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| felinia 20 |
on line desde enero 2002 |
septiembre 2003 |
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Acerca de Jacques Prévert: "Jacques Prévert parece hablar incluso cuando escribe. Es un hombre de la calle y no de la literatura" Esta reflexión de Georges Ribemont resume a este personaje nacido al comenzar el siglo en Neuilly-sur-Seine, cerca de París, en un medio social de pequeña burguesía demasiado devota y de cuyas obsesiones y convencionalismos no dejará de burlarse. Con Prévert aparece un universo aparte que huye del orden dictado por Dios, y por los "contraalmirantes" (una de las numerosas figuras sociales de las que se mofa). El lirismo reina en los objetos más comunes y los calambures y juegos de palabras le dan la oportunidad de expresar toda la fuerza de su poder de invención y de destrucción. Encuentra poesía en todas partes, en la esquina de una calle, en la comisura de unos labios, en la esquina de un collage. Se respira. En Palabras (1946) -su primera obra poética publicada, gracias a la cual accedió muy a su pesar, a la categoría de escritor, cuando él se veía más bien "como hombre de mano que como hombre de pluma" en Espectáculo (1951) o en La lluvia y el buen tiempo (1955)- aflora en cada página una estética rocambolesca, irrespetuosa de todos los conformismos y delirante sobre las cosas de la vida. Canciones, poemas en prosa o en versos libres... Muchos de ellos, en particular en Palabras (1946) datan de los años en que Prévert se relacionó con los surrealistas, de los años que precedieron a la Segunda Guerra Mundial en los que creó el Grupo Octubre, líder de la bufonada cáustico: Caso resuelto, Cebolleta, Vida de familia, No hay que reirse con esa gente, son celebraciones libertarias e improvisaciones de humor corrosivo con claro deseo de escandalizar. Pero en el fondo, ¿acaso no era él mismo un escandaloso, con esa intransigente voluntad de preservar su libertad en cualquier circunstancia? "contratado a mi pesar en la fábrica de ideas/ Me negué a fichar/ Movilizado del mismo modo en el ejército de las ideas/ Deserté" escribe en Unas cosas y otras, su último libro de poemas publicado en 1972. En 1930 rompió con André Breton -representante de los surrealistas- demasiado autoritario para su gusto, y algo más tarde se alejó también del partido comunista en el que nunca llegó a militar. De hecho, bajo las órdenes de Moscú, su jefe Maurice Thorez volvía a descubrir a Juana de Arco y aderezaba con virtudes el viejo patriotismo, Prévert siguió manifestando su antimilitarismo a toda prueba y su pacifismo no hizo ningún tipo de concesión. ¿Debemos entonces hablar de los años de madurez? En esta época debuta como guionista cinematográfico. Primero fue el guión de El crimen del señor Lange (1935) de Jean Renoir, sobre el que imprime el fresco aliento de su postura social contestataria. La música es de Jean Wiener, pero oímos por primera vez una canción firmada por un compositor de origen húngaro llamado a trabajar en complicidad con Prévert: Joseph Kosma. Es evidente que su encuentro con el realizador Marcel Carné es un gran momento de su carrera. El tándem que componen se estrena en 1936 con Jenny y prosigue, a veces incomprendidos por la crítica, con Extraño drama (1937), El muelle de las brumas (1938), Amanece (1939), obras interpretadas por artistas tan mágicos como Jean Gabin, Louis Jouvet, Arletty, Jules Berry, Michel Simon o la joven Michèle Morgan. En La fuerza de la edad, Simone de Beauvoir muestra el lugar eminente que ocupa Jacques Prévert entre la gente del cine, con quien se reúne en el Flore, la famosa brasserie de Saint-Germain de Prés: "Entonces su dios, su oráculo, su maestro era Jacques Prévert, cuyos poemas y películas veneraban e intentaban imitar su estilo y su ingenio. También nosotros saboreábamos los poemas y canciones de Prévert. Su anarquismo soñador y un tanto extravagante nos convenía perfectamente." Prévert hace con Christian-Jaque Los desaparecidos de Saint-Agil (1938) y con Grémillon Remolques (1941) y Luz de verano (1943), pero es su colaboración con Marcel Carné la que contará. En plena ocupación nazi ruedan en malísimas condiciones esa joyita de trova medieval que son Las puertas de la noche (1942), y luego antes de la Liberación, Los hijos del Paraíso (1945) considerada como una de las mejores películas de la historia del cine a la que contribuye la interpretación de Arletty -la inolvidable Garance-, de María Casarès, Pierre Brasseur y Jean-Louis Barrault. Un himno a la vida y al amor que uno no se cansa de ver una y otra vez. Prévert explotó en sus canciones con la misma inspiración precisamente esta manera incomparable de declamar la vida y el amor. Habrá sido autor de un sinfín de textos interpretados por cantantes de primer orden, de Juliette Gréco a Mouloudji, de los Frères Jacques a Catherine Sauvage, de Serge Reggiani a Yves Montand. Las hojas muertas, retomada por Frank Sinatra, Bing Crosby o Miles Davis, y Barbara figuran entre las más famosas, pero quedan muchas otras que podríamos tararear. Los relatos infantiles no escatiman nada de esa aparente simplicidad y de ese extraño candor. En El pequeño león, Cartas desde las islas Baladar, Cuentos para niños malos, La pastora y el deshollinador (1953) -admirable película de animación que su amigo Paul Grimault retomará tras su muerte bajo el título de El rey y el pájaro (1980)-, Prévert supo manejar con una ingenuidad perfectamente controlada la insolencia del eterno insumiso y de ese mal alumno generoso que incordia y suelta una enorme carcajada. Curiosamente, la república de las letras bautizaría con el nombre de este rebelde a quien horrorizaban las instituciones algunos colegios y liceos y lo haría entrar a partir de 1992 en la ilustre colección -en papel de biblia- de La Pléiade. ¿Se habrá convertido Jacques Prévert en un clásico? Nos cuesta trabajo creerlo. Daniel Bermond, "Label France" Nº29, 10/1997
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