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agosto 2003


ARTHUR C. CLARKE  (Inglaterra, 1917)

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Acerca de Arthur C. Clarke:

Arthur C. Clarke es ciertamente un autor controvertido. La valoración de sus novelas oscila entre las consideradas clásicos de la ciencia ficción... y los bodrios comercialoides escritos por esclavos literarios a su servicio. Pero lo que es indiscutible es que Clarke es un maestro del relato corto. ¿Qué es lo que hace que sus cuentos resulten tan impresionantes?.

En primer lugar, Clarke es un maestro del final inesperado.... y del equívoco. En este sentido es muy semejante a Fredrick Brown, aunque sin llegar a los extremos de éste en cuanto a brevedad. Por ejemplo, en el relato "La última orden", permite que el lector se haga una idea totalmente equivocada acerca de una futura guerra nuclear... para terminar demoliendo esa idea con un final tan intenso como sorprendente. "Reencuentro" es un relato sobre un "primer contacto" de una ironía exquisita... y tambien con un final absolutamente insuperable.

Otra característica de la obra de Clarke es su capacidad de anticipación que le llevó a predecir muchísimos inventos actuales décadas antes de que estuviesen entre nosotros. Así, en "Silencio, por favor" especula con un sistema de supresión de sonidos que ya se está empleando en la actualidad. En "El hombre que aró el mar" presenta un método para la extracción de minerales de una sencillez y una eficacia increíbles."El viento del Sol" describe minuciosamente y de forma muy plausible la estructura y el funcionamiento de un velero solar. Por último, "El alimento de los dioses" es una inteligentísima especulación acerca de en dónde puede acabar la utilización de la bioquímica en la industria alimenticia: la posibilidad de despertar un día y encontrarse con un anuncio de la "Ambrosia Plus" del relato pone los pelos de punta....

El nombre de Clarke siempre estará indisolublemente unido al nombre de un ordenador: HAL. Las inteligencias artificiales ocupan un lugar muy destacado dentro de la producción de este autor, que ha proporcionado algunos de los mejores relatos sobre este tema. En "Los nueve mil millones de nombres de Dios", Clarke crea un clásico del empleo de los ordenadores en la religión... con un final de impacto. "Marque F de Frankestein" es una obra indispensable sobre el advenimiento de una nueva forma de vida electrónica... cuyo final ha sido plagiado hasta la saciedad. Y "Cruzada" es otro clásico sobre las formas de vida mecánicas con una influencia indiscutible en otras obras, como "En el océano de la noche" de Benford.

Otra faceta hábilmente explotada por este autor es el humor. Irónico, mordaz, muy británico... sus relatos de humor siempre estarán entre los mejores del género. Por ejemplo, "Un ligero caso de insolación" describe las aventuras y desventuras de un arbitro de fútbol en un partido entre dos rivales irreconciliables, "Superioridad", la crónica de como perder una guerra disponiendo del mejor armamento, o "Juego del Escondite", donde un hombre solitario se las arregla para derrotar él solito a un crucero espacial. Dentro de esta línea tenemos también toda la sucesión de relatos narrados por Harry Purvis y su cuadrilla de amigotes de la taberna "El ciervo blanco". Son relatos desenfadados, siempre con un toque de especulación científica pero con muchisimo humor. Entre los más destacados podríamos citar "Hágase la luz", sobre como asesinar a alguien con un telescopio sin darle con él en la cabeza o "Carrera de armamentos", la más divertida sátira que he leído acerca de la industria de los efectos especiales. También son recomendables "Masa Crítica", un relato de como las cosas no son siempre lo que parecen, "La melodía ideal", sobre todas esas empalagosas músicas con las que nos bombardean los anuncios o la desaforada "Un asunto de gravedad" con las peripecias de un generador de antigravedad situado en el centro de un desierto australiano.

La astronomía ha jugado un papel decisivo en la vida de Clarke. Siempre se le recordara como el hombre que "descubrió" la idea del satélite geoestacionario y sus aplicaciones. Y sus especulaciones sobre el concepto de "ascensor espacial" son, junto a las de Sheffield, las más importantes del género. No es de extrañar pués, que muchos de sus relatos contengan una fuerte dósis de elementos astronómicos. El más conocido es, sin ninguna duda, "La estrella", ganadora del premio Hugo en 1956. "La estrella" es un relato impresionante sobre astronomía y religión... indispensable para leer el día de Navidad. "Flujo de Neutrones" ofrece una amena extrapolación acerca de los efectos de las mareas generadas por una estrella de neutrones. "Maelstrom II" sirve para ilustrar perfectamente el concepto de orbita.... e introducir la idea de la catapulta electromagnética. "La luz de las tinieblas" ("No soy uno de esos africanos que se avergüenzan de su tierra porque en cincuenta años a progresado menos que Europa en quinientos...") es una obra maestra de planteamiento, nudo y desenlace... en cuatro páginas: el más perfecto atentado político de la historia de la CF. Pero el relato que mayor influencia ha ejercido en este campo es "Encuentro con Medusa", sin duda alguna la obra más autoplagiada de Clarke. Su descripción de las formas de vida jupiterinas que aparecen en "Cosmos", de Sagan, en "2010", en "3001", en la portada de un famoso disco de Mike Oldfield y ni se sabe en cuantos sitios más es una de las mas lúcidas que jamás se hayan escrito. La propia misión que describe la obra es una copia de la misión Galileo... con 30 años de anticipación y un final sorprendente.

Otro campo en el que Clarke se ha ganado un puesto de honor ha sido el de las inteligencias extraterrestres. El relato puntero en ese campo es "El centinela", precursora de "2001". La inquietante historia del sistema de alarma plantado por una civilización extraterrestre para detectar nuestra salida de la barbarie es un clásico del tema. "Partida de rescate" describe una expedición de auxilio a nuestro planeta efectuada por una poderosa civilización extraterreste. Por último, "Expedición a la Tierra" es un relato genial sobre como verán a la humanidad los que vengan detras de nosotros... cuando el hombre se haya extinguido. Un clásico acerca de los equívocos culturales y la arquelogía.

No existe faceta de la ciencia ficción que no haya sido magistralmente tratada por este autor. En "La flecha del tiempo" especula sobre las inquietantes huellas de un viaje en el tiempo. "Antes del Eden" describe una interesante forma de vida de los ardientes desiertos del polo sur de Venus. "Caza Mayor" y sobre todo "Criaturas abisales" ofrecen una estremecedora visión de como podemos estar compartiendo el planeta con otras inteligencias completamente diferentes a las nuestras: las de los cefalópodos de las profundidades del océano. La influencia de "Criaturas Abisales" se puede detectar en obras tan dispares como "Abyss" y "Esfera", por poner un ejemplo. Y también el terror tiene sitio dentro de su obra. "Un paseo en la oscuridad" es un inquietante relato sobre monstruos que acechan en las profundas tinieblas del espacio. "Tensión Extrema" es una recreación de la tragedia de la "Medusa" llevada a la navegación entre los planetas. Y más en clave de humor tenemos "¿Quién está ahí?", una encantadora historia de fantasmas espaciales. Por último, uno de los defectos que más se le ha achacado a Clarke ha sido el que sea incapaz de crear unos personajes creíbles o que no fuesen demasiado planos. Lo que no quiere decir que algunos de sus relatos no estén cargados de una intensa melancolía. "Si te olvidase ¡Oh Tierra!" es un canto a la añoranza de una humanidad que se ha visto obligada a huir de un planeta que ella misma destruyó. "Playback" narra un emotivo encuentro entre una mente humana y un sistema de grabación de datos extraterrestre con el ominoso telón de la muerte como fondo. Y "Tránsito de la Tierra" es un perfecto ejemplo de como Clarke también puede crear personajes impresionantes. La soledad de un hombre que va a morir lejos de su planeta natal pone simplemente los pelos de punta. Siempre pensé que en la misma situación, a mí también me gustaría irme como el protagonista de este cuento...

Tras este breve repaso se puede afirmar que la producción en el campo de los relatos de Clarke es impresionante.... no solo en volumen sino también en calidad. Tanto a nivel de especulación científica como por la influencia que ha ejercido sobre otros muchos autores del género, constituye, sin ninguna duda, una piedra angular de la moderna ciencia ficción. Por tanto no deja de ser una lástima que debido a consideraciones económicas o simplemente por el declive de una gran mente, sus "obras mayores" no siempre esten a la altura de lo que sus magníficos relatos ofrecen....

Cristóbal Perez-Castejón Carpena

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* Arthur C. Clarke

 

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¿QUIÉN ESTÁ AHÍ?  ("Relatos de diez mundos, 1958)

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Cuando me llamó el satélite de Control estaba escribiendo el informe de los progresos del día en la cúpula del Observatorio, aquella oficina recubierta por una burbuja de cristal situada en el eje de la Estación Espacial como el cubo de la rueda de una carreta. Realmente no era un buen sitio para trabajar; pero la visión que se tenía desde allí resultaba sobrecogedora e impresionante. Sólo a unos pocos metros de distancia podía ver a los equipos de construcción poniendo en práctica sus movimientos, que parecían tomados a cámara lenta en una extraña especie de ballet cósmico, mientras iban ensamblando la Estación como si reunieran las piezas de un rompecabezas gigante. Y más allá de todo aquello, a treinta mil kilómetros más abajo, el glorioso azul verde de la Tierra llena flotando contra las miríadas de estrellas de la Vía Láctea.

– Aquí la Estación Supervisora – repuse –, ¿Hay alguna dificultad?

– Nuestro radar muestra un pequeño eco a tres kilómetros de distancia, aproximadamente a cinco grados al oeste de la estrella Sirio. ¿Puede darnos un informe visual?

Cualquier cosa que pudiera acercarse a nuestra órbita con tanta precisión difícilmente podía ser un meteorito; debía de ser alguna pieza que se nos había escapado en el espacio, tal vez una pieza sin asegurar que quedó a la deriva. Eso supuse al menos; pero cuando eché mano de los binoculares y rebusqué por el cielo en dirección a la constelación de Orión pronto descubrí mi error. Aunque aquel viajero del espacio estaba hecho por la mano del hombre, no tenía absolutamente nada que ver con nosotros.

– Lo encontré – dije a Control –. Se trata de un satélite de pruebas en forma de cono, con cuatro antenas y lo que parece un sistema de lentes en la base. Probablemente fue lanzado por las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos a principios de los sesenta, a juzgar por su diseño. Sé que perdieron la pista de varios cuando fallaron sus transmisores. Intentaron varias veces conseguir esta órbita antes de lograrlo definitivamente.

Tras una breve búsqueda en los archivos, Control pudo en efecto confirmar mi suposición. Les llevó algún tiempo más el saber que Washington no tenía el menor interés en nuestro descubrimiento de aquel satélite extraviado desde hacía veinte años, y al parecer todo indicaba que se quedarían tan contentos si lo perdíamos de nuevo.

– Bien, no podemos hacer eso – dijo Control –. Incluso aunque nadie lo desee, esa cosa es una amenaza para la navegación. Alguien tiene que salir y traerlo a bordo.

Ese alguien, comprendí, tenía que ser yo. No me atrevía a relevar de su trabajo a ninguno de los hombres de los equipos de ensamblaje, ya que íbamos retrasados en el programa de trabajo y cada día de retraso en el proyecto costaba un millón de dólares. Todas las redes de televisión de la Tierra esperaban impacientes el momento en que pudieran canalizar sus programas a través de nuestra Estación Espacial y lograr así el primer servicio global, extendido de Polo a Polo.

– Saldré yo mismo a rescatarlo – repuse finalmente, mientras ponía una banda elástica a mis papeles para evitar que las corrientes de aire procedentes de los ventiladores los dispersaran en el interior de la cúpula . Aunque lo dije en un tono que daba a entender que iba a hacerles un gran favor, lo cierto es que aquel trabajo me gustaba. Hacía ya casi dos semanas desde que había salido al exterior por última vez, y ya estaba cansado de hacer informes de mantenimiento, observaciones, cálculos, y de archivar datos y todos aquellos otros ingredientes que hacen la vida tediosa en el interior de la cúpula de un Supervisor en una Estación Espacial.

El único miembro de la tripulación a quien encontré en el camino fue a Tommy, nuestro gato recién adquirido. Un animal doméstico significa mucho para los hombres que se encuentran a miles de kilómetros de la Tierra; pero no hay muchos de estos animales que, como el gato, se adapten por sí mismos a un entorno de ingravidez. Tommy maulló suplicante cuando comencé a enfundarme en mi traje espacial; pero yo tenía demasiada prisa para detenerme a jugar con él.

En este momento quizá deba recordarles a ustedes que los trajes espaciales que utilizamos en la Estación son completamente diferentes a esos trajes flexibles que el hombre utiliza cuando tiene que marchar por la superficie de la Luna. Los nuestros, en realidad, son unas diminutas naves espaciales, lo suficientemente pequeñas como para contener a un solo hombre en su interior. Son unos cilindros rechonchos de unos dos metros de largo, con cohetes de propulsión de baja potencia y un par de brazos en forma de acordeón en la parte superior, que coinciden con los del operador. Normalmente, sin embargo, uno mantiene las manos en el interior y acciona los controles manuales desde un pequeño panel de control a la altura del pecho.

Tan pronto como estuve debidamente acondicionado en el interior de mi aparato personal, accioné la energía que lo ponía en marcha y comprobé los calibradores del diminuto panel de control. Existe una palabra mágica, «CORB», que con frecuencia oirán mencionar ustedes a los hombres del espacio cuando saltan a su cápsulas, y que recuerda sistemáticamente la absoluta necesidad de comprobar el combustible, oxígeno, la radio y las baterías. Todas las agujas de mi panel de control estaban situadas en la zona de seguridad, por lo que bajé el transparente hemisferio sobre mi cabeza y me encerré herméticamente en su interior. Para un corto viaje como aquél, no tenía por qué comprobar los compartimentos internos que corrientemente se utilizan para transportar alimentos, material y equipo en misiones de más larga duración.

Mientras la cinta transportadora me depositaba en la cámara de vacío, me sentí como un niño indio llevado a espaldas de su madre, hecho un fardo. Después, las bombas actuaron debidamente hasta bajar la presión a cero, se abrió la compuerta exterior, y los últimos vestigios de aire me arrojaron hacia las estrellas, dando vueltas ligeramente sobre mí mismo.

La Estación se hallaba a sólo unos pocos metros de distancia, pero pese a todo yo era un planeta independiente..., un pequeño mundo formado por mí mismo. Estaba encerrado en el interior de un diminuto y móvil cilindro, con la vista más soberbia que pueda conseguirse del Universo, pero apenas si disponía prácticamente de libertad alguna de movimientos en el interior de la cápsula. El asiento acolchado y el arnés de seguridad me impedían dar vueltas de un lado para otro, pero me permitían alcanzar los controles con ayuda de manos y pies.

En el espacio el gran enemigo es el Sol, que puede dejarle a uno ciego en cuestión de segundos. Abrí con mucho cuidado los filtros oscuros correspondientes a la parte «noche» de mi cápsula y volví la cabeza para mirar las estrellas. Al mismo tiempo, dispuse en mi casco el dispositivo automático de ajuste de la luz solar, de tal forma que, aunque mirase en cualquier dirección, me hallase escudado de aquel resplandor intolerable.

Poco después encontré mi objetivo, un brillante objeto plateado cuyo destello metálico le hacía claramente diferenciable de las estrellas que le rodeaban. Presioné con el pie el control de propulsión en la dirección conveniente y sentí la suave aceleración producida por los cohetes de baja potencia que me alejaban de la Estación. Tras unos diez segundos de empuje estimé que mi velocidad era ya lo bastante grande y corté la propulsión. Me llevaría unos cinco minutos llegar hasta mi objetivo, y no muchos más volver con él en aquella misión de salvamento.

Y fue en aquel instante en el que me lanzaba al abismo cuando me di cuenta de que algo iba terriblemente mal.

Nunca existe un completo silencio en el interior de un traje o una cápsula espacial; siempre se oye el suave silbido del oxígeno, el débil zumbar de ventiladores y motores, el susurro de la propia respiración e incluso, escuchando con cuidado, los rítmicos latidos de tu corazón. Todos esos sonidos reverberan a través de la cápsula, incapaces de escapar al vacío circundante; son en realidad el fondo, del que no parece uno darse cuenta, de la vida en el espacio, ya que uno sí los nota cuando cambian.

Y habían cambiado: a ellos se había unido un sonido que no pude identificar. Era como un roce intermitente y apagado, acompañado a veces por un ruido chirriante como si se tratase de la fricción de un metal contra otro.

Detuve en el acto hasta mi propia respiración, intentando localizar auditivamente aquel extraño sonido. Los calibradores del panel de control no me proporcionaban la menor pista; todas las agujas se hallaban firmes como una roca en sus diferentes escalas, y no existía tampoco ningún parpadeo de luces rojas, que son las que automáticamente avisan del inminente desastre que puede venírsete encima por cualquier circunstancia imprevista. Bien, aquello me proporcionó cierta seguridad, aunque no mucha. Ya hacía tiempo que había aprendido a confiar en mis instintos en tales cuestiones; sus luces de alarma parpadearon ahora, diciéndome que volviese a la Estación antes de que fuese demasiado tarde...

Incluso ahora, me disgusta recordar aquellos minutos que siguieron, cuando el pánico se extendió por mi mente como una marea incontenible, rebasando los diques de la lógica y la razón que todo hombre ha de erigir frente al misterioso Universo. Supe entonces lo que debía ser encararse con la locura, ninguna otra explicación encajaba con los hechos. Porque resultaba ya imposible pretender que el ruido que oía correspondiese a cualquier mecanismo que no funcionara correctamente. Aunque me hallaba en una total situación de aislamiento, y lejos de cualquier ser humano e incluso de cualquier objeto material, en realidad no estaba solo. Aquel vacío en donde no existe el sonido estaba llevándome al oído ese leve pero inequívoco conjunto de sensaciones que son la vida.

En aquel momento capaz de helar el corazón a cualquiera, tuve la sensación de que algo intentaba penetrar en el interior de mi cápsula..., algo invisible que intentaba buscar refugio del cruel y espantoso vacío del espacio. Me giré como un loco en el arnés de seguridad, rebuscando febrilmente en todas las direcciones del espacio, excepto en el cono prohibido que proyecta la destructora luz del Sol. No había nada, por supuesto. No podía haberlo, pero aquel rascar misterioso y deliberado se hacía cada vez más claro y evidente.

A despecho de cuanto se ha escrito sobre nosotros y que considero un absurdo, es falso que los hombres del espacio seamos supersticiosos. Pero ¿puede reprochárseme el que, habiendo agotado todos los razonamientos de la lógica, recordara repentinamente cómo había muerto Bernie Summers, a la misma distancia de la Estación a la que yo me encontraba en ese momento?

Fue uno de esos accidentes «imposibles», siempre lo son. Tres cosas habían ido mal a un mismo tiempo. El regulador de oxígeno de Bernie se había estropeado y aumentado la presión, la válvula de seguridad había fallado en expulsar el aire excedente..., y una junta cedió. En una fracción de segundo su traje espacial quedó abierto al vacío.

Nunca llegué a conocer a Bernie; pero de repente su destino se convirtió en algo sobrecogedor para mí..., ya que una horrible idea acababa de penetrar en mi mente. Uno no habla sobre esas cosas; pero una cápsula espacial es demasiado valiosa para desecharla, aunque haya matado a su portador. Se repara, vuelve a numerarse..., y se utiliza de nuevo como otra cualquiera en perfectas condiciones.

¿Qué ocurre con el alma de un hombre que muere entre las estrellas, lejos de su mundo natal? ¿Estás ahí todavía, Bernie, aferrado a la última cosa que te liga a tu perdido y distante hogar?

Mientras luchaba contra las pesadillas que me asaltaban por doquier, ya que por aquel entonces parecía que los rasguños y los misteriosos ruidos provenían de todas direcciones, apareció una última esperanza a la que me até con desesperación. En bien de mi salud mental, tenía que probar que aquél no podía ser el traje espacial de Bernie, que aquellas paredes metálicas que me rodeaban tan de cerca no habían sido nunca el ataúd de otro hombre.

Tuve que hacer varios intentos antes de poder pulsar el botón adecuado y conectar la longitud de onda de emergencia.

– ¡Estación! – llamé jadeante –, ¡Estoy en graves dificultades! ¡Consigan inmediatamente los registros relativos a mi cápsula y...!

Nunca acabé de transmitir lo que deseaba; me dijeron después que mi grito había estropeado el micrófono. Pero..., ¿qué hombre solo en el completo aislamiento de un equipo espacial no habría gritado cuando algo le rozó suavemente la nuca?

Sin duda debí lanzarme hacia delante en un movimiento desesperado, pese al arnés de seguridad, yendo a dar con la cabeza en la parte superior del panel de control. Cuando el equipo de salvamento me alcanzó a los pocos minutos todavía estaba sin sentido, con una amplia herida en la frente.

Y debido a ello, resultó que yo fui la última persona en toda la inmensa Estación Espacial de enlace que se enteró de lo que había sucedido. Cuando volví a la realidad horas más tarde, todos los médicos de a bordo estaban reunidos junto a mi cama, pero pasó un buen rato antes de que los doctores se molestaran en mirarme a mí. Estaban mucho más interesados jugando con los tres gatitos que nuestro mal llamado Tommy había tenido la humorada de criar en el tranquilo rincón que representaba el pequeño espacio superior trasero de mi cápsula número 5.

 







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