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junio 2003


DOCUMENTALES DE NATURALEZA VERSUS CONSERVACIÓN 

por B. León, periodista y doctor en Comunicación Pública, profesor de la Universidad de Navarra

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Artículo publicado inicialmente en Divulc@t:ciencia@teconología, 2003.

Uno de los asuntos que las ciencias medioambientales han mostrado con mayor claridad, sobre todo en las últimas décadas, es que las acciones humanas influyen decisivamente en el medio ambiente. La actividad del hombre tiene una incidencia directa en la biosfera, en los ciclos biológicos y químicos de la naturaleza, en el sistema climático y en el paisaje.

En este momento, los expertos calculan que entre el 30 y el 50% de la superficie de la Tierra ha sido ya transformada por la acción del hombre. También se estima que la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera se ha incrementado en un 30% desde el comienzo de la revolución industrial, por citar tan sólo algunos datos significativos.

[“Science for the Twenty-First Century. A New Commitment”, documento base de la Conferencia mundial sobre ciencia, Budapest, 26 junio-1 julio, 1999. En http://www.Unesco.org/science/wcs/background/21st-a.htm , consultado el 30-6-99.]

Entre los muchos problemas medioambientales que sufre el planeta hay uno que preocupa especialmente: la reducción de la biodiversidad. El ritmo al que el hombre hace que desaparezcan especies animales y vegetales no se conoce con precisión, entre otras razones porque muchas de las que ya se han extinguido ni siquiera habían sido descritas por los científicos.

Sin embargo, parece seguro que el ritmo actual de desaparición de especies es alarmantemente alto. Y, como muestra, uno sólo de los muchos datos de que disponen los científicos: más de la cuarta parte de las aves del planeta ya han sido llevadas a la extinción.[Id.]

Desde los años 70, los biólogos vienen advirtiendo, cada vez con mayor insistencia, que el hombre sigue destruyendo el más preciado de los recursos: la biodiversidad. Algunos científicos piensan que la actual crisis supera en magnitud a extinciones masivas como la que provocó la desaparición de los dinosaurios, hace 65 millones de años. Y las causas de la actual catástrofe son fundamentalmente la destrucción de hábitats naturales y la fragmentación de poblaciones de algunas especies, que hace inviable su reproducción.

Medios de comunicación

A la vista de esta dramática situación que vive el planeta, parece razonable pensar que los medios de comunicación, en general, y la televisión, en particular, deberían proporcionar una información que permita al público conocer cómo funciona la naturaleza, teniendo en cuenta cuál es su situación real y haciendo hincapié en cuestiones determinantes, tales como la reducción de la biodiversidad.

Sin embargo, la televisión no está cumpliendo este papel, ni siquiera de forma mínimamente satisfactoria. Bien al contrario, con frecuencia los programas de televisión sobre medio ambiente desinforman al público, dado que transmiten sistemáticamente una imagen idealizada de la naturaleza, que poco tiene que ver con su situación real.

Esto ocurre, en mayor o menor medida, en todos los géneros que utiliza la televisión. Sin embargo, resulta especialmente significativo en el ámbito del documental, que desde hace ya varias décadas se ha convertido en el género por excelencia para dar a conocer la vida de la naturaleza.

La naturaleza en televisión

Los últimos años del siglo están siendo probablemente el mejor momento para la ciencia en televisión. Responsables de programación de diferentes cadenas coinciden en que en estos años se ha incrementado considerablemente el espacio que las televisiones dedican a cuestiones relacionadas con la ciencia, en general, y también a las ciencias medioambientales.[Cowern, Christine, “Natural History vs. the Environment”, en Natural History, 1999, p. 5.]

En el ámbito de los documentales sobre la naturaleza, se constata la misma tendencia, ya que la explosión de canales temáticos ha llevado a un incremento significativo este tipo de producciones en todo el mundo. Y en ese universo de 500 canales en el hogar, que se vislumbra para los próximos años, la naturaleza y la vida salvaje seguirán estando entre los contenidos más demandados.

Sin embargo, a pesar de esta producción creciente, la mayor parte de los documentales han adoptado un formato que hace muy difícil, cuando no imposible, proporcionar una imagen de la naturaleza que tenga en cuenta la acción humana y pueda profundizar en mensajes que apoyen la conservación de la naturaleza.

Documentales de naturaleza pura

En los últimos años se están produciendo fundamentalmente documentales de naturaleza pura, donde los animales de desenvuelven en un ambiente casi idílico que, en muchos casos, recuerda más a las películas de animación de Walt Disney que a documentales propiamente dichos. Este tipo de trabajos son los que los anglosajones han dado en llamar películas de chip azul o blue-chip films.

Generalmente, estas obras se limitan a mostrar las relaciones de los animales entre sí y de estos con su medio natural, obviando completamente la acción humana. Aunque hay excepciones, en estas películas generalmente no se alude a los peligros que sufren las especies como consecuencia de la acción humana o a las amenazas de extinción a las que se enfrentan.

En primera instancia, cabría pensar que el simple hecho de mostrar estos programas en televisión puede ayudar a que el público conozca mejor el medio natural y a los seres vivos, lo cual redundará en un mayor respeto hacia la naturaleza.

Sin embargo, resulta evidente que si el conocimiento que transmiten estas obras no se ajusta a la realidad, será difícil fomentar entre el público actitudes que favorezcan la conservación, sobre todo cuando se presenta una visión sesgada e idílica de la naturaleza, en la que no se fomentan estos valores.

Los organismos conservacionistas han comenzado a cuestionar abiertamente la eficacia de los mensajes que se lanzan por televisión. Algunos creen que, aunque resulte paradójico, la creación de canales especializados en naturaleza y vida salvaje, está provocando que el mensaje conservacionista se pierda como consecuencia de la lucha por las audiencias que se establece.

Tal como señala Robert Lamb, productor británico de programas conservacionistas, “si al llegar a casa por la noche tienes que escoger entre un programa de David Attenborough sobre el sorprendente comportamiento de algún animal, y otro en el que alguien da la paliza sobre cómo los salmones están desapareciendo debido al calentamiento del clima, ¿qué vas a ver?”[Ibid., p. 24.]

Son muchos los productores que se quejan de que el conservacionismo no vende. Las cadenas de televisión son conscientes del enorme mercado que existe para los programas de naturaleza pura, que son capaces de congregar a una audiencia muy amplia. Por el contrario, los programas conservacionistas interesan a un número de personas notablemente inferior.

Como consecuencia, al contrario de lo que ocurría hace apenas dos décadas, los programas sobre el calentamiento global o la reducción de la biodiversidad son sistemáticamente rechazados por los programadores, dado que difícilmente pueden conseguir índices de audiencia semejantes a los documentales de blue-chip.

Los programadores de televisión tienen como objetivo fundamental conseguir una audiencia lo más amplia posible. Y para ello buscan imágenes espectaculares, historias interesantes y personajes que entusiasmen al público. En otras palabras, su preocupación no es la reducción de la biodiversidad.

Los temas medioambientales suelen ser casi siempre los mismos, lo cual es difícil de encajar por una televisión con un inmenso apetito por cosas nuevas. Además, los programas sobre problemas medioambientales tratan con frecuencia sobre cuestiones concretas que afectan a un país determinado, por lo que su venta internacional resulta más problemática.

Producir programas conservacionistas que resulten interesantes para una audiencia numerosa requiere una buena dosis de ingenio. Para conseguirlo, es necesario llevar a cabo una peculiar combinación de información y entretenimiento que permita un tratamiento profundo de estas cuestiones, a la vez que un enunciado que resulte atractivo para el público, en general. Sin embargo, ante este planteamiento se han elevado algunas voces críticas que sugieren que, si el conservacionismo es un asunto serio, ¿por qué hacerlo trivial?

Por otra parte, a pesar de que cada vez hay más cadenas de televisión, los presupuestos de producción de los canales temáticos suelen ser sensiblemente inferiores a los de los generalistas, lo cual dificulta la producción de programas de calidad que combinen la información con el entretenimiento.[En España, un presupuesto medio para una hora de documental puede situarse entre 10 y 15 millones de pesetas, aunque en algunas ocasiones puede llegar a cifras mucho más altas. Un documental de la misma duración para una cadena temática puede tener un coste de entre uno y dos millones de pesetas. ]

En estos canales temáticos, a pesar de que los índices de audiencia no tienen tanta importancia como en los generalistas, el éxito comercial también suele ser el principal criterio para valorar nuna producción. Y dado que el blue-chip es lo que vende, ¿por qué cambiar?

Cada vez más, se buscan imágenes espectaculares que impacten en la gente, pero queda menos lugar para una explicación de cierta profundidad. Paradójicamente, diversos estudios demuestran que el público echa en falta una información científica donde se ofrezca más contenido y se proporcione el contexto necesario para entender adecuadamente las cuestiones que se le presentan. Además, algunas veces, las imágenes llegan a distraer la atención del espectado e incluso a contradecir lo que cuenta la narración. [Vid. Rogers, Carol, “The Importance of Understanding Audiences”, en Friedman, Sharon y otros (eds.), Communicating Uncertainty. Media Coverage of New and Controversial Science, Lawrence Erlbaum, Londres, 1999, pp. 197-198.]

Producir documentales con un contenido de cierta profundidad que, al mismo tiempo, sean capaces de entretener a la audiencia, suele requerir de la utilización de medios de producción sofisticados. Y esto, a su vez, significa más dinero. Pero las televisiones tienen enormes dificultades para financiar programas caros, que no consigan una rentabilidad inmediata en términos de audiencia. públicas.

Ni siquiera las cadenas públicas, reducto tradicional de producciones conservacionistas de buen nivel, consiguen financiar documentales de alto presupuesto sobre ciencia, en general, o sobre conservación de la naturaleza, en particular.[Vid. Leigh, ficha 252).]

Los mitos del blue chip

Generalmente, los documentales sobre la naturaleza mantienen en su trasfondo una serie de historias basadas en fábulas, que utilizan a modo de leit motivs y se repiten constantemente. Tal como ha puesto de manifiesto Barbara Crowther, tres de las historias más características son la del “ciclo de la vida”, la “narrativa de la búsqueda” y el “triunfo de la ciencia sobre la naturaleza”.[CROWTHER, Barbara, conferencia pronunciada en el simposium Wildscreen ’94, Bristol, 1994 (inédita).]

La fábula del “ciclo de la vida” no sigue, como cabría esperar, el proceso que va desde el nacimiento hasta la muerte, sino que se limita habitualmente a la parte que va desde el nacimiento hasta la reproducción. La segunda de las fábulas que subyacen en estos programas es la del naturalista como héroe; la de un hombre en una expedición de búsqueda. Esta historia, que está presente también en numerosos cuentos infantiles, ha sido asumida por los documentales sobre la naturaleza con la forma de un naturalista o investigador que realiza viajes o expediciones científicas.

Estas fábulas tienden a reforzar el sentido dramático de un programa y, por tanto, a acercar sus contenidos a los modos habituales de conocimiento del espectador. Sin embargo, tal como sugiere Crowther, se trata de fórmulas estereotipadas que cierran el paso a otros modos narrativos que quizá pudieran servir mejor para transmitir los aspectos “hipotéticos e interpretativos de la ciencia y permitir mayor apertura de los finales, perspectivas diversas y voces diferentes”.[CROWTHER, Barbara, Id.]

Podríamos añadir que, en algunas ocasiones, estas fórmulas dificultan notablemente la transmisión de un conocimiento certero sobre la vida de la naturaleza y sobre la forma en que el hombre influye en ella. Y, desgraciadamente, cierran también el paso a cualquier mensaje conservacionista.

La utilización de este tipo de fórmulas se manifiesta también en el uso de clichés o frases hechas, que aparecen en el comentario de algunos documentales. Expresiones del tipo “hay un lugar en el mundo” suelen aparecer en algunos documentales, en los cuales se presenta una visión idílica de la naturaleza, donde los animales se comportan como si la acción humana no fuera una amenaza para ellos. El propio estilo literario de frases como esta, pone de manifiesto que se está haciendo un esfuerzo por situar al público en un contexto casi ficticio, muy similar al de un cuento.

En el trasfondo de este tipo de planteamientos puede adivinarse un intento de entretener al espectador, antes que de plantearle problemas de ningún tipo. Y esto no ocurre sólo en el ámbito del documental sobre la naturaleza, sino en muchos otros programas de televisión, algunos de los cuales se encuentran sumidos en una carrera trepidante hacia la trivialización y la dramatización de sus contenidos.

En las últimas décadas, la creciente competencia entre las cadenas, - acrecentada por la multiplicación del número de canales, tanto generalistas como temáticos -, parece haber aumentado la presión que los índices de audiencia ejercen sobre los programas de contenido informativo[Langer, John, Tabloid Television: popular journalism and the ‘other news’, Londres, Routledge, 1998, p. 3.]. Como consecuencia, la información se somete, en buena medida, a criterios de rentabilidad directa, análogos a los que rigen los contenidos ficticios.

Los programadores tratan de encontrar contenidos y formatos que hagan posible que los espacios informativos, los documentales y, en general, los programas del ámbito de la no ficción, compitan eficazmente por la audiencia, incluso en las difíciles horas del prime time. Parece, por tanto, que la información también tiene como criterio supremo de eficacia su capacidad para entretener a la audiencia, lo cual está provocando que la tradicional frontera entre los contenidos de ficción y los informativos se desdibuje cada vez más.

Cuando se busca el entretenimiento por encima de todo, el criterio de selección de los temas de las noticias, reportajes o documentales, deja de ser el de su interés para la audiencia, como fuente de conocimiento sobre el mundo real.

Por el contrario, en esta nueva situación adquieren mayor importancia otras consideraciones, tales como el posible impacto de las imágenes y su capacidad para despertar emociones. Y, en este contexto, los programas supuestamente dedicados a la información se llenan de asuntos triviales e intranscendentes - tales como accidentes espectaculares, situaciones curiosas y personajes divertidos -, simplemente porque resultan entretenidos.

Tal como señalan Kilborn e Izod,[Kilborn, Richard e IZOD, John, An introduction to television documentary: confronting reality, Manchester University Press, 1997, p. X. ] el creciente uso del término “entretenimiento basado en hechos” (factual entertainment), indica que la razón por la que los documentales llegan hasta las parrillas de programación ha dejado de ser su valor intrínseco y el interés público de los temas tratados.

En la actualidad, estos programas han de competir con otros que pertenecen a géneros bien distintos. Y cuando los programadores recurren a espacios informativos lo hacen, simple y llanamente, porque creen que pueden atraer a un tipo de audiencia determinado en un momento concreto y competir así con los espacios que ofrecen las demás cadenas, sean estos de ficción o de no ficción.

Cuando el valor de entretenimiento y los índices de audiencia se erigen en patrones supremos para valorar la calidad de un programa, se imponen también los criterios que imperan en la industria del espectáculo, los cuales con frecuencia impiden que los programas informativos satisfagan las necesidades de los ciudadanos. En esta situación, que ha sido tratada por varios autores[Vid. Langer, op. cit., pp. 1-10.], la información televisiva se contempla, por encima de todo, como un producto de mercado que ha ser consumido por el público.

En este contexto, cabe afirmar con Esslin[Esslin, Martin (1982), The age of television, San Francisco, W. H. Freeman and Company, 1982, p. 62.] que, en nuestros días, se considera que un buen programa informativo es aquel que contiene una dosis significativa de emociones y diversión. Por esa razón, la violencia tiene asegurado un lugar destacado dentro de los espacios informativos y de los documentales sobre la naturaleza, del mismo modo que parecen tenerlo también todas aquellas imágenes y sonidos capaces de captar inmediatamente la atención del espectador y suspender su juicio, aunque sea tan sólo durante unos pocos segundos.

La responsabilidad de la televisión

Diversos estudios demuestran que la televisión es el medio por el que muchos ciudadanos reciben la mayor parte de su información sobre cuestiones relacionadas con la ciencia.[Vid. Delacote, Goéry, "Science and scientists: public perception and attitudes", en Evered, David y O'Connor, Maeve (eds.), Communicating Science to the Public, Ciba Foundation Conference, Chichester, Wiley and Sons, 1987. ] Los investigadores también han comprobado que los jóvenes que se informan prioritariamente a través de la televisión tienen menos conocimientos sobre cuestiones medioambientales de gran importancia, tales como los gases del efecto invernadero o la lluvia ácida.[Vid. Liebler, Carlo y Bendix Jacob, "Old-Growth Forests on Network News: News Sources and the Framing of and Environmental Controversy, en Journalism and Mass Communication Quarterly, Vol. 73, N. 1, Primavera 1996, p. 54.

Son datos que datos ponen de manifiesto el gran potencial de la televisión como medio para suministrar información sobre el medio ambiente. Pero también sirven para constatar las graves carencias de los programas que se realizan en este momento.

Una de las funciones de la comunicación científica ha de ser la de ayudar a los ciudadanos a entender el mundo en el que viven, para que de esta forma puedan desenvolverse mejor en él. Pues bien, la reducción de la biodiversidad traerá, sin duda, consecuencias dramáticas para los seres humanos, dado que la extinción de cada una de estas especies es un hecho irreversible. Sin embargo, este es un asunto que la televisión no parece estar tratando de una forma adecuada.

Los planteamientos estrictamente economicistas, que sitúan los índices de audiencia como criterio supremo para valorar la calidad y la eficacia de los programas, han de ser puestos en entredicho, ante la evidencia de que los ciudadanos necesitamos un información más acorde con nuestras necesidades y con las del planeta en el que vivimos.

Tal como señala García-Noblejas, “el cine y la TV tienen características que los hacen incongruentes con otras mercancías, como el pescado o el vino, ya que son capaces de configurar mentalidades (identidades) personales y sociales”. Y esto avala la afirmación realizada por algunos autores, según la cual la identificación del ideal democrático con las exigencias del libre mercado puede producir un grave quebranto de las personas y de la cultura.[García-Noblejas, Juan J., "Identidad e interpretación cinematográfica. Umbrales para una lectura humanista de Brazil", en Comunicación y Sociedad, vol. XI, N. 2, 1998, p. 13.]

El medio ambiente necesita fomentar un tipo de documental que resulte atractivo para la audiencia, pero que al mismo tiempo aborde los problemas de la conservación, de una forma más coherente y realce el valor de la naturaleza por sí misma. Para conseguirlo, va a ser necesario buscar una nueva síntesis entre entretenimiento e información, que tendrá que llegar de la mano de nuevos formatos, que pongan límite a este reinado absoluto de las películas de naturaleza pura (blue-chip).

Sin embargo, a la vista de los planteamientos divergentes que mantienen los medios de comunicación y las entidades que velan por el medio ambiente, parece que en el futuro resultarán necesarias las alianzas entre entidades conservacionistas y grupos de comunicación. De esta forma, podría asegurarse una presencia adecuada de mensajes que fomenten la conservación de la naturaleza, sin que éstos queden supeditados a la tiranía de los índices de audiencia.[Cowern, Christine, "Natural History vs. the Environment", en Realscreen, http://www.realscreen.com/articles/ , consultado el 2-9-99.]

En este nuevo planteamiento deberán intervenir, además de entidades conservacionistas, científicos y organismos de la administración pública encargados de la defensa del medio ambiente.

En este momento, las instituciones públicas están preocupadas por educar a los ciudadanos en cuestiones medioambientales, como pone de manifiesto el esfuerzo que están realizando, desde hace ya algunos años, por diseñar planes de educación medioambiental que lleguen a toda la población.

Pues bien, la televisión habrá de jugar un papel decisivo en esta tarea educativa. Y la televisión pública tendrá que asumir un protagonismo que en este momento no está asumiendo, al menos en España. Sólo de esta forma será posible la producción de más documentales conservacionistas sobre temas de ámbito local o nacional, que son los que el ciudadano debe conocer en primera instancia. Sólo así será posible superar situaciones paradójicas como la actual, en la que los ciudadanos españoles sabemos más sobre la vida de la naturaleza en África que en nuestro propio país.

Hay una clara diferencia entre lo que interesa al público y el interés público, de la que el caso de la información medioambiental resulta paradigmático. Las cadenas de televisión y los productores de documentales habrán de luchar por invertir esta tendencia, aunque sólo sea porque, si no lo hacen, y las especies siguen desapareciendo al ritmo actual, en pocos años tendrán muy poco que filmar.

 

 


 

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