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| felinia 17 |
on line desde enero 2002 |
junio 2003 |
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Artículo publicado inicialmente en Divulc@t:ciencia@teconología, 2003. Uno de los asuntos que las ciencias medioambientales han mostrado
con mayor claridad, sobre todo en las últimas décadas, es que las
acciones humanas influyen decisivamente en el medio ambiente. La
actividad del hombre tiene una incidencia directa en la biosfera, en los
ciclos biológicos y químicos de la naturaleza, en el sistema climático
y en el paisaje. En este momento, los expertos calculan que entre el 30 y el 50% de la superficie de la Tierra ha sido ya transformada por la acción del hombre. También se estima que la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera se ha incrementado en un 30% desde el comienzo de la revolución industrial, por citar tan sólo algunos datos significativos. [“Science for the Twenty-First Century. A New
Commitment”, documento base de la Conferencia mundial sobre ciencia,
Budapest, 26 junio-1 julio, 1999. En http://www.Unesco.org/science/wcs/background/21st-a.htm
,
consultado el 30-6-99.] Entre los muchos problemas medioambientales que
sufre el planeta hay uno que preocupa especialmente: la reducción de la
biodiversidad. El ritmo al que el hombre hace que desaparezcan especies
animales y vegetales no se conoce con precisión, entre otras razones
porque muchas de las que ya se han extinguido ni siquiera habían sido
descritas por los científicos. Sin embargo, parece seguro que el ritmo actual de
desaparición de especies es alarmantemente alto. Y, como muestra, uno sólo
de los muchos datos de que disponen los científicos: más de la cuarta
parte de las aves del planeta ya han sido llevadas a la extinción.[Id.]
Desde los años 70, los biólogos vienen advirtiendo, cada vez con mayor insistencia, que el hombre sigue destruyendo el más preciado de los recursos: la biodiversidad. Algunos científicos piensan que la actual crisis supera en magnitud a extinciones masivas como la que provocó la desaparición de los dinosaurios, hace 65 millones de años. Y las causas de la actual catástrofe son fundamentalmente la destrucción de hábitats naturales y la fragmentación de poblaciones de algunas especies, que hace inviable su reproducción. Medios de comunicación A la vista de esta dramática situación que vive el
planeta, parece razonable pensar que los medios de comunicación, en
general, y la televisión, en particular, deberían proporcionar una
información que permita al público conocer cómo funciona la
naturaleza, teniendo en cuenta cuál es su situación real y haciendo
hincapié en cuestiones determinantes, tales como la reducción de la
biodiversidad. Sin embargo, la televisión no está cumpliendo este
papel, ni siquiera de forma mínimamente satisfactoria. Bien al
contrario, con frecuencia los programas de televisión sobre medio
ambiente desinforman al público, dado que transmiten sistemáticamente
una imagen idealizada de la naturaleza, que poco tiene que ver con su
situación real. Esto ocurre, en mayor o menor medida, en todos los géneros
que utiliza la televisión. Sin embargo, resulta especialmente
significativo en el ámbito del documental, que desde hace ya varias décadas
se ha convertido en el género por excelencia para dar a conocer la vida
de la naturaleza. La naturaleza en televisión Los últimos años del siglo están siendo
probablemente el mejor momento para la ciencia en televisión.
Responsables de programación de diferentes cadenas coinciden en que en
estos años se ha incrementado considerablemente el espacio que las
televisiones dedican a cuestiones relacionadas con la ciencia, en
general, y también a las ciencias medioambientales.[Cowern, Christine,
“Natural History vs. the Environment”, en Natural History, 1999, p.
5.] En el ámbito de los documentales sobre la
naturaleza, se constata la misma tendencia, ya que la explosión de
canales temáticos ha llevado a un incremento significativo este tipo de
producciones en todo el mundo. Y en ese universo de 500 canales en el
hogar, que se vislumbra para los próximos años, la naturaleza y la
vida salvaje seguirán estando entre los contenidos más demandados. Sin embargo, a pesar de esta producción creciente,
la mayor parte de los documentales han adoptado un formato que hace muy
difícil, cuando no imposible, proporcionar una imagen de la naturaleza
que tenga en cuenta la acción humana y pueda profundizar en mensajes
que apoyen la conservación de la naturaleza. Documentales de naturaleza pura En los últimos años se están produciendo
fundamentalmente documentales de naturaleza pura, donde los animales de
desenvuelven en un ambiente casi idílico que, en muchos casos, recuerda
más a las películas de animación de Walt Disney que a documentales
propiamente dichos. Este tipo de trabajos son los que los anglosajones
han dado en llamar películas de chip azul o blue-chip films. Generalmente, estas obras se limitan a mostrar las relaciones de los animales entre sí y de estos con su medio natural, obviando completamente la acción humana. Aunque hay excepciones, en estas películas generalmente no se alude a los peligros que sufren las especies como consecuencia de la acción humana o a las amenazas de extinción a las que se enfrentan. En primera instancia, cabría pensar que el simple
hecho de mostrar estos programas en televisión puede ayudar a que el público
conozca mejor el medio natural y a los seres vivos, lo cual redundará
en un mayor respeto hacia la naturaleza. Sin embargo, resulta evidente que si el conocimiento
que transmiten estas obras no se ajusta a la realidad, será difícil
fomentar entre el público actitudes que favorezcan la conservación,
sobre todo cuando se presenta una visión sesgada e idílica de la
naturaleza, en la que no se fomentan estos valores. Los organismos conservacionistas han comenzado a
cuestionar abiertamente la eficacia de los mensajes que se lanzan por
televisión. Algunos creen que, aunque resulte paradójico, la creación
de canales especializados en naturaleza y vida salvaje, está provocando
que el mensaje conservacionista se pierda como consecuencia de la lucha
por las audiencias que se establece. Tal como señala Robert Lamb, productor británico
de programas conservacionistas, “si al llegar a casa por la noche
tienes que escoger entre un programa de David Attenborough sobre el
sorprendente comportamiento de algún animal, y otro en el que alguien
da la paliza sobre cómo los salmones están desapareciendo debido al
calentamiento del clima, ¿qué vas a ver?”[Ibid., p. 24.] Son muchos los productores que se quejan de que el
conservacionismo no vende. Las cadenas de televisión son conscientes
del enorme mercado que existe para los programas de naturaleza pura, que
son capaces de congregar a una audiencia muy amplia. Por el contrario,
los programas conservacionistas interesan a un número de personas
notablemente inferior. Como consecuencia, al contrario de lo que ocurría
hace apenas dos décadas, los programas sobre el calentamiento global o
la reducción de la biodiversidad son sistemáticamente rechazados por
los programadores, dado que difícilmente pueden conseguir índices de
audiencia semejantes a los documentales de blue-chip. Los programadores de televisión tienen como
objetivo fundamental conseguir una audiencia lo más amplia posible. Y
para ello buscan imágenes espectaculares, historias interesantes y
personajes que entusiasmen al público. En otras palabras, su preocupación
no es la reducción de la biodiversidad. Los temas medioambientales suelen ser casi siempre
los mismos, lo cual es difícil de encajar por una televisión con un
inmenso apetito por cosas nuevas. Además, los programas sobre problemas
medioambientales tratan con frecuencia sobre cuestiones concretas que
afectan a un país determinado, por lo que su venta internacional
resulta más problemática. Producir programas conservacionistas que resulten
interesantes para una audiencia numerosa requiere una buena dosis de
ingenio. Para conseguirlo, es necesario llevar a cabo una peculiar
combinación de información y entretenimiento que permita un
tratamiento profundo de estas cuestiones, a la vez que un enunciado que
resulte atractivo para el público, en general. Sin embargo, ante este
planteamiento se han elevado algunas voces críticas que sugieren que,
si el conservacionismo es un asunto serio, ¿por qué hacerlo trivial? Por otra parte, a pesar de que cada vez hay más
cadenas de televisión, los presupuestos de producción de los canales
temáticos suelen ser sensiblemente inferiores a los de los
generalistas, lo cual dificulta la producción de programas de calidad
que combinen la información con el entretenimiento.[En España, un
presupuesto medio para una hora de documental puede situarse entre 10 y
15 millones de pesetas, aunque en algunas ocasiones puede llegar a
cifras mucho más altas. Un documental de la misma duración para una
cadena temática puede tener un coste de entre uno y dos millones de
pesetas. ] En estos canales temáticos, a pesar de que los índices
de audiencia no tienen tanta importancia como en los generalistas, el éxito
comercial también suele ser el principal criterio para valorar nuna
producción. Y dado que el blue-chip es lo que vende, ¿por qué
cambiar? Cada vez más, se buscan imágenes espectaculares
que impacten en la gente, pero queda menos lugar para una explicación
de cierta profundidad. Paradójicamente, diversos estudios demuestran
que el público echa en falta una información científica donde se
ofrezca más contenido y se proporcione el contexto necesario para
entender adecuadamente las cuestiones que se le presentan. Además,
algunas veces, las imágenes llegan a distraer la atención del
espectado e incluso a contradecir lo que cuenta la narración. [Vid. Rogers, Carol, “The Importance of Understanding
Audiences”, en Friedman, Sharon y otros (eds.), Communicating
Uncertainty. Media Coverage of New and Controversial Science, Lawrence
Erlbaum, Londres, 1999, pp. 197-198.] Producir documentales con un contenido de cierta
profundidad que, al mismo tiempo, sean capaces de entretener a la
audiencia, suele requerir de la utilización de medios de producción
sofisticados. Y esto, a su vez, significa más dinero. Pero las
televisiones tienen enormes dificultades para financiar programas caros,
que no consigan una rentabilidad inmediata en términos de audiencia. públicas.
Ni siquiera las cadenas públicas, reducto tradicional de producciones conservacionistas de buen nivel, consiguen financiar documentales de alto presupuesto sobre ciencia, en general, o sobre conservación de la naturaleza, en particular.[Vid. Leigh, ficha 252).] Los mitos del blue chip Generalmente, los documentales sobre la naturaleza
mantienen en su trasfondo una serie de historias basadas en fábulas,
que utilizan a modo de leit motivs y se repiten constantemente. Tal como
ha puesto de manifiesto Barbara Crowther, tres de las historias más
características son la del “ciclo de la vida”, la “narrativa de
la búsqueda” y el “triunfo de la ciencia sobre la
naturaleza”.[CROWTHER, Barbara, conferencia pronunciada en el
simposium Wildscreen ’94, Bristol, 1994 (inédita).] La fábula del “ciclo de la vida” no sigue, como
cabría esperar, el proceso que va desde el nacimiento hasta la muerte,
sino que se limita habitualmente a la parte que va desde el nacimiento
hasta la reproducción. La segunda de las fábulas que subyacen en estos
programas es la del naturalista como héroe; la de un hombre en una
expedición de búsqueda. Esta historia, que está presente también en
numerosos cuentos infantiles, ha sido asumida por los documentales sobre
la naturaleza con la forma de un naturalista o investigador que realiza
viajes o expediciones científicas. Estas fábulas tienden a reforzar el sentido dramático
de un programa y, por tanto, a acercar sus contenidos a los modos
habituales de conocimiento del espectador. Sin embargo, tal como sugiere
Crowther, se trata de fórmulas estereotipadas que cierran el paso a
otros modos narrativos que quizá pudieran servir mejor para transmitir
los aspectos “hipotéticos e interpretativos de la ciencia y permitir
mayor apertura de los finales, perspectivas diversas y voces
diferentes”.[CROWTHER, Barbara, Id.] Podríamos añadir que, en algunas ocasiones, estas
fórmulas dificultan notablemente la transmisión de un conocimiento
certero sobre la vida de la naturaleza y sobre la forma en que el hombre
influye en ella. Y, desgraciadamente, cierran también el paso a
cualquier mensaje conservacionista. La utilización de este tipo de fórmulas se
manifiesta también en el uso de clichés o frases hechas, que aparecen
en el comentario de algunos documentales. Expresiones del tipo “hay un
lugar en el mundo” suelen aparecer en algunos documentales, en los
cuales se presenta una visión idílica de la naturaleza, donde los
animales se comportan como si la acción humana no fuera una amenaza
para ellos. El propio estilo literario de frases como esta, pone de
manifiesto que se está haciendo un esfuerzo por situar al público en
un contexto casi ficticio, muy similar al de un cuento. En el trasfondo de este tipo de planteamientos puede
adivinarse un intento de entretener al espectador, antes que de
plantearle problemas de ningún tipo. Y esto no ocurre sólo en el ámbito
del documental sobre la naturaleza, sino en muchos otros programas de
televisión, algunos de los cuales se encuentran sumidos en una carrera
trepidante hacia la trivialización y la dramatización de sus
contenidos. En las últimas décadas, la creciente competencia
entre las cadenas, - acrecentada por la multiplicación del número de
canales, tanto generalistas como temáticos -, parece haber aumentado la
presión que los índices de audiencia ejercen sobre los programas de
contenido informativo[Langer, John, Tabloid Television: popular
journalism and the ‘other news’, Londres, Routledge, 1998, p. 3.].
Como consecuencia, la información se somete, en buena medida, a
criterios de rentabilidad directa, análogos a los que rigen los
contenidos ficticios. Los programadores tratan de encontrar contenidos y
formatos que hagan posible que los espacios informativos, los
documentales y, en general, los programas del ámbito de la no ficción,
compitan eficazmente por la audiencia, incluso en las difíciles horas
del prime time. Parece, por tanto, que la información también tiene
como criterio supremo de eficacia su capacidad para entretener a la
audiencia, lo cual está provocando que la tradicional frontera entre
los contenidos de ficción y los informativos se desdibuje cada vez más.
Cuando se busca el entretenimiento por encima de
todo, el criterio de selección de los temas de las noticias, reportajes
o documentales, deja de ser el de su interés para la audiencia, como
fuente de conocimiento sobre el mundo real. Por el contrario, en esta nueva situación adquieren
mayor importancia otras consideraciones, tales como el posible impacto
de las imágenes y su capacidad para despertar emociones. Y, en este
contexto, los programas supuestamente dedicados a la información se
llenan de asuntos triviales e intranscendentes - tales como accidentes
espectaculares, situaciones curiosas y personajes divertidos -,
simplemente porque resultan entretenidos. Tal como señalan Kilborn e Izod,[Kilborn, Richard e
IZOD, John, An introduction to television documentary: confronting
reality, Manchester University Press, 1997, p. X. ] el creciente uso del
término “entretenimiento basado en hechos” (factual entertainment),
indica que la razón por la que los documentales llegan hasta las
parrillas de programación ha dejado de ser su valor intrínseco y el
interés público de los temas tratados. En la actualidad, estos programas han de competir
con otros que pertenecen a géneros bien distintos. Y cuando los
programadores recurren a espacios informativos lo hacen, simple y
llanamente, porque creen que pueden atraer a un tipo de audiencia
determinado en un momento concreto y competir así con los espacios que
ofrecen las demás cadenas, sean estos de ficción o de no ficción. Cuando el valor de entretenimiento y los índices de
audiencia se erigen en patrones supremos para valorar la calidad de un
programa, se imponen también los criterios que imperan en la industria
del espectáculo, los cuales con frecuencia impiden que los programas
informativos satisfagan las necesidades de los ciudadanos. En esta
situación, que ha sido tratada por varios autores[Vid. Langer, op.
cit., pp. 1-10.], la información televisiva se contempla, por encima de
todo, como un producto de mercado que ha ser consumido por el público. En este contexto, cabe afirmar con Esslin[Esslin,
Martin (1982), The age of television, San Francisco, W. H. Freeman and
Company, 1982, p. 62.] que, en nuestros días, se considera que un buen
programa informativo es aquel que contiene una dosis significativa de
emociones y diversión. Por esa razón, la violencia tiene asegurado un
lugar destacado dentro de los espacios informativos y de los
documentales sobre la naturaleza, del mismo modo que parecen tenerlo
también todas aquellas imágenes y sonidos capaces de captar
inmediatamente la atención del espectador y suspender su juicio, aunque
sea tan sólo durante unos pocos segundos. La responsabilidad de la televisión Diversos estudios demuestran que la televisión es
el medio por el que muchos ciudadanos reciben la mayor parte de su
información sobre cuestiones relacionadas con la ciencia.[Vid. Delacote, Goéry, "Science and scientists: public
perception and attitudes", en Evered, David y O'Connor, Maeve
(eds.), Communicating Science to the Public, Ciba Foundation Conference,
Chichester, Wiley and Sons, 1987. ] Los investigadores también han comprobado que los jóvenes
que se informan prioritariamente a través de la televisión tienen
menos conocimientos sobre cuestiones medioambientales de gran
importancia, tales como los gases del efecto invernadero o la lluvia ácida.[Vid.
Liebler, Carlo y Bendix Jacob, "Old-Growth Forests
on Network News: News Sources and the Framing of and Environmental
Controversy, en Journalism and Mass Communication Quarterly, Vol. 73, N.
1, Primavera 1996, p. 54. Son datos que datos ponen de manifiesto el gran
potencial de la televisión como medio para suministrar información
sobre el medio ambiente. Pero también sirven para constatar las graves
carencias de los programas que se realizan en este momento. Una de las funciones de la comunicación científica
ha de ser la de ayudar a los ciudadanos a entender el mundo en el que
viven, para que de esta forma puedan desenvolverse mejor en él. Pues
bien, la reducción de la biodiversidad traerá, sin duda, consecuencias
dramáticas para los seres humanos, dado que la extinción de cada una
de estas especies es un hecho irreversible. Sin embargo, este es un
asunto que la televisión no parece estar tratando de una forma
adecuada. Los planteamientos estrictamente economicistas, que
sitúan los índices de audiencia como criterio supremo para valorar la
calidad y la eficacia de los programas, han de ser puestos en
entredicho, ante la evidencia de que los ciudadanos necesitamos un
información más acorde con nuestras necesidades y con las del planeta
en el que vivimos. Tal como señala García-Noblejas, “el cine y la
TV tienen características que los hacen incongruentes con otras mercancías,
como el pescado o el vino, ya que son capaces de configurar mentalidades
(identidades) personales y sociales”. Y esto avala la afirmación
realizada por algunos autores, según la cual la identificación del
ideal democrático con las exigencias del libre mercado puede producir
un grave quebranto de las personas y de la cultura.[García-Noblejas,
Juan J., "Identidad e interpretación cinematográfica. Umbrales
para una lectura humanista de Brazil", en Comunicación y Sociedad,
vol. XI, N. 2, 1998, p. 13.] El medio ambiente necesita fomentar un tipo de
documental que resulte atractivo para la audiencia, pero que al mismo
tiempo aborde los problemas de la conservación, de una forma más
coherente y realce el valor de la naturaleza por sí misma. Para
conseguirlo, va a ser necesario buscar una nueva síntesis entre
entretenimiento e información, que tendrá que llegar de la mano de
nuevos formatos, que pongan límite a este reinado absoluto de las películas
de naturaleza pura (blue-chip). Sin embargo, a la vista de los planteamientos
divergentes que mantienen los medios de comunicación y las entidades
que velan por el medio ambiente, parece que en el futuro resultarán
necesarias las alianzas entre entidades conservacionistas y grupos de
comunicación. De esta forma, podría asegurarse una presencia adecuada
de mensajes que fomenten la conservación de la naturaleza, sin que éstos
queden supeditados a la tiranía de los índices de audiencia.[Cowern,
Christine, "Natural History vs. the Environment", en
Realscreen, http://www.realscreen.com/articles/
, consultado el 2-9-99.] En este nuevo planteamiento deberán intervenir,
además de entidades conservacionistas, científicos y organismos de la
administración pública encargados de la defensa del medio ambiente. En este momento, las instituciones públicas están
preocupadas por educar a los ciudadanos en cuestiones medioambientales,
como pone de manifiesto el esfuerzo que están realizando, desde hace ya
algunos años, por diseñar planes de educación medioambiental que
lleguen a toda la población. Pues bien, la televisión habrá de jugar un papel
decisivo en esta tarea educativa. Y la televisión pública tendrá que
asumir un protagonismo que en este momento no está asumiendo, al menos
en España. Sólo de esta forma será posible la producción de más
documentales conservacionistas sobre temas de ámbito local o nacional,
que son los que el ciudadano debe conocer en primera instancia. Sólo así
será posible superar situaciones paradójicas como la actual, en la que
los ciudadanos españoles sabemos más sobre la vida de la naturaleza en
África que en nuestro propio país. Hay una clara diferencia entre lo que interesa al público
y el interés público, de la que el caso de la información
medioambiental resulta paradigmático. Las cadenas de televisión y los
productores de documentales habrán de luchar por invertir esta
tendencia, aunque sólo sea porque, si no lo hacen, y las especies
siguen desapareciendo al ritmo actual, en pocos años tendrán muy poco
que filmar.
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