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| felinia 16 |
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mayo 2003 |
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LA VENTA DE LOS GATOS I En
Sevilla, y en mitad del camino que se dirige al convento de San Jerónimo
desde la puerta de la Macarena, hay entre otros ventorrillos célebres
uno que, por el lugar en que está colocado y las circunstancias
especiales que en él concurren, puede decirse que era, si ya no lo es,
el más neto y característico de todos los ventorrillos andaluces. Figuraos
una casita blanca como el campo de la nieve, con su cubierta de tejas
rojizas las unas, verdinegras las otras, y entre las cuales crecen un
sinfín de jaramagos y matas de reseda. Un cobertizo de madera baña en
sombra el dintel de la puerta, a cuyos lados hay dos poyos de ladrillo y
argamasa. Empotradas en el muro que rompen varios ventanillos abiertos a
capricho para dar luz al interior, y de los cuales unos son más bajos y
otros más altos, éste en forma cuadrangular, aquél imitando un ajimez
o una claraboya, se ven de trecho en trecho algunas estacas y anillas de
hierro que sirven para atar las caballerías. Una parra añosísima, que
retuerce sus negruzcos troncos por entre la armazón de maderos que la
sostienen, vistiéndolos de pámpanos y hojas verdes y anchas, cubre
como un dosel al estrado, el cual lo componen tres bancos de pino, media
docena de sillas de anea desvencijadas y hasta seis o siete mesas cojas
y hechas de tablas mal unidas. Por uno de los costados de la casa sube una madreselva, agarrándose a las grietas de las paredes, hasta llegar al tejado, de cuyo alero penden algunas guías que se mecen con el aire, semejando flotantes pabellones de verdura. Al pie del otro corre una cerca de cañizo, señalando los límites de un pequeño jardín que parece una canastilla de juncos rebosando de flores. Las copas de dos corpulentos árboles que se levantan a espaldas del ventorrillo forman el fondo oscuro sobre el cual se destacan sus blancas chimeneas, completando la decoración los vallados de las huertas, llenos de pitas y zarzamoras, los retamares que crecen a la orilla del agua, y el Guadalquivir que se aleja arrastrando con lentitud su torcida corriente por entre aquellas agrestes márgenes hasta llegar al pie del antiguo convento de San Jerónimo, el cual se asoma por cima de los espesos olivares que lo rodean y dibuja por oscuro la negra silueta de sus torres sobre un cielo azul y transparente. Figuraos este paisaje animado por una multitud de figuras de hombres, mujeres, chiquillos y animales, formando grupos a cual más pintorescos y característicos; aquí el ventero, rechoncho y coloradote, sentado al sol en una silleta baja, deshaciendo entre las manos el tabaco para liar un cigarrillo y con el papel en la boca; allí, un regatón de la Macarena que canta entornando los ojos y acompañándose con una guitarrilla mientras otros le llevan el compás con las palmas o golpeando las mesas con los vasos; más allá, una turba de muchachas, con sus pañuelos de espumilla de mil colores y toda una maceta de claveles en el pelo, que tocan la pandereta, y chillan, y ríen, y hablan a voces en tanto que impulsan como locas el columpio colgado entre dos árboles, y los mozos del ventorrillo que van y vienen con bateas de manzanilla y platos de aceitunas, y las bandas de gentes del pueblo que hormiguean en el camino; dos borrachos que disputan con un majo que requiebra al pasar a una buena moza, un gallo que cacarea esponjándose orgulloso sobre las bardas del corral, un perro que ladra a los chiquillos que le hostigan con palos y piedras, el aceite que hierve y salta en la sartén donde fríen el pescado, el chascar de los látigos de los caleseros que llegan levantando una nube de polvo, ruido de cantares, de castañuelas, de risas, de voces, de silbidos y de guitarras y golpes en las mesas, y palmadas y estallidos de jarros que se rompen, y mil y mil rumores extraños y discordes que forman una alegre algarabía imposible de describir. Figuraos todo esto en una tarde templada y serena, en la tarde de uno de los días más hermosos de Andalucía, donde tan hermosos son siempre, y tendréis una idea del espectáculo que se ofreció a mis ojos la primera vez que, guiado por su fama, fui a visitar aquel célebre ventorrillo. De esto hace ya muchos años, diez o doce lo menos. Yo estaba allí como fuera de mi centro natural. Comenzando por mi traje y acabando por la asombrada expresión de mi rostro, todo en mi persona disonaba en aquel cuadro de franca y bulliciosa alegría. Parecióme que las gentes, al pasar, volvían la cara a mirarme con el desagrado que se mira a un importuno. No
queriendo llamar la atención ni que mi presencia se hiciese objeto de
burlas más o menos embozadas, me senté a un lado de la puerta del
ventorrillo, pedí algo de beber, que no bebí y, cuando todos se
olvidaron de mi extraña aparición, saqué un papel de la cartera de
dibujo que llevaba conmigo, afilé un lápiz y comencé a buscar con la
vista un tipo característico para copiarle y conservarle como un
recuerdo de aquella escena y de aquel día. Desde
luego, mis ojos se fijaron en una de las muchachas que formaban un
alegre corro alrededor del columpio. Era alta, delgada, levemente
morena, con unos ojos adormidos, grandes y negros, y un pelo más negro
que los ojos. Mientras yo hacía el dibujo, un grupo de hombres, entre
los cuales había uno que rasgueaba la guitarra con mucho aire, entonaba
a coro cantares alusivos a las prendas personales, los secretillos de
amor, las inclinaciones o las historias de celos y desdenes de las
muchachas que se entretenían alrededor del columpio, cantares a los que
a su vez respondían éstas
con otros no menos graciosos, picantes y ligeros. La
muchacha morena, esbelta y decidora, que había escogido por modelo,
llevaba la voz entre las mujeres y componía las coplas y las decía
acompañada del ruido de las palmas y las risas de sus compañeras,
mientras que el tocador parecía ser el jefe de los mozos y el que entre
todos ellos despuntaba por su gracia y su desenfadado ingenio. Por
mi parte, no necesité mucho tiempo para conocer que entre ambos existía
algún sentimiento de afección, que se re velaba en sus cantares,
llenos de alusiones transparentes y frases enamoradas Cuando terminé mi
obra, comenzaba a hacerse noche. Ya en la torre de la catedral se habían
ncendido los dos faroles del retablo de las campanas, y sus luces parecían
los ojos de fuego de aquel gigante de argamasa y ladrillo que domina
toda la ciudad. Los grupos se iban disolviendo poco a poco y perdiéndose
a lo largo del camino entre la bruma del crepúsculo plateada por la
luna que empezaba a dibujarse sobre el fondo violado y oscuro del cielo.
Las muchachas se alejaban juntas y cantando, y sus voces argentinas se
debilitaban gradualmente hasta confundirse con los otros rumores
indistintos y lejanos que temblaban en el aire. Todo acababa a la vez:
el día, el bullicio, la animación y la fiesta, y de todo no quedaba
sino un eco en el oído, y en el alma, como una vibración suavísima,
como un dulce sopor parecido al que se experimenta al despertar de un
sueño agradable. Luego
que hubieron desaparecido las últimas personas, doblé mi dibujo, lo
guardé en la cartera, llamé con una palmada al mozo, pagué el pequeño
gasto que había hecho y ya me disponía a alejarme, cuando sentí que
me detenían suavemente por el brazo. Era el muchacho de la guitarra que
ya noté antes y que mientras dibujaba me miraba mucho y con cierto aire
de curiosidad, pero que no había reparado que, después de concluida la
broma, se acercó disimuladamente hasta el sitio en que me encontraba
con objeto de ver qué hacía yo mirando con tanta insistencia a la
mujer por quien él parecía interesarse. Señorito
-me dijo, con un acento que él procuró suavizar todo lo posible-, voy
a pedirle un favor. -¡Un
favor! -exclamé yo sin comprender cuáles podrían ser sus
pretensiones-. Diga usted que, si está en mi mano, es cosa hecha. -¿Me
quiere usted dar esa pintura que ha hecho? Al
oír sus últimas palabras no pude por menos de quedarme un rato
perplejo. Extrañaba, por una parte, la petición, que no dejaba de ser
bastante extraña, y por otra, el tono, que no podía decirse a punto
fijo si era de amenaza o de súplica. Él hubo de comprender mi duda, y
se apresuró en el momento a añadir: -Se
lo pido a usted por la salud de su madre, por la mujer que más quiera
en este mundo, si quiere a alguna. Pídame usted en cambio todo lo que
yo pueda hacer en mi pobreza. No
supe qué contestar para eludir el compromiso. Casi, casi hubiera
preferido que viniese en son de quimera, a trueque de conservar el
bosquejo de aquella mujer, cuya vista tanto me había impresionado;
pero, sea sorpresa del momento, sea que yo a nada sé decir no, ello es
que abrí mi cartera, saqué el papel y se lo alargué sin decir una
palabra. Referir
las frases de agradecimiento del muchacho, sus exclamaciones al mirar
nuevamente el dibujo a la luz del reverbero de la venta, el cuidado con
que lo dobló para guardárselo en la faja, los ofrecimientos que me
hizo y las alabanzas hiperbólicas con que ponderó la suerte de haber
encontrado lo que él llamaba un señorito templao y neto, sería tarea
dificilísima, por no decir imposible. Sólo diré que como entre unas y
otras se había hecho completamente de noche, que quise que no, se empeñó
en acompañarme hasta la puerta de la Macarena, y tanto dio en ello que
por fin me determiné a que emprendiésemos el camino juntos. El camino
es bien corto; pero mientras duró encontró forma de contarme del pe al
pa toda la historia de sus amores. La
venta donde había tenido lugar la función era de su padre, el cual le
tenía prometido, para cuando se casase, una huerta que lindaba con la
casa y que también le pertenecía. En cuanto a la muchacha objeto de su
cariño, que me pintó con los más vivos colores y las frases más
pintorescas, me dijo que se llamaba Amparo, que se había criado en su
casa desde muy pequeñita y se ignoraba quiénes fuesen sus padres. Todo
esto y cien otros detalles de más escaso interés me refirió durante
el camino. Cuando llegamos a las puertas de la ciudad, me dio un fuerte
apretón de manos, tornó a ofrecérseme y se marchó entonando un
cantar cuyos ecos se dilataban a lo lejos en el silencio de la noche. Yo
permanecí un rato viéndole ir. Su felicidad parecía contagiosa y me
sentía alegre, con una alegría extraña y sin nombre, con una alegría,
por decirlo así, de reflejo. Él siguió cantando a más no poder. Uno
de sus cantares decía así: "Compañerillo del alma, mira qué bonita era: que se parecía a la Virgen de
Consolación de Utrera." Cuando
su voz comenzaba a perderse, oí en las ráfagas de la brisa otra
delgada y vibrante que sonaba más lejos aún. Era ella, que le
aguardaba impaciente... Pocos
días después abandoné a Sevilla, y pasaron muchos años sin que
volviese a ella, y olvidé muchas cosas que allí me habían sucedido;
pero el recuerdo de tanta y tan ignorada y tranquila felicidad no se me
borró nunca de la memoria. II Como
he dicho, transcurrieron muchos años después que abandoné a Sevilla,
sin que olvidase del todo aquella tarde, cuyo recuerdo pasaba algunas
veces por mi imaginación como una brisa bienhechora que refresca el
ardor de la frente. Cuando
el azar me condujo de nuevo a la ciudad que los poetas en su hiperbólico
lenguaje llaman Reina de la Andalucía, una de las cosas que más
vivamente me impresionaron fue sin duda la completa transformación que
había sufrido en el espacio de tiempo que duró mi ausencia. Yo dejé
una Sevilla y encontraba otra muy diferente. Yo dejé una ciudad grande,
hermosa sin afectación, tal vez con abandono, llena de un encanto
propio, con un aspecto y una fisonomía originales y característicos, y
la hallé tan mudada que sólo puedo comparar el efecto que me hizo al
verla con el que experimentaría un entusiasta de nuestras costumbres y
nuestros trajes típicos al tropezar una cigarrera del barrio de Triana
con una crinolina a la emperatriz, un sombrero de tope alto y el pelo a
la Fuoco. Tan extraño, tan antiarmónico, y perdóneme la civilización,
encontré la mezcla de carácter andaluz y barniz francés que veía en
todo lo que me rodeaba. Visité
los edificios más notables; torné a vagar y a perderme entre las
revueltas del antiguo barrio de Santa Cruz; en el curso de mis paseos
extrañé muchas cosas nuevas que se han levantado no sé cómo; eché
de menos muchas cosas viejas que han desaparecido, no sé por qué y,
por último, me dirigí a la orilla del río. La orilla del río ha sido
siempre en Sevilla el lugar predilecto de mis excursiones. Después
que hube admirado el magnífico panorama que ofrece en el punto por
donde une sus opuestas márgenes el puente de hierro; después que hube
recorrido con la mirada absorta los mil detalles a cual más pintorescos
de sus curvas riberas, bordadas de jardines, palacios y blancos caseríos;
después que pasé revista a los innumerables buques surtos en sus
aguas, que desplegaban al aire los ligeros gallardetes de mil colores, y
oí el confuso hervidero del muelle, donde todo respira actividad y
movimiento, remontando con la imaginación la corriente del río, me
trasladé hasta San Jerónimo. Me
acordaba de aquel paisaje tranquilo, reposado y luminoso, en que la
vegetación de Andalucía despliega sin aliño sus galas naturales. Como
si hubiera ido en un bote, corriente arriba, vi desfilar otra vez, con
ayuda de la memoria, por un lado, la Cartuja con sus arboledas y sus
altas y delgadas torres, por el otro, el barrio de los Humeros, los
antiguos murallones de la ciudad, mitad árabes, mitad romanos, las
huertas con sus vallados cubiertos de zarzas, y las norias que sombrean
algunos árboles aislados y corpulentos y, por último, San Jerónimo. Al
llegar aquí, con la imaginación, se me representaron con más viveza
que nunca los recuerdos que aún conservaba de la famosa venta y me
figuré que asistía de nuevo a aquellas fiestas populares y oía cantar
a las muchachas, meciéndose en el columpio, y veía los corrillos de
gentes del
pueblo vagar por los prados, merendar unos, disputar los otros, reír éstos,
bailar aquéllos, y todos agitarse rebosando juventud, animación o
alegría. Allí estaba ella, rodeada de sus hijos, lejos ya del grupo de
las mozuelas que reían y cantaban, y allí estaba él, tranquilo y
satisfecho de su felicidad,
mirando con ternura, reunidas a su alrededor y felices a todas las
personas que más amaba en el mundo: su mujer, sus hijos, su padre, que
estaba entonces como hacía diez años sentado a la puerta de su venta,
liando impasible su cigarrillo de papel sin más variación que tener
blanca como la nieve la cabeza que era gris. Un
amigo que me acompañaba en el paseo, notando la especie de éxtasis en
que estuve abstraído con estas ideas durante algunos minutos, me sacudió
al fin del brazo, preguntándome: -¿En
qué piensas? -Pensaba
-le contesté- en la Venta de los Gatos y revolvía aquí dentro de la
imaginación todos los agradables recuerdos que guardo de una tarde que
estuve en San Jerónimo... En
este instante concluía una historia que dejé empezada allí, y la
concluía tan a mi gusto que creo no puede tener otro final que el que
yo le he hecho. Y
a propósito de la Venta de los Gatos -proseguí, dirigiéndome a mi
amigo-, ¿cuándo nos vamos allá una tarde a merendar y a tener un rato
de jarana? -¡Un
rato de jarana! -exclamó mi interlocutor con una expresión de asombro
que yo no acertaba a explicarme entonces-. ¡Un rato de jarana! ¡Pues
digo que el sitio es aparente para el caso! -¿Y
por qué no? -le repliqué admirándome a mi vez de sus admiraciones. -La
razón es muy sencilla -me dijo, por último-, porque a cien pasos de la
venta han hecho el nuevo cementerio. Entonces
fui yo quien lo miró con ojos asombrados y permanecí algunos instantes
en silencio antes de añadir una sola palabra. Volvimos
a la ciudad, y pasó aquel día, y pasaron algunos otros más, sin que
yo pudiese desechar del todo la impresión que me había causado una
noticia tan inesperada. Por más vueltas que le daba, mi historia de la
muchacha morena no tenía ya fin, pues el inventado no podía
concebirlo, antojándoseme inverosímil un cuadro de felicidad y alegría
con un cementerio por fondo. Una
tarde, resuelto a salir de dudas, pretexté una ligera indisposición
para no acompañar a mi amigo en nuestros acostumbrados paseos, y
emprendí solo el camino de la venta. Cuando dejé a mis espaldas la
Macarena y su pintoresco arrabal y comencé a cruzar por un estrecho
sendero aquel laberinto de huertas, ya me parecía advertir algo de
extraño en cuanto me rodeaba. Bien
fuese que la tarde estaba un poco encapotada, bien que la disposición
de mi ánimo me inclinaba a las ideas melancólicas, lo cierto es que
sentí frío y tristeza y noté un silencio que me recordaba la completa
soledad, como el sueño recuerda la muerte. Anduve un rato sin
detenerme, acabé de cruzar las huertas para abreviar la distancia y
entré en el camino de San Lázaro, desde donde ya se divisa en
lontananza el convento de San Jerónimo. Tal
vez será una ilusión; pero a mí me parece que por el camino que pasan
los muertos hasta los árboles y las hierbas toman al cabo un color
diferente. Por lo menos allí se me antojó que faltaban tonos calurosos
y armónicos, frescura en la arboleda, ambiente en el espacio y luz en
el terreno. El paisaje era monótono; las figuras, negras y aisladas.
Por aquí, un carro que marchaba pausadamente, cubierto de luto, sin
levantar polvo, sin chasquido de látigo, sin algazara, sin movimiento
casi; más allá, un hombre de mala catadura con un azadón en el
hombro, o un sacerdote con su hábito talar y oscuro o un grupo de
ancianos mal vestidos y de aspecto repugnante, con cirios apagados en
las manos, que volvían silenciosos, con la cabeza baja y los ojos fijos
en la tierra. Yo
me creía transportado no sé adónde, pues todo lo que veía me
recordaba un paisaje cuyos contornos eran los mismos de siempre, pero
cuyos colores se habían borrado por decirlo así, no quedando de ellos
sino una media tinta dudosa. La impresión que experimentaba sólo puede
compararse a la que sentimos en esos sueños en que, por un fenómeno
inexplicable, las cosas son y no son a la vez y los sitios en que
creemos hallarnos se transforman en parte de una manera estrambótica e
imposible Por último llegué al ventorrillo. Lo recordé más por el rótulo,
que aún conserva escrito con grandes letras en una de sus paredes, que
por nada, pues en cuanto al caserío, se me figuró que hasta había
cambiado de forma y proporciones. Desde luego, puedo asegurar que estaba
mucho más ruinoso, abandonado y triste. La sombra del cementerio, que
se alzaba en el fondo, parecía extenderse hasta él, envolviéndole en
su oscura proyección como en un sudario. El
ventero estaba solo, completamente solo. Conocí que era el mismo de hacía
diez años, y lo conocí no sé por qué pues, en este tiempo, había
envejecido hasta el punto de aparentar un viejo decrépito y moribundo,
mientras que cuando le vi no representaba apenas cincuenta, y rebosaba
salud, satisfacción y vida. Sentéme
en una de las desiertas mesas, pedí algo de beber, que me lo sirvió el
ventero, y de una en otra palabra suelta vinimos al cabo a entrar en una
conversación tirada acerca de la historia de amores cuyo último capítulo
ignoraba aún, aunque había intentado adivinarlo varias veces. -Todo
-me dijo el pobre viejo-, todo parece que se ha conjurado contra
nosotros desde la época que usted me recuerda. Ya lo sabe usted: Amparo
era la niña de nuestros ojos; se había criado aquí desde que nació,
casi; era la alegría de la casa. Nunca pudo echar de menos el suyo,
porque yo la quería como un padre. Mi hijo se acostumbró también a
quererla desde niño, primero como un hermano; después, con un cariño
más grande todavía. Ya estaban en vísperas de casarse Yo les había
ofrecido lo mejor de mi poca hacienda, pues con el producto de mi tráfico
me parecía tener más que suficiente para vivir con desahogo, cuando no
sé qué diablo malo tuvo envidia de nuestra felicidad y la deshizo en
un momento. Primero comenzó a susurrarse que iban a colocar un
cementerio por esta parte de San Jerónimo: unos decían que más acá,
otros que más allá; y mientras todos estábamos inquietos y temerosos,
temblando de que se realizase este proyecto, una desgracia mayor y más
cierta cayó sobre nosotros. »Un día llegaron aquí en carruaje dos señores. Me hicieron mil y mil preguntas acerca de Amparo, a la cual saqué yo cuando pequeña de la Casa de Expósitos; me pidieron los envoltorios con que la abandonaron y que yo conservaba, resultando al fin que Amparo era hija de un señor muy rico, el cual trabajó con la justicia para arrancárnosla. Y trabajó tanto que logró conseguirlo. No quiero recordar siquiera el día que se la llevaron. Ella lloraba como una Magdalena, mi hijo quería hacer una locura, yo estaba como atontado sin comprender lo que me sucedía. ¡Se fue! Es decir, no se fue, porque nos quería mucho para irse; se la llevaron, y una maldición cayó sobre esta casa. Mi hijo, después de un arrebato de desesperación espantosa, cayó como en un letargo. Yo no sé decir qué me pasó. Creí que se me había acabado el mundo. »Mientras
esto sucedía, comenzóse a levantar el cementerio. La gente huyó de
estos contornos. Se acabaron las fiestas, los cantares y la música, y
se acabó toda la alegría de estos campos, como se había acabado toda
la de nuestras almas. Y Amparo no era más feliz que nosotros. Criada
aquí, al aire libre, entre el bullicio y la animación de la venta,
educada para ser dichosa en la pobreza, la sacaron de esta vida y se secó
como se secan las flores arrancadas de un huerto para llevarlas a un
estrado. Mi hijo hizo esfuerzos increíbles por verla otra vez, para
hablarla un momento. Todo fue inútil;
su familia no quería. Al cabo la vio, pero la vio muerta; por aquí pasó
su entierro. Yo no sabía nada, y no sé por qué me eché a llorar
cuando vi el ataúd. El corazón, que es muy leal, me decía a voces: «Esa
es joven como Amparo. Como ella, sería también hermosa. ¿Quién sabe
si será?» Y era. Mi hijo siguió el entierro, entró en el patio y, al
abrirse la caja, dio un grito, cayó sin sentido en tierra y así me lo
trajeron. Después se volvió loco y loco está». Cuando
el pobre viejo llegaba a este punto de su narración, entraron en la
venta dos enterradores de siniestra figura y aspecto repugnante. Acabada
su tarea, venían a echar un trago «a la salud de los muertos», como
dijo uno de ellos acompañando el chiste con una estúpida sonrisa. El
ventero se enjugó una lágrima con el dorso de la mano y fue a
servirles. La
noche comenzaba a cerrar, oscura y tristísima. El cielo estaba negro, y
el campo, lo mismo. De los brazos de los árboles pendía aún, medio
podrida, la soga del columpio agitada por el aire. Me pareció la cuerda
de una horca oscilando aun después de haber descolgado un reo. Sólo
llegaban a mis oídos algunos rumores confusos: el ladrido lejano de los
perros de las huertas, el chirrido de una noria, largo, quejumbroso y
agudo como un lamento, las palabras sueltas y horribles de los
sepultureros, que concertaban en voz baja un robo sacrílego. No sé. En
mi memoria no ha quedado, lo mismo de esta escena fantástica de
desolación que de la otra escena de alegría, más que un recuerdo
confuso, imposible de reproducir. Lo
que me parece escuchar tal como lo escuché entonces es este cantar que
entonó una voz plañidera, turbando de repente el silencio de aquellos
lugares. "El
carrito de los muertos pasó
por aquí, como
llevaba la manita fuera yo
la conocí." Era
el pobre muchacho que estaba encerrado en una de las habitaciones de la
venta, donde pasaba los días contemplando inmóvil el retrato de su
amante, sin pronunciar una palabra, sin comer apenas, sin llorar, sin
que se abriesen sus labios más que para cantar esa copla tan sencilla y
tan tierna, que encierra un poema de dolor que yo aprendí a descifrar
entonces. El
Contemporáneo
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