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| felinia 18 |
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julio 2003 |
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Los
procesos de domesticación de animales, junto con aquellos de las
plantas que sin duda revisten una enorme importancia en la historia de
la humanidad, no dejan de suscitar debates entre los especialistas de
diferentes disciplinas. No puede ser de otra manera si consideramos en
primer lugar que el sujeto es abordado por investigadores que con
frecuencia trabajan independientemente unos de otros y además
pertenecen a disciplinas que muchas veces tienen un contacto limitado
(antropólogos, arqueólogos, zoólogos, botánicos, etc.). Por lo que
corresponde a la antropología el punto de vista sobre el sujeto se
encuentra ahora bien definido; el estudio de los animales domésticos
trataría de: "observar la domesticación, no como estado del
animal, sino como acción del hombre sobre el animal, que se ejerce en
permanencia, poniendo en juego, en el cuadro de sociedades concretas,
estructuras sociales, culturales e ideológicas, al mismo tiempo que técnicas,
funcionalmente dependientes las unas de las otras y en relación, de la
misma manera que con los elementos del sistema más general en el cual
se insertan.Él conjunto integrado de esas estructuras reviste el carácter
de un sistema: el sistema de domesticación". (1)
Se considera que los elementos que constituyen este sistema son el
relativo al consumo de animales en primer lugar, y en segundo el de su
producción. De este enfoque se puede concluir que los aspectos sociales
y culturales no pueden ser reducidos a los procesos de adaptación ecológica.
Entonces, la humanización, o socialización si se quiere, de los
animales se da a través de procesos de una gran complejidad. Bajo
esta premisa, por el momento sólo apuntaremos algunos de los aspectos
de la historia de los gatos. El punto de partida más general es el
siguiente: por ser animales domésticos son una producción humana. Aun
cuando los gatos son hoy en día una de las especies domésticas más
extendidas a lo largo y ancho de nuestro planeta, siguen existiendo
algunas dudas con respecto al momento preciso de su domesticación.
Podemos decir de cualquier manera que si tomamos a algunos otros
animales domesticados como las reses, los caballos, las cabras, los
borregos, los cerdos, los asnos, los cebúes, los dromedarios o aquellos
originarios de nuestro continente como el pavo o el cobayo, los gatos
representan una de las especies más recientemente domesticadas, casi a
la par de los pollos y probablemente la llama. Por supuesto en el
listado anterior no incluimos al perro debido a que es, sin duda alguna
la primera especie domesticada ya hace 15 000 años. (2)
En
lo que respecta a los gatos se han encontrado en la ciudad de Jericó
representaciones pictográficas con una antigüedad que se remonta al
final del VII milenio antes de nuestra era. Pero cabe aclarar que los
que ahí se observan son animales aprovisionados (Felis silvestris) no
domésticos. Un poco después, hacia el cuarto milenio, aparecen en
Egipto representaciones de gatos cautivos. Pero será un poco más
tarde, hacia 3 000 antes de Cristo, cuando podemos señalar con certeza
la aparición de los primeros gatos domésticos (Felis domésticus). (3)
Resulta casi evidente que la domesticación tiene correspondencia con la
existencia de vida sedentaria por parte de los humanos. Esto se acomoda
mejor, por otra parte, a las propias necesidades y hábitos felinos.
Imposible imaginar a los gatos (con un fuerte sentido territorial) acoplándose
a un tipo de existencia nómada en el proceso de su domesticación. La
revolución neolítica es un presupuesto necesario. Por otra parte,
existen amplias referencias que subrayan el hecho, ampliamente aceptado,
de que los primeros gatos domésticos tienen un origen en Egipto.(4)
Es a partir de esta región geográfica que empezarán el recorrido que
los llevará a establecerse ya domesticados en todo el orbe. El
gato egipcio deriva directamente de gato "enguantado" (Felis
maniculata) probablemente proveniente en su previo estado salvaje de la
región de Nubia. Esta variedad habría sido en principio abastecido y
después, poco a poco introducida a las casas a partir quizás del
cuarto o quinto milenio en el antiguo Egipto. Es probable que el proceso
haya sido similar al que se supone mucho tiempo antes habría sido
experimentado por los perros y con posterioridad: el conejo, uno de los
más recientes animales domésticos. Existen también en Egipto restos
de otras dos variedades de gatos silvestres: los gatos
"Kirmyschak", un poco más grandes, llamados también
"gatos de los pantanos", y otra especie igualmente robusta.
Ninguna de las dos pudo ser antecedente de los gatos domésticos. En
diferentes partes del mundo existen otras variedades de gatos salvajes,
entre los más importantes se encuentran los del norte de Áfríca y el
gato de Asia, gato "manul" (Felis manul Pallas) o gato
"pescador", excesivamente fornido y grande. Otro más es el
reproducido en los frisos de caza de Teglat-Phalasa en Asiria con un
habitat que se extendía a toda Asia Menor; éste era también salvaje o
en el mejor de los casos aprovisionado. En lo que toca a América, las
reproducciones que aparecen en la cerámica mohica preincaica no
demuestran la existencia de un animal doméstico, pese a opiniones en
contrario. Lo cierto es que no tenemos mayores registros en nuestro
continente que apoyen dichas afirmaciones. Y en lo que respecta a
Europa, las referencias más antiguas del mundo celta y germánico, nos
hablan de gatos salvajes que destacan por su ferocidad, que produce
temor por lo peligroso de sus garras. Evidentemente en estos casos no
nos encontramos tampoco frente a gatos de tipo doméstico. (5)
Resulta
interesante sin embargo señalar que hay una cercanía entre las
variedades de gatos domésticos y los de tipo sylvestris, pues en
principio existe la posibilidad de realizar cruzas entre las especies.
Entre los gatos domésticos, con seguridad algunas de las primeras
variantes de tamaño y pelaje se hayan dado a partir de la mezcla entre
felinos de origen doméstico y los más robustos gatos monteses del
norte de Europa, aún bajo la dominación romana, de los que habitaban
Turquía y de los de Asia Menor . No
son escasos los documentos que testimonian sobre la domesticación
inicial en Egipto. Por una parte, existe una amplia iconografía en la
que los gatos se encuentran presentes; en ocasiones éstos portan
collares y lazos, las osamentas son numerosas y además se han
descubierto centenas de miles de cuerpos gatunos momificados. Por otra
parte son variadas las referencias escritas sobre la importancia que
esos animales tuvieron entonces. En conjunto todos los registros
testimonian no sólo sobre la domesticación sino también acerca de la
importancia alcanzada por el gato en el primer momento de su relación
comensal con los humanos. Como veremos, esta historia no es de ninguna
manera lineal. Las representaciones de los gatos y su relación con los
humanos ha sido zigzagueante, ambigua y en más de una ocasión cruel
para los primeros. Su particular comportamiento, la manera en que se les
percibe y la propia historia de la relación entre humanos y felinos se
encuentra en más de un sentido cargada en la actualidad de una cierta
ambivalencia. Su
primera aparición, sin embargo, fue afortunada. La inicial explotación
y aprovechamiento de un animal originalmente predador y su progresiva
transformación en uno útil y con el cual es posible convivir,
representó como en otros casos previos, de suma utilidad para los
hombres y además significó un trato especial para los propios felinos.
Se sabe que los gatos en el antiguo Egipto fueron profundamente
respetados, reverenciados incluso, por su ayuda proporcionada por la
caza de ratas y ratones, lo que permitió preservar las reservas de
granos de los silos y de aquellas que se encontraban en las propias
casas. Podríamos decir hasta cierto punto, que no representaron una
utilidad real sino hasta el momento en que la agricultura tuvo un
inicial progreso y se estuvo en condiciones de almacenar significativas
cantidades de alimento. En el caso de Egipto se conoce igualmente la
importancia que tenían los gatos en las casas por atrapar serpientes.
El éxito de estas actividades cazadoras y las particularidades del
comportamiento felino fueron interiorizadas y asimiladas por las
sociedad egipcia y motivaron su elevación a un carácter divino.
Ciertamente no fueron los únicos animales llevados a esta categoría,
pero su importancia puede ser destacada remembrando la existencia de una
ciudad, Bast, dedicada a la diosa gato Bastet cuyo nombre significaba
Ella-de Bast, hermana-esposa o posiblemente hija de Ra el dios sol. Este
lugar también conocido como Pe Bas o Bubastis (ciudad del gato),
mantuvo un culto que duró más de dos mil años y en sus momentos de
mayor auge experimento festividades que reunían a más de medio millón
de personas, donde se realizaban rituales de tipo orgiástico. Bastet
tenía entre otros el atributo de favorecer la fecundidad. Bast
llegó incluso a ser capital del imperio durante un cierto tiempo
durante el reinado de el faraón Chéchonq en el siglo XI antes de
nuestra era. (6) La original diosa
leona, que se transformó en gata-leona ( probablemente al mantener el
gato doméstico sus atributos de cazador "salvaje") era
venerada por los habitantes de la ciudad y por peregrinos que aportaban
estatuas de sus gatos o bien la momia de ellos. La celebración se
mantuvo hasta el momento en que fue prohibida en el año 390 de la era
cristiana, momento en que registraba ya un decaimiento evidente. (7)
La representación de los gatos en el cementerio de la ciudad,
parece por otra parte, expresar jerarquías y complejas representaciones
socioreligiosas. Los
gatos eran tan respetados en Egipto que en el momento de su muerte no sólo
con frecuencia eran embalsamados, con una máscara representando su
cara, sino que además la familia propietaria establecía un estado de
duelo rasurando sus cejas como expresión del mismo. Si alguno perdía
la vida por causa de un ser humano, fuera de manera intencional o
accidental, se castigaba al infractor con la muerte. Se consideraba que
en caso de hambruna sería mejor abandonarse a la antropofagia que comer
a los dichos animales. La importancia que tenían en esta sociedad está
reflejada en innumerables historias y anécdotas. (8)
Por
otra parte –esto es coherente con su sagrada representación -- en
realidad, eran protegidos de posibles tratos indignos causados por
habitantes de otros pueblos, seguramente vistos por los egipcios como
"bárbaros". Como es de suponerse, tal disposición era
burlada y entonces, al parecer, los comerciantes fenicios iniciaron la
distribución de los pequeños felinos hacia otras latitudes. Entonces,
los gatos llegaron a otras tierras, vivieron otros tiempos y
experimentaron distintas fortunas, algunas de ellas, por cierto, nada
gratas ni felices. La
difusión de los gatos no es muy bien conocida. Sin embargo el rol
jugado por los fenicios parece haber tenido una significación
importante en el fenómeno. Probablemente a partir del segundo milenio
antes de Cristo fueron llevados a otros pueblos y territorios y que los
adoptaron y adaptaron al mismo tiempo, a sus propios sistemas
socioculturales. Es probable, como se asentó antes que, a partir de su
inicial expansión por el Mediterráneo surgieron las primeras variantes
de talla y peso a partir de la mezcla con otros parientes de tipo
sylvetris. De estas mezclas se derivarán las variedades de pelo más
largo que tardarán hasta el siglo XVI en ser conocidas en la mayor
parte de la Europa Occidental. El momento no es casual, junto al
desplazamiento e incremento del contacto entre los pueblos se produce
también el de sus animales domésticos. Más allá de las lagunas sobre
el conocimiento de su difusión, sabemos que para el siglo V antes de
Cristo existen representaciones de gatos en vasos y figuras griegas.
Pero habrá que esperar los principios de nuestra era para que se
conozcan las primeras menciones sobre ellos en textos griegos y latinos.
Más tarde los encontraremos como genios-tutelares en esculturas
galo-romanas. En la Inglaterra romana se han descubierto esqueletos de
felinos domésticos y para esos tiempos es posible que ocurriera su
difusión al resto de Europa aun cuando no existen suficientes datos al
respecto. Posiblemente la escasez de testimonios tenga que ver con el
hecho de que entonces las regiones rurales de Europa en realidad no
requerían de una bestezuela con las características del gato. En ese
entonces otros depredadores silvestres satisfacían la tarea de control
de los roedores del campo. (9) En
Asia, China en particular, se sabe que los nuevos animales son adoptados
durante los primeros cuatro siglos de la era cristiana, y en el siglo VI
pasan a Japón en donde tendrán buena aceptación. Antes de este
momento el gato pasa de Egipto a otras regiones de Africa, especialmente
al mundo árabe. En todos los sitios los felinos juegan un papel
importante en la lucha contra los roedores y la preservación de las
cosechas y los granos, pero juega al mismo tiempo una variedad de otros
roles que parten de la peculiar inserción en cada cultura, de la
percepción y "construcción-produccción" que se hace de
ellos culturalmente. Puede
decirse que la aceptación general que los gatos tuvieron entonces, se
expresó sin embargo a través de variantes de percepción e
interpretación. Así por ejemplo los gatos son percibidos con características
positivas en el mundo romano y galo-romano a diferencia de lo que sucede
en el panteón germánico, en donde se les vincula con la noche y la
sexualidad femenina que hace sucumbir al hombre, a lo masculino,
curiosamente representado en esta cultura por un perro. La
buena fortuna de los gatos se mantuvo en casi todos los lugares a los
cuales fueron llevados con excepción de Europa en donde hasta el fin de
la Alta Edad Media se les protegió y apreció por su capacidad para
cazar ratones y como animales de compañía. Existen representaciones
varias de la Virgen María en las que normalmente se encuentra acompañada
de gatos de color claro, subrayando su carácter inmaculado. Hasta
entonces no eran asociados de manera preeminente a características
negativas u oscuras. Pero en la Alta Edad Media la situación sufrió un
cambio importante. Por
lo general se ha hecho referencia a la responsabilidad ejercida por la
Iglesia católica en la persecución gatuna. Es cierto que la asociación
de los gatos con ritos paganos resultaba en esa época intolerable para
las estrechas mentalidades de los dignatarios eclesiásticos, aún
cuando en la Alta Edad media, como se ha dicho, no sólo eran apreciados
sino que llegaron a ser mascotas de papas y habitaron en los monasterios
y conventos. Pero además vale la pena reflexionar también sobre el
porqué de la aceptación general de la población europea de la época
en el sacrificio y tormento de los felinos. Cabe
introducir aquí una breve reflexión sobre algunas de las características
que les dan a los felinos en general y a los gatos domésticos en
particular ese carácter ambiguo, misterioso y fascinante que llega
incluso a provocar terror en ciertas personas. Algo de eso que ha
llevado, por ejemplo, a decir a Marcel Mauss que "el gato es el único
animal que ha logrado domesticar al hombre". (10)
A diferencia del perro, el gato no es un animal organizado en grupo, por
el contrario la sociedad felina no se encuentra jerarquizada, es
fuertemente individualista. De ahí que se le asocia a actitudes como el
egoísmo, la indiferencia o la ingratitud. La pedofilia del perro, que
lo hace tan atractivo para un sinnúmero de familias, resulta totalmente
ausente en los gatos. Sus ritmos de vigilia y sueño (muy prolongado
este último) lo vinculan también a la indolencia. Puede ser visto como
indomable, inconstante, falso o engañador. Es probablemente, de los
animales domésticos, el que más puede asociarse a una fuerza natural,
aún en mucho salvaje. Pero
además de lo anterior, que puede ya causar en muchos individuos
desasosiego y desconcierto, hay que agregar su carácter y su visión
nocturna, el brillo fosforescente de sus ojos en la oscuridad, su
desplazamiento silencioso, los maullidos durante el apareamiento que
pueden confundirse o ser asociados fácilmente al llanto de bebés y niños
pequeños, el erizamiento de su pelo al asustarse y la carga eléctrica
del mismo. Finalmente, además de todo lo anterior, el hecho de ser
compañía de personas solas y ancianas, lo convierte en "chivo
expiatorio" al asociarlo a la brujería, a las fuerzas del mal
vinculadas con la noche y la oscuridad. Como puede comprenderse, este
tipo de percepción y representación está ciertamente lejana de ser
adecuada (diríamos hoy políticamente correcta) y útil para la
Iglesia. Delort señala con agudeza este aspecto: "Nacido del cielo
puro, claro y etéreo, el cristianismo a entonces visto bien las no
cualidades del gato, en particular en sus perspectivas ideológicas y
naturalmente ha preferido a la dulce oveja blanca, dócil, obediente,
grey soñada en una sociedad de orden, al gato negro, independiente,
rebelde, al macho cabrío lúbrico, al malvado lobo, al odioso
sapo". (11) Y entonces el gato
quedó asociado y "construido" como ser maligno. La presión
eclesial, el fanatismo asociado y la ideologización sobre las características
y hábitos de los felinos sustentaron la persecución. La
lucha contra los gatos, asociados a partir de esa época a las prácticas
de la brujería y al mal, se desarrolló de manera gradual. Las
representaciones de los felinos eran entonces de acompañantes de las
brujas como familiares de estas, los pactos con Satanás se sellaban con
la huella de un gato en la piel de quien suscribía el acuerdo, y en
ocasiones era simplemente representación del maligno. Durante las
noches se creía que las brujas se transformaban en grandes gatos
negros. A partir del siglo XIII se encuentran las primeras
manifestaciones hostiles de envergadura contra estas criaturas. La
persecución y la caza revistió formas particularmente crueles. Los
gatos eran buscados y quemados junto con las personas acusadas de brujería,
asados vivos durante las fiestas de San Juan –coincidente con el
solsticio de verano. Durante la cuaresma, en ciudades francesas como
Metz, hacia el siglo XVI, se organizaban en la plaza los "miércoles
de gatos". En esos días se reunían a las pequeñas bestias en una
caja que después era devorada por el fuego. En otros sitios eran
quemados igualmente, pero en Navidad o durante el solsticio de invierno.
Además durante el desarrollo de otro tipo de celebraciones –la visita
de un dignatario como la realizada por Felipe II a Bruselas en 1549–,
se llevaba a cabo la instalación de los famosos órganos de gatos. El
tormento consistía en juntar a varios especímenes en una caja con las
colas al aire y colgando, para poder ser jaladas con fuerza y provocar
el chillido de cada uno de los animales. Como puede verse en esta
materia como en otras semejantes, la imaginación preñada de maldad es
ilimitada. El
castigo infligido a los gatos tuvo sus consecuencias y éstas fueron
graves. Se perdieron y prácticamente fue olvidada una de las razones
fundamentales que había establecido ese "pacto" entre los
gatos domesticados y el hombre. La rata, portadora de la peste no
encontró enemigos suficientes para controlar su expansión y su
reproducción. Las mortíferas epidemias se desarrollaron entonces al
existir condiciones favorables para su propagación entre otras la
incapacidad para combatir a los roedores transmisores del mal. Sin
embargo tendría que transcurrir un tiempo para restablecer el lugar
adecuado de los felinos entre las sociedades de Occidente. Sin
temor a equivocación puede decirse que, entre el siglo XIV y los
inicios del XIX, el gato ha sido desetimado en Occidente, pero en
realidad sería más justo señalar que durante ese tiempo además ha
sido odiado, perseguido y torturado. En Francia solo después de la
revolución se prohibieron las prácticas mencionadas, aunque las ideas
asociadas a éstas perduraron Incluso quedaron registrados eventos que
testimonian sobre la permanencia de crueldades inflingidas a los gatos,
si bien entonces, ahora de manera más casual. (12) Por
cierto, no todo lo anterior fue plenamente superado. Una parte de
aquella profunda desconfianza y temor permanece en importantes núcleos
de personas de nuestras sociedades. La personalidad dual y ambigua,
junto a su peculiar y fascinante comportamiento sigue generando tanto
encantamiento como suspicacia. Se agrega ahora, por el lado del rechazo,
el conocimiento de la cantidad de individuos que sufren alergias
provocadas por estos animales y que, como puede suponerse, en general no
tienen a los felinos como sujetos de admiración. Sin
embargo, hay que señalar un avance y una seducción en progresión
dentro de nuestros conglomerados sociales. La aceptación se presenta
sin embargo como desigual según cada país. Así, por ejemplo, en uno
de cada cuatro hogares franceses, ingleses, daneses e irlandeses hay al
menos un perro. En Alemania la proporción se reduce a sólo una de cada
diez casas, el número es semejante en Noruega, Suiza y Austria. En
estas naciones la presencia de gatos en las viviendas es bastante menos
numerosa. Por el contrario en Italia, Portugal y en Finlandia su número
es superior al de los perros. Al parecer algo semejante se desarrolla en
los Estados Unidos en donde se cuenta aproximadamente con 56 millones de
gatos domésticos dentro de una tendencia de proporcional desplazamiento
progresivo de los perros. Las razones de esta distribución y
preferencia resulta un tema sumamente atractivo en el estudio de las
relaciones y las representaciones que de los animales domésticos
tenemos los seres humanos. Igualmente
interesante en esta progresiva aceptación de los felinos domésticos es
el hecho de que la generación y multiplicación de razas a través de
la intervención humana, ha vivido su más importante desarrollo durante
los últimos cien años sin alcanzar nunca la variedad morfológica que
tienen los perros. Es significativo que algunas de las últimas razas,
como el americano Ragdoll (muñeco de trapo), que tiene un carácter tan
plácido que hay quien lo considera con una personalidad que lo hace
aparecer como un felino "pacheco", o la más reciente variedad
holandesa con patas tan cortas que lo obligan a caminar bamboleándose.
En ambos casos estamos frente a gatos incapaces de cazar ratones,
subrayando de esta manera ya no su carácter cazador original, sino el
de animal de compañía. (13) Quisiera
terminar diciendo que me cuento entre aquellos individuos a quienes los
gatos fascinan. Uno de los aspectos que más me intrigan es su frecuente
actitud ensimismada. Felisa, la mayor de nuestras gatas, parece muchas
veces estar en trance, entonces me recuerda un verso de T. S. Elliot que
cuando conocí me trajo inmediatamente su imagen (14): Cuando
sorprendan a un gato en intensa
meditación . Notas: (1)
Bonte, Pierre - Michel Izard, Dictionaire de l´Anthropologie, PUF,
1991, París, France, pp.69-72.
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