|
|
|
|
|
| felinia 22 |
on line desde enero 2002 |
noviembre 2003 |
||||
|
|
||||||
|
||||||
| . | ||||||
|
Durante el desarrollo de los mamíferos en el ambiente
uterino, también es necesario el oxígeno. Sin embargo, aquí los
pulmones no pueden ser funcionales y el intercambio de gases se realiza
a través de la placenta, que equivale al órgano de respiración
“externa” del feto. A su través, el O2
pasa de la sangre materna a la fetal por difusión y el CO2
hace lo mismo en sentido contrario. Ahora bien, la evolución no suele inventar órganos “de
novo”, sino que suele ser oportunista. Esto es probablemente lo que
ocurrió con la placenta, y su aporte vascular atestigua que antes de
tener su función actual probablemente era un órgano con una irrigación
de los tejidos sistémicos. Al menos sus arterias y venas tienen una
disposición análoga a la de otros tejidos sistémicos. Por lo tanto,
la placenta, el órgano respiratorio del feto, está situada en paralelo
con los tejidos. Esto es importante, ya que da lugar a la mezcla de la
sangre oxigenada de la vena umbilical con la desoxigenada que vuelve por
las venas sistémicas de la parte posterior del cuerpo (fig.1). Además,
a la placenta no le llega la sangre más pobre en oxígeno directamente
desde los tejidos, sino una sangre de PO2
más alta. Esto tiende a disminuir el gradiente placentario de PO2 desde el lado materno al fetal, y por lo tanto la tasa de difusión de
O2.
Esto es a priori especialmente grave si tenemos en cuenta
que ya de por sí la placenta no es un órgano respiratorio
especialmente eficaz. La barrera placentaria es mucho más gruesa que la
que separa sangre y aire en el pulmón de la madre, y es sabido que
cuanto mayor sea la distancia de difusión mayores serán los gradientes
de tensión de gas (es parte del principio de Fick) en la barrera de
intercambio, y menor la oxigenación de la sangre (fetal en este caso). La situación vascular del órgano de respiración externa
recuerda, por tanto, a la de los peces de respiración aérea, donde
también tenía consecuencias negativas para el intercambio gaseoso. Es
también análogo a la vascularización de la piel de los anfibios,
aunque sólo en su lado venoso, pues en su lado arterial ya había un
aporte de tipo en serie por las arterias pulmocutáneas. la conclusión
podría ser que ninguno de estos tres tipos de animales, peces de
respiración aérea, anfibios (piel) y fetos de mamífero han conseguido
poner en serie su o alguno de sus órganos respiratorios. pero de los
tres, si a alguno podemos llamar superior (y no creo que podamos) es
obviamente a los anfibios, no a los fetos de los mamíferos. Sólo ellos
han conseguido recorrer al menos la mitad del camino al añadir un
aporte de sangre a los pulmones funcionalmente en serie con los tejidos. Pero
las cosas no se han quedado así. A pesar del “fracaso” evolutivo
(al menos hasta la fecha) de la forma de vascularización placentaria,
también se han dado adaptaciones en la evolución para intentar
minimizar la posible hipoxia vascular. Han aparecido dos “parches”:
el foramen oval y el ductus arteriosus (Fig.1). Se
sabe que la sangre venosa sigue caminos diferentes según sea la vena de
entrada a la aurícula derecha. La mayor parte de la sangre desoxigenada
que viene de la región cefálica por la cava superior, pasa por la aurícula
derecha al ventrículo derecho y de éste a la arteria pulmonar (lo
normal en los adultos). Alrededor de un tercio de la sangre que entra
por la cava inferior sigue el mismo camino, pero los dos tercios
restantes pasan a la aurícula izquierda por un orificio que existe
entre las dos aurículas: el foramen oval. esto es adaptativo, pues ésta
última sangre, aunque mezclada con la desoxigenada procedente de la
parte posterior del cuerpo, contiene la sangre que se oxigenó en la
placenta, siendo así la sangre más oxigenada que entra al corazón.
Por ello es lógico que pase al corazón izquierdo para salir por las
arterias sistémicas hacia los tejidos. Especialmente a los de la región
cefálica incluyendo al cerebro, el órgano más sensible a la falta de
oxígeno, incluso durante períodos cortos, en los mamíferos adultos. Y
específicamente a la región cefálica, porque algo más allá de las
bifurcaciones arteriales dirigidas a la cabeza se produce entrada de
sangre más desoxigenada desde la arteria pulmonar a las arterias sistémicas
a través de la segunda modificación: el ductus arteriosus. Esta
estructura es de inevitable analogía con la del mismo nombre de los
dipnoos y sirve para cortocircuitar aún más los pulmones
(probablemente ocurre igual en dichos peces). El resultado es que los
tejidos de la parte posterior del cuerpo (seguramente menos oxígeno-dependientes)
reciben sangre menos oxigenada que los cefálicos. pero esto era
necesario, ya que si no hubiese ductus volvería una cantidad
mucho mayor de sangre desoxigenada por las venas pulmonares, lo que
reduciría una vez más la PO2
de la sangre arterial sistémica, pero esta vez también la de todos los
tejidos incluyendo al cerebral. Esto es así porque en este caso
particular hay dos entradas de sangre, en vez de una sola, a la aurícula
izquierda. Está claro que la posición anatómica del ductus,
“río abajo” de la bifurcación arterial al cerebro, es estratégica
y que con sólo el foramen oval no se habría logrado esta selectividad
entre tejidos: la evitación parcial de la mezcla de “sangres”
parcialmente oxigenada y desoxigenada en la aurícula derecha se perdería
en la aurícula izquierda si no hubiese ductus. La
razón por la cual el flujo de sangre por el ductus y el foramen
ocurre en la dirección que se describe y no al revés no se debe, una
vez más, a ningún tipo de estructura valvular. Se da así simplemente
porque el gradiente de presiones sanguíneas es favorable: en el feto, y
al revés que en el mamífero adulto, la presión de la circulación
pulmonar supera a la de la sistémica. Esta situación se invierte en el
momento del parto, debido en parte a la distensión de los pulmones (que
disminuye la resistencia pulmonar) y a la desconexión con la placenta
(que al tratarse de un tejido en paralelo disminuía la resistencia). En
ese momento se cierran ambas comunicaciones, el ductus por
constricción regresiva y el foramen porque la inversión del gradiente
de presiones (ahora la presión es mayor en la aurícula izquierda que
en la derecha) abate un repliegue que existe a nivel del mismo hacia el
tabique interauricular. El cierre definitivo del foramen ocurrirá de
modo más lento en los meses siguientes por fusión de dicho repliegue
con el tabique interauricular. En
cualquier caso, vemos cómo se repite una vez más el carácter
adaptativo, que no inferior, del cortocircuitado de los pulmones cuando
no se utilizan. Si se me permite decirlo, el feto cortocircuita el pulmón
porque también bucea a su manera cuando flota dentro del líquido amniótico.
Es muy curioso que, aunque se conozcan mucho menos los detalles
funcionales, el embrión de las aves tiene también un problema similar
al respirar por un órgano, la membrana corioalantoidea, distinto del
pulmón. Es muy interesante que también poseen comunicaciones anatómicas
por las que la sangre pasa de la aurícula derecha a la izquierda. Y una
vez más, como ocurre en los mamíferos, en el adulto las dos
circulaciones pulmonar y sistémica están totalmente separadas. En
resumen, la placenta está en paralelo con los tejidos posteriores y
parcialmente en serie con los cefálicos gracias al foramen y al ductus.
Pero estas estructuras son más bien “parches”, como decía más
arriba, que soluciones perfectas. Es evidente que en este circuito gran
parte de los glóbulos rojos que proceden de los tejidos recirculan de
nuevo a ellos sin ganar oxígeno en la placenta y que parte de los que
salen de la placenta “cargados” de oxígeno vuelven a ella sin
haberlo cedido en los tejidos. A estas ineficiencias se suma que ninguno
de los dos parches puede evitar que la sangre más oxigenada, la que
viene de la placenta por la vena umbilical, se mezcle con la
desoxigenada de los tejidos posteriores, ya que el proceso ocurre, como
en los peces de respiración aérea,
antes de que la sangre pueda alcanzar el corazón o, por
supuesto, las arterias. El
resultado de esto y del grosor funcional de la placenta como órgano
respiratorio es que la concentración de oxígeno en la sangre fetal es
muy baja, a pesar de otras adaptaciones como la posesión de una
hemoglobina fetal de mucha mayor afinidad por el oxígeno debido a que
une con menos facilidad el modulador negativo de afinidad 2,3
bifosfoglicerato. La PO2 de la sangre oxigenada fetal es tan baja que ronda los 30 mmHG,
lo que se puede calificar, sin exagerar nada, de hipoxemia aguda. Baste
decir que es aproximadamente la PO2 de
la sangre aórtica (unos 22 mmHg) de un montañero que esté coronando
el Everest respirando aire externo. Dicha pO2
limita tanto el ejercicio, incluso de los individuos especialmente
entrenados y seleccionados que llegan hasta ahí arriba, que los últimos
10 metros de la cumbre se dan con pasos tan lentos que pueden hacer
falta unos 10 minutos para terminarlos (Dejours, 1982). Incluso el
esfuerzo más nimio exige del hombre ahí arriba una ventilación que se
acerca a la máxima que se observa al nivel del mar a grandes
velocidades en la carrera. Ante esta gran hipoxemia fetal, que se da a
pesar de forámenes, ductos y hemoglobinas fetales, los mamíferos han
respondido en la evolución. Es típico de sus fetos el mostrar
resistencias tisulares a la hipoxia mucho mayores que las de los
adultos. Es decir, gran parte de la adaptación a esta hipoxia uterina
se ha trasladado al mismísimo lugar de consumo: los propios tejidos.
Serían las rutas metabólicas aerobias o anaerobias, las mitocondrias
con sus transportadores de electrones, o factores morfológicos de diseño
como el grado de vascularización, entre otros, los implicados en dicha
adaptación a la hipoxia, aunque aún no los conozcamos en sus detalles.
¿No
se podría haber hecho algo alternativo para evitar esta hipoxemia? Por
supuesto que sí. La Figura 2 muestra cómo lo hubiera hecho un
ingeniero o diseñador, un “relojero vidente”. Bastaría hacer
derivar los vasos placentarios de la circulación pulmonar. Esto seguría
sorteando los pulmones a la vez que permitiría situar totalmente en
serie la placenta con todos los tejidos, mejorando así
notablemente su oxigenación. Los parches como el foramen o el ductus ya
no serían necesarios. Pero
esto no se ha logrado porque no hay un gran diseñador ni tendencia
alguna a ningún fin en la evolución. Sólo habría, al menos por lo
que sabemos, un proceso de “ensayo y error”, de azar y selección
acumulativa, un relojero ciego (Dawkins, 1988). Y por ese proceso, el
diseño de la Figura 2 simplemente no se ha logrado. En cambio, sí lo lograron en parte (para las arterias de la piel) los anfibios, aunque muchos no duden en tratar a las ranas de seres inferiores. Creo que lo único inferior es precisamente este último punto de vista. es posible que haya otros factores en juego, pero en un proceso en cuya raíz está el azar, el factor tiempo es uno de los que cuenta. Y no hay que olvidar que el modelo de “animal anfibio” lleva funcionando en nuestro planeta unos cientos de millones de años más que el modelo “mamífero” incluyendo sus fetos. ¿Es
por eso que los anfibios lo lograron a medias y los mamíferos no? ¿Se
debe también a su vuelta mucho más reciente al medio acuático el que
los mamíferos buceadores (ej. las focas) sean los únicos vertebrados
anfibios (en sentido comportamental) que no pueden cortocircuitar la
circulación pulmonar? Si es así, entonces la antigüedad evolutiva,
lejos de llevar a un primitivismo evolutivo, podría ser una ventaja.
Con perdón por lo lejano de la analogía: la vejez en los humanos tiene
grandes desventajas, pero es sabido que en todo tipo de culturas el
viejo es considerado como el más sabio debido a su mayor experiencia
temporal. Algo análogo (no en sus mecanismos, pero sí en su resultado)
a este aprendizaje podría ocurrir en la filogenia. ¿Podemos esperar,
por tanto, que dentro de un cierto número de cientos de millones de años
(si es que dejamos a este planeta que llegue tan lejos y a nosotros con él)
los vasos de la placenta cambien a una disposición en serie? Nadie lo
sabe, pero es posible que no. Una razón podría ser que la adaptación
es un todo global. No se concibe una adptación vascular como ésta con
independencia de lo que ocurre en los dos niveles que la rodean en
sandwich: la placenta y los tejidos. Quizá qué nivel de organización
cambie en mayor o menor medida dependa de que otros niveles lo hagan o
no primero. En el caso de los mamíferos, es posible que el feto actual
“se sienta tan bien” con su hipoxemia, gracias a sus adaptaciones
metabólicas y tisulares, que la presión de selección en favor de que
la placenta se disponga en serie sea ya muy pequeña o irrelevante. Si
es así (y no creo que tengamos datos para saberlo de momento), entonces
puede que la placenta permanezca en paralelo por mucho tiempo. La
circulación fetal nos enseña una vez más que la naturaleza no es
perfecta. ¿Cómo habría de serlo con el tipo de proceso siego que la
genera? es más, esta circulación nos muestra de nuevo cómo es
adecuado, por lo que tiene de objetivo y científico, resaltar no sólo
lo adaptado o perfecto, sino también lo imperfecto, pues tanto lo uno
como lo otro nos ayuda a comprender cómo funciona la evolución. Uno de
los vicios más nocivos de los fisiólogos, y especialmente de los
comparados, es el resaltar más lo adaptativo o incluso estar demasiado
dispuesto a encontrar supuestas adaptaciones. esto ha dado lugar en más
de una ocasión a la aceptación durante decenios de adaptaciones
totalmente inexistentes, o incluso a confundir adaptación con cambio
patológico. La
evolución no es ni perfecta ni imperfecta. Es simplemente el resultado
histórico de cambios al azar en el material genético que pueden luego
extenderse o no en generaciones sucesivas por una serie de procesos
entre los cuales brilla con luz propia la selección natural darwiniana.
O al menos así es como hasta ahora se cree que ocurra. Espero
no haber cansado demasiado al lector con una descripción como ésta del
aparato circulatorio de los vertebrados. Mucho de lo que aquí se dice
está descrito en excelentes textos de fisiología comparada. Sin
embargo, en la mayoría de los casos, con alguna excepción honrosa que
que es necesario señalar (Hill, 1976), los autores no hacen excesivo énfasis
en la falta de objetividad de la descripción antropocentrista de la que
tanto se ha abusado en el pasado. Es preciso muchas veces leer entre líneas
para llegar a una conclusión como la que se expone aquí. El contenido
de lo discutido está siempre implícito en estos textos, pero raramente
se explicita. No sé si por traición del subconsciente subjetivo del
autor, por ánimo de no molestar a espíritus susceptibles o simplemente
porque no se considera tan importante. Sin embargo, me parece claro que
una de las características que hacen que la fisiología comparada sea
especialmente interesante (además de permitirnos llegar al camino de la
unidad, de lo que es más relevante en los seres vivos, a través de la
diversidad) es que nos sirve, además de para explicar el “cómo
funciona”, cosa que sí hace la fisiología de un sólo grupo animal,
también para sugerir “por qué” cada organismo es y funciona del
modo en que actualmente lo contemplamos. Esta es la razón principal
que me movió a escribir este capítulo. Para que se viera claro que hay
otra forma de relatar la historia evolutiva de los vertebrados. Que
desde la óptica evolutiva del biólogo no hay animales “inferiores”
o “superiores”, “primitivos” o “avanzados”, “poco
evolucionados” o “muy evolucionados”. Que la mayor parte de ellos
son distintas soluciones a distintos problemas. la mayoría son válidas,
pero, cuidado, sólo para el modo de vida o la fisiología del animal
que las muestra. .
|
|
|