas de la tierra. Si los hombres escupen en el
suelo, escupen sobre sí mismos. Una cosa
sabemos: que la tierra no le pertenece al hombre. Es el hombre el que
pertenece a la tierra. De eso estamos seguros. Todas las cosas están
relacionadas entre sí como la sangre que une a una familia. Todo está
relacionado. Lo que hiere a la Tierra, hiere también a los hijos e hijas
de la Tierra. No fue el hombre el que tejió la trama de la vida: él es sólo
un hilo de la misma. Todo cuanto haga con la trama se lo hará a sí
mismo. Nuestros
hijos han visto a sus padres humillados en la derrota. Nuestros guerreros
sucumben bajo el peso de la vergüenza. Y tras la derrota pasan el tiempo
sin hacer nada, envenenando su cuerpo con alimentos endulzados y bebidas
fuertes. No tiene mucha importancia dónde pasaremos nuestros últimos días.
Éstos no son muchos. Algunas horas más, algunos inviernos quizás, y
ninguno de los hijos de las grandes tribus que vivieron en estas tierras o
que hayan vagado en grupos por los bosques quedará para llorar sobre los
túmulos, un pueblo que un día fue tan poderoso y lleno de confianza como
el nuestro.
Ni el
hombre blanco con su Dios, con el que anda y con quien conversa de amigo a
amigo, queda al margen del destino común. Podríamos ser hermanos a pesar
de todo. Vamos a ver. Estamos
ciertos de que el hombre blanco llegará tal vez a descubrir, un día, una
cosa: nuestro dios es el mismo dios. Quizás pienses que lo puedes poseer de la misma manera que deseas
poseer nuestra tierra. Pero no puedes. Él es el dios de la humanidad
entera. Él
tiene la misma piedad para con el hombre rojo y para con el hombre blanco.
Esta tierra es preciosa para él. Causar daño a la tierra es despreciar a
su creador. Los
blancos también han de acabarse un día. Puede que más temprano que
todas las demás razas. ¡Seguid adelante! ¡Ensuciad vuestra cama! ¡Una
noche vais a morir ahogados en vuestros propios excrementos!. Sin
embargo, al desaparecer, brillarán con fulgor, abrasados por la fuerza de
Dios que los trajo a este país y los destinó a dominar esta tierra y al
hombre rojo. Este destino es un enigma para nosotros. No conseguimos
imaginarnos cómo será cuando los bisontes hayan sido masacrados, los
caballos salvajes domesticados, los rincones más apartados del bosque
infestados por el olor de mucha gente y las colinas ondulantes cortadas
por los hilos que hablan. ¿Dónde
ha quedado el bosque denso y cerrado? Se acabó. ¿Dónde estará el águila?
Se fue. ¿Qué
significa decirle adiós al pony ligero y a la caza? Es el fin de la vida
y el comienzo de la supervivencia. Por algún
designio especial, Dios os ha dado el dominio sobre los animales, los
bosques y el hombre rojo. Pero ese designio es para nosotros un enigma.
Tal vez lo comprenderíamos si conociésemos los sueños del hombre
blanco, si supiésemos cuáles son las esperanzas que transmite a sus
hijos e hijas en las largas noches de invierno y cuáles las visiones de
futuro que ofrece a sus mentes para que puedan formular deseos para el día
de mañana.
Pero
somos salvajes. Los sueños del hombre blanco siguen ocultos para
nosotros. Y por estar ocultos, hemos de caminar solos nuestro propio
camino, pues, por encima de todo, apreciamos el derecho que cada uno tiene
de vivir conforme desea. Por eso, si el hombre blanco lo consiente,
queremos ver garantizadas las reservas que nos prometió. Allí quizás
podamos vivir nuestros últimos días conforme deseamos. Después
que el último hombre rojo haya partido y su recuerdo no pase de ser la
sombra de una nube flotando sobre las praderas, el alma de mi pueblo
seguirá viviendo en estos bosques y playas, porque nosotros las hemos
amado como un recién nacido ama el palpitar del corazón de su madre. Si
te vendemos nuestra tierra, ámala como nosotros la amábamos, protégela
como nosotros la protegíamos. Nunca olvides cómo era esta tierra cuando
tomaste posesión de ella. Y con
toda tu fuerza, con todo tu poder y con todo tu corazón, consérvala para
tus hijos e hijas y ámala como dios nos ama a todos. Una cosa sabemos:
nuestro Dios es el mismo dios. Esta tierra le es sagrada. Ni siquiera el
hombre blanco puede eludir el destino común a todos nosotros.
En 1970, Ted Perry, guionista norteamericano, estaba preparando el guión de un documental sobre medioambiente titulado "Hogar", patrocinado por la Comisión de Radaio y Televisión Bautista del Sur y emitido por la cadena ABC-TV. Necesitaba un buen discurso, y se basó en las palabras del jefe indio Seattle, a las que añadió lo que su inspiración le dictó. Según sus propias palabras, los productores opinaron que el documental "ganaría en realismo" si el discurso se atribuía a Seattle en vez de a Perry. Este por su parte, constató al verlo emitido en televisión que su nombre no figuraba en los créditos.Ted Perry, en realidad, no utilizó el discurso original como base, sino una transcripción algo modificada realizada por William Arrowsmith en 1969. El discurso gustó, y durante años ha ido apareciendo como estandarte ecologista en publicaciones, anuncios, libros, etc., siempre atribuido al jefe Seattle y fechado en 1854. Su verdadero origen se descubrió en junio de 1991, cuando la periodista Paula Wissel se puso a buscar material para conmemorar el 125º aniversario de la muerte del jefe indio que dio nombre a la ciudad de Seattle. A pesar de la investigación de Weissel, de los datos del Museo de Historia e Industria de Seattle y de las declaraciones de Ted Perry, el discurso se ha convertido en una pieza clásica atribuida al jefe indio Seattle en 1854. Es cierto que la versión popularizada consigue un buen resultado, pero la lectura de la transcripción original impresiona todavía hoy: sin la agradable retórica que le proporcionó Perry, refleja perfectamente la difícil situación de unas tribus diezmadas por las epidemias y las derrotas militares, conscientes de su final y del avance imparable de los colonizadores. Y es que Seattle se dio cuenta de que hacen falta algo más que hombres para frenar la expansión de los herederos de Roma. .
En ese contexto, los antiguos pobladores del actual estado de Washington (EEUU) confirmaban sus derrotas militares con una rendición oficializada a modo de tratado de paz (tratado de Point Elliot-Mukileto, 1854). La ceremonia tuvo como principales figuras a un jefe indio llamado Seattle (jefe de 6 de las tribus de la zona) y al gobernador del estado, Isaac I. Stevens (cabeza visible del lobby local). La biografía del gobernador americano tiene poca importancia en esta historia: representante de los poderes económicos y sociales emergentes de su época, necesitaba terreno para que el avance financiero siguiera su curso; representaba más una obligación que una opción personal, y la historia no le guarda excesiva memoria. El jefe indio, portavoz y encargado de dar por buena la nueva era, respondía socialmente al mismo perfil: hijo de un noble Squamish de Agate Pass (Schweabe) y de una aristócrata Duwamish de Lower Green River (Sholitza), heredó posición y mando a la antigua usanza (si es que la "usanza" ha variado algo en los últimos siglos ...): por designio divino, acompañado de algunas cuchilladas inteligentemente asestadas. Así llegó a comandar hasta 6 tribus del noroeste de los EEUU y suroeste de Canadá. Heredó, también, la obligación de firmar una rendición cuya alternativa era la aniqulilación garantizada. Su inteligencia, sin embargo, le permitió ver que los términos de la rendición no anulaban la aniquilación, simplemente la hacían aceptable socialmente, a la vez que más lenta: "importa poco donde pasemos el resto de nuestro días. No serán muchos. La noche del indio promete ser oscura.", o "Unas pocas lunas más, unos pocos inviernos más, y ninguno de nuestros descendientes vivirá"; demostración clara de que el feje indio, grande o pequeño, podía ser cualquier cosa menos estúpido. A efectos prácticos, el tratado confinaba a las tribus indias en una reserva mientras que cedía al estado cerca de 2,5 millones de acres de tierra. Siempre el estado, y siempre la tierra ... Después de las derrotas militares, empezaron las negociaciones en 1854, para terminar en 1855 con la firma del acuerdo. Un par de siglos más tarde, en la Casa Blanca se habla inglés, se llevan trajes de Armani, los palmtops cantan cotizaciones de bolsa y la ecología se enfoca desde un punto de vista exclusivamente financiero. A Spirit se le ha cambiado por un BMW, que curiosamente sigue midiendo su potencia en caballos. Fieles a sus orígenes, los nuevos dueños de las praderas no dudan en mandar a sus soldados a cualquier punto del planeta: siempre el estado, siempre la tierra ... y siempre con la forma y color de los billetes del dólar. Los bisontes se reservan para los zoológicos o para los escenarios de Hollywood. El Gran Jefe Seattle era un hombre alto, imponente. De fuerte personalidad, era capaz de enardecer a sus seguidores y llegar al fondo de sus cabezas con hábiles discursos. Entendió el alcance de la invasión, y procuró, sin conseguirlo, que las nuevas tecnologías revirtieran en favor de su pueblo: favoreció la instalación de médicos e industriales en sus tierras, mantuvo una obligada puerta al diálogo con los recién llegados. Probablemente equivocó su época: si además de eso hubiera cantado bien, con la calidad de sus letras, ni Arlo Guthrie ni Joaquín Sabina hubieran llegado demasiado lejos, y Greenpeace luciría otro emblema en sus banderas. Siempre y cuando hubiera contado con un buen manager, claro. Finalmente, en 1866, ocupó el lugar que debía, entre los muertos olvidados. Más de 80 años envueltos en una aristocrática posición, que no le impidieron ver la decadencia del imperio de las praderas. Del olvido le rescató un guionista de televisión, arropado por un buen instinto y la necesidad tan actual de contar con un símbolo poético e incuestionable. La ciudad de Seattle, escenario de rechazos a la globalización, lleva su nombre, y los ecologistas nostálgicos invocamos sus palabras a falta de mejores textos originales (¿verdad, Mendiluce?). Pero esto, como diría Kipling, es otra historia ... Además, verdadero o falso, el texto es necesario. ¿o no?
La
declaración del Jefe Seattle se publicó en el periódico Seattle Star
el 29 de octubre de 1887, algo más de 30 años después de ser
pronunciada. El texto se redactó a partir de las notas tomadas por Henry
A. Smith, firmante del artículo y testigo de la reunión entre los
representantes indios y el gobierno de los Estados Unidos. El discurso de
Seattle es la respuesta al gobernador del estado de Washington Isaac I.
Stevens, que terminaría en 1855 con la firma del tratado de paz de Point
Elliot-Mukileto. Esta es la versión comunmente aceptada como la más fiel
al discurso original: "He allí el cielo que ha llorado lágrimas de
compasión sobre mi pueblo durante incontables siglos y que, aunque nos
pueda parecer inmutable y eterno, puede cambiar. Hoy está despejado. Mañana
puede estar encapotado con nubes. Mis palabras son como las estrellas que nunca
cambian. Cualquier cosa que diga Seattle, el gran jefe en Washington puede
confiar en ella tanto como él pueda confiar en el regreso del sol o de
las estaciones. El jefe blanco dice que el Gran Jefe en Washington
nos envía saludos de amistad y buena voluntad. Esto es muy amable de su
parte ya que sabemos que él necesita poco de nuestra amistad. Son muchas
sus gentes. Son como la hierba que cubre vastas praderas. Mi gente es
poca. Se asemejan a los pocos árboles que se encuentran esparcidos en una
pradera luego de haber sido azotada por una tormenta. El gran, y presumo,
buen Jefe Blanco, dice que desea comprar nuestra tierra pero que, al mismo
tiempo, nos deja la suficiente para que vivamos confortablemente.
Verdaderamente esto parece ser justo, y aún generoso, ya que el Hombre
Rojo no tiene ya más derechos que él necesite respetar, y la oferta
también parece ser sabia ya que no tenemos más necesidad de un
territorio extenso. Hubo un tiempo en el que nuestra gente cubría la
tierra como las olas en un mar encrespado por el viento cubren el fondo
cubierto de conchas, pero ese tiempo hace mucho que desapareció, junto
con la grandeza de las tribus que ahora son apenas un recuerdo doloroso.
No trataré el tema, ni lloraré por ello, de nuestra desaparición en un
tiempo, ni voy a reprochar a mis hermanos cara pálida con haberla
acelerado, porque también nosotros somos en algo responsables de ella. La juventud es impulsiva. Cuando nuestros jóvenes
se enojan con alguna injusticia real o imaginaria, y desfiguran sus caras
con pintura negra, denotan que sus corazones son negros, y que con
frecuencia son crueles e implacables, y nuestros viejos y viejas son
incapaces de moderarlos. Siempre ha sido así. Así fue cuando el hombre
blanco empezó a empujar a nuestros antepasados hacia el oeste. Pero
esperemos que nunca regresen las hostilidades entre nosotros. Tendríamos
todo que perder y nada que ganar. Los jóvenes consideran como ganancia a
la venganza, aún al costo de sus propias vidas, pero los hombres viejos
que permanecen en casa en momentos de guerra, y las madres que tienen
hijos que perder, saben que no es así. Nuestro buen padre en Washington—ya que presumo
que ahora es nuestro padre al igual que suyo, ya que el Rey George ha
movido sus fronteras más hacia el norte—nuestro gran y buen padre,
digo, nos envía el mensaje de que si deseamos lo que él desea, él nos
protejerá. Sus bravos guerreros serán para nosotros como una erizada
pared de fortaleza, y sus maravillosos barcos de guerra llenarán nuestros
puertos, para que nuestros antiguos enemigos más al norte—los Haidas y
los Tsimshians, cesen de asustar a nuestras mujeres, niños, y viejos.
Realmente él será nuestro padre y nosotros sus hijos. Pero, ¿puede eso suceder alguna vez? ¡Su dios no
es nuestro dios! ¡Su dios ama a su gente y odia a la mía! Pliega
amorosamente sus fuertes brazos protectores alrededor del cara pálida y
lo conduce de la mano como un padre conduce a un hijo pequeño. Pero, él
ha desamparado a sus Hijos Rojos, si es que realmente son suyos. Nuestro dios,
el Gran Espíritu, parece que también nos ha abandonado. Su dios hace que
su gente se haga más fuerte cada día. Pronto ellos llenarán todas las
tierras. Nuestra gente está menguando como una marea que
retrocede rápidamente y que nunca regresará. El dios del hombre blanco
no puede amar a nuestra gente o nos hubiera protegido. Ellos parecen huérfanos
que no tienen donde buscar ayuda. ¿Cómo, entonces, podemos ser hermanos?
¿Cómo puede su dios llegar a ser nuestro dios y renovar nuestra
prosperidad y despertar en nosotros sueños de una grandeza que regresa?
Si tenemos un Padre Celestial común, debe estar parcializado, porque vino
exclusivamente hacia sus hijos de cara pálida. Nosotros nunca lo vimos. El les dió leyes, pero no
tuvo palabras para sus niños rojos cuyas prolíficas multitudes una vez
llenaban este vasto continente como las estrellas llenan el firmamento. No,
somos dos razas diferentes, con orígenes diferentes y destinos separados.
Hay muy poco en común entre nosotros. Para nosotros, las cenizas de nuestros antepasados
son sagrados y su lugar de reposo es terreno reverenciado. Vosotros os
alejais de las tumbas de vuestros antepasados, y aparentemente sin pena.
Vuestra religión fue escrita sobre lápidas de piedra por el dedo de
hierro de vuestro dios, para que no las podais olvidar. El Hombre Rojo nunca podría comprender o
recordarlo. Nuestra religión son las tradiciones de nuestros antepasados
– los sueños de nuestros hombres viejos, dados en las horas solemnes de
la noche por el Gran Espíritu; y las visiones de nuestros jefes, y está
escrito en los corazones de nuestra gente. Dejáis de amar a vuestros muertos y vuestra tierra
natal tan pronto como cruzais el portal de las tumbas, y vagan más allá
de las estrellas. Los olvidais rapidamente y nunca regresan. Nuestros muertos nunca olvidan este hermoso mundo
que les dió vida. Ven todavía sus verdes valles, sus rumorosos ríos,
sus magníficas montañas, sus apartadas cañadas y lagos y bahías
bordeados de verde, y siempre suspiran con un tierno y cariñoso afecto
por los seres vivos de corazones solitarios, y con frecuencia regresan del
feliz coto de caza para visitarlos, guiarlos, consolarlos, y confortarlos.
Día y noche no pueden convivir. El Hombre Rojo
siempre ha rehuido los acercamientos del Hombre Blanco, como la neblina
matutina huye antes que aparezca el sol de la mañana. Sin embargo, su
proposición parece justa y creo que mi gente la aceptará y se retirará
a la reserva que usted nos ofrece. Entonces, viviremos separados en paz,
ya que las palabras del Gran Jefe Blanco parecen ser las palabras de la
naturaleza que habla a mi gente desde la densa oscuridad. Importa poco donde pasemos el resto de nuestro días.
No serán muchos. La noche del indio promete ser oscura. Ni siquiera una
simple estrella revolotea en su horizonte. Vientos de voz triste se
lamentan en la distancia. Un triste destino parece estar en el camino del
Hombre Rojo, y donde quiera escuchará los pasos que se aproximan de su
cruel destructor, y se prepara impasiblemente a enfrentar su destino, como
hace el antílope herido que escucha los próximos pasos del cazador. Unas pocas lunas más, unos pocos inviernos más, y
ninguno de los descendientes de los poderosos espíritus que alguna vez se
movían por esta amplia tierra o vivían en hogares felices, protegidos
por el Gran Espíritu, permanecerá para llorar sobre las tumbas de un
pueblo que una vez fue más poderoso y con más esperanzas que el suyo. Pero, ¿por qué debo llorar sobre el destino de mi
pueblo? Tribus siguen a tribus, y naciones siguen a naciones, como las
olas del mar. Es el órden de la naturaleza, y lamentarse es inútil. Su
momento de decadencia puede estar distante, pero seguramente llegará,
porque aún el Hombre Blanco cuyo dios caminó y habló con él como
amigo, no puede estar exonerado del destino común. Puede que seamos
hermanos, después de todo. Veremos. Estudiaremos su proposición y cuando hayamos
decidido, se lo haremos saber. Pero, si la aceptamos, yo aquí y ahora
pongo esta condición, que no se nos niegue el privilegio, sin
molestarnos, de visitar en cualquier momento las tumbas de nuestros
ancestros, amigos, e hijos. Cada parte de este suelo es sagrado en la
consideración de mi pueblo. Cada ladera, cada valle, cada pradera y cada
huerto, ha sido consagrado por algún triste o feliz evento en días hace
ya tiempo desaparecidos. Aún las rocas, que parecen ser mudas y muertas ya
que se tuestan en sol a lo largo de la costa silenciosa, llenas con
memorias de eventos excitantes conectados con las vidas de mi gente, y el
mismo polvo sobre el cual ustedes se encuentran responde con amor a sus pisadas
igual que a las suyas, debido a que ha sido enriquecido por la sangre de
nuestros antepasados, y nuestros pies desnudos son conscientes del toque
simpatético. Nuestros difuntos, bravos, amadas madres, alegres y felices
doncellas, y aún los niños que vivieron aquí y se regocijaron aquí por
una breve estación, amarán estas soledades sombrías y, durante la caída
de la tarde, ellos recibirán a los tenebrosos espíritus que regresan. Y, cuando el último Hombre Rojo haya perecido, y la
memoria de mi tribu se haya convertido en un mito entre el Hombre Blanco,
estas playas estarán repletas de los muertos invisibles de mi tribu, y
cuando los hijos de sus hijos se crean solos en el campo, la tienda, el
taller, en la carretera, o en el silencio de los bosques sin senderos,
ellos no estarán solos. En toda la tierra no hay lugar dedicado a la
soledad. En la noche, cuando las calles de sus ciudades y pueblos están
silenciosas y ustedes creen que están desiertas, estarán atestadas con
los huéspedes que regresan y que una vez las llenaban y que todavía aman
esta hermosa tierra. El Hombre Blanco nunca estará solo. Que él sea justo y trate amablemente a mi gente, porque los muertos no son impotentes. ¿Muertos, dije? No hay muerte, solamente un cambio de mundos."
La versión original inglesa es la siguiente: "Yonder sky that has
wept tears of compassion upon my people for centuries untold, and which to
us appears changeless and eternal, may change. Today is fair. Tomorrow it
may be overcast with clouds. My words are like the stars
that never change. Whatever Seattle says, the great chief at Washington
can rely upon with as much certainty as he can upon the return of the sun
or the seasons. The white chief says that
Big Chief at Washington sends us greetings of friendship and goodwill.
This is kind of him for we know he has little need of our friendship in
return. His people are many. They are like the grass that covers vast
prairies. My people are few. They resemble the scattering trees of a
storm-swept plain. The great, and I presume -- good, White Chief sends us
word that he wishes to buy our land but is willing to allow us enough to
live comfortably. This indeed appears just, even generous, for the Red Man
no longer has rights that he need respect, and the offer may be wise,
also, as we are no longer in need of an extensive country. There was a time when our
people covered the land as the waves of a wind-ruffled sea cover its
shell-paved floor, but that time long since passed away with the greatness
of tribes that are now but a mournful memory. I will not dwell on, nor
mourn over, our untimely decay, nor reproach my paleface brothers with
hastening it, as we too may have been somewhat to blame. Youth is impulsive. When our
young men grow angry at some real or imaginary wrong, and disfigure their
faces with black paint, it denotes that their hearts are black, and that
they are often cruel and relentless, and our old men and old women are
unable to restrain them. Thus it has ever been. Thus it was when the white
man began to push our forefathers ever westward. But let us hope that the
hostilities between us may never return. We would have everything to lose
and nothing to gain. Revenge by young men is considered gain, even at the
cost of their own lives, but old men who stay at home in times of war, and
mothers who have sons to lose, know better. Our good father in
Washington--for I presume he is now our father as well as yours, since
King George has moved his boundaries further north--our great and good
father, I say, sends us word that if we do as he desires he will protect
us. His brave warriors will be to us a bristling wall of strength, and his
wonderful ships of war will fill our harbors, so that our ancient enemies
far to the northward -- the Haidas and Tsimshians, will cease to frighten
our women, children, and old men. He in reality he will be our father and
we his children. But can that ever be? Your
God is not our God! Your God loves your people and hates mine! He folds
his strong protecting arms lovingly about the paleface and leads him by
the hand as a father leads an infant son. But, He has forsaken His Red
children, if they really are His. Our God, the Great Spirit, seems also to
have forsaken us. Your God makes your people wax stronger every day. Soon
they will fill all the land. Our people are ebbing away
like a rapidly receding tide that will never return. The white man's God
cannot love our people or He would protect them. They seem to be orphans
who can look nowhere for help. How then can we be brothers? How can your
God become our God and renew our prosperity and awaken in us dreams of
returning greatness? If we have a common Heavenly Father He must be
partial, for He came to His paleface children. We never saw Him. He gave
you laws but had no word for His red children whose teeming multitudes
once filled this vast continent as stars fill the firmament. No; we are
two distinct races with separate origins and separate destinies. There is
little in common between us. To us the ashes of our
ancestors are sacred and their resting place is hallowed ground. You
wander far from the graves of your ancestors and seemingly without regret.
Your religion was written upon tablets of stone by the iron finger of your
God so that you could not forget. The Red Man could never
comprehend or remember it. Our religion is the traditions of our ancestors
-- the dreams of our old men, given them in solemn hours of the night by
the Great Spirit; and the visions of our sachems, and is written in the
hearts of our people. Your dead cease to love you
and the land of their nativity as soon as they pass the portals of the
tomb and wander away beyond the stars. They are soon forgotten and never
return. Our dead never forget this
beautiful world that gave them being. They still love its verdant valleys,
its murmuring rivers, its magnificent mountains, sequestered vales and
verdant lined lakes and bays, and ever yearn in tender fond affection over
the lonely hearted living, and often return from the happy hunting ground
to visit, guide, console, and comfort them. Day and night cannot dwell
together. The Red Man has ever fled the approach of the White Man, as the
morning mist flees before the morning sun. However, your proposition seems
fair and I think that my people will accept it and will retire to the
reservation you offer them. Then we will dwell apart in peace, for the
words of the Great White Chief seem to be the words of nature speaking to
my people out of dense darkness. It matters little where we
pass the remnant of our days. They will not be many. The Indian's night
promises to be dark. Not a single star of hope hovers above his horizon.
Sad-voiced winds moan in the distance. Grim fate seems to be on the Red
Man's trail, and wherever he will hear the approaching footsteps of his
fell destroyer and prepare stolidly to meet his doom, as does the wounded
doe that hears the approaching footsteps of the hunter. A few more moons, a few more
winters, and not one of the descendants of the mighty hosts that once
moved over this broad land or lived in happy homes, protected by the Great
Spirit, will remain to mourn over the graves of a people once more
powerful and hopeful than yours. But why should I mourn at
the untimely fate of my people? Tribe follows tribe, and nation follows
nation, like the waves of the sea. It is the order of nature, and regret
is useless. Your time of decay may be distant, but it will surely come,
for even the White Man whose God walked and talked with him as friend to
friend, cannot be exempt from the common destiny. We may be brothers after
all. We will see. We will ponder your
proposition and when we decide we will let you know. But should we accept
it, I here and now make this condition that we will not be denied the
privilege without molestation of visiting at any time the tombs of our
ancestors, friends, and children. Every part of this soil is sacred in the
estimation of my people. Every hillside, every valley, every plain and
grove, has been hallowed by some sad or happy event in days long vanished.
Even the rocks, which seem
to be dumb and dead as the swelter in the sun along the silent shore,
thrill with memories of stirring events connected with the lives of my
people, and the very dust upon which you now stand responds more lovingly
to their footsteps than yours, because it is rich with the blood of our
ancestors, and our bare feet are conscious of the sympathetic touch. Our
departed braves, fond mothers, glad, happy hearted maidens, and even the
little children who lived here and rejoiced here for a brief season, will
love these somber solitudes and at eventide they greet shadowy returning
spirits. And when the last Red Man
shall have perished, and the memory of my tribe shall have become a myth
among the White Men, these shores will swarm with the invisible dead of my
tribe, and when your children's children think themselves alone in the
field, the store, the shop, upon the highway, or in the silence of the
pathless woods, they will not be alone. In all the earth there is no place
dedicated to solitude. At night when the streets of your cities and
villages are silent and you think them deserted, they will throng with the
returning hosts that once filled them and still love this beautiful land.
The White Man will never be alone. Let him be just and deal
kindly with my people, for the dead are not powerless. Dead, did I say?
- There is no death, only a change of worlds." HAY QUE RECONOCERLO: EL TEXTO STANDARD CUMPLE CON EL ALMÍBAR, PERO EL ORIGINAL ES MUCHO MÁS IMPRESIONANTE. LA LUCIDEZ RESPECTO A LA CAPACIDAD DEPREDADORA DEL SER HUMANO, JUNTO UNA ESPECIAL CONCIENCIA DE LO QUE ES ESTE PLANETA, IMPRESIONAN. SENCILLAMENTE, IMPRESIONAN. FELIZ NAVIDAD A QUIEN CREA EN ELLO.
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