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mayo 2003 |
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EL GEN: LA LÓGICA DE LO VIVIENTE, por François Jacob |
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El Gen: la lógica de lo viviente
A
mediados del siglo XIX se produce un cambio profundo en la práctica de
la biología. En efecto, en menos de veinte años aparecen la teoría
celular en su versión definitiva, la teoría de la evolución, el análisis
de las grandes funciones químicas, el estudio de la herencia, el de las
fermentaciones y la síntesis total de los primeros compuestos orgánicos.
Con las obras de Virchow, Darwin, Claude Bernard, Mendel, Pasteur y
Berthelot quedaron definidos los conceptos, los métodos y los objetos
de estudio que están en el origen de la biología moderna y que apenas
variarán en el transcurso del siglo siguiente. Reducida hasta entonces
a la observación, la biología se convierte en una ciencia
experimental. Durante la primera mitad del siglo xx, la organización
constituía el dato fundamental que caracterizaba lo viviente. Ésta
representaba la estructura de segundo orden que mandaba sobre todo lo
perceptible en el organismo. Situada en el centro mismo de cada ser
vivo, servía de punto de apoyo, de esquema director al que venía a
referirse cualquier observación o comparación de la estructura visible
de los seres y sus propiedades. En la segunda mitad del siglo, por el
contrario, la organización ya no representa el punto de partida del
conocimiento de los seres: se convierte en el objeto mismo del
conocimiento. Ya no basta sólo con constatar que la organización
subyace tras todos los rasgos de un organismo; hay que investigar en qué
niveles se fundamenta, cómo se establece y cuáles son las leyes que
dirigen su formación y funcionamiento. Este desplazamiento en tomo de
la organización pone en evidencia todo un conjunto de posibilidades
nuevas de análisis. En lo sucesivo, lo que se cuestionará ya no será
la vida en tanto que fuerza surgida de la noche de los tiempos,
escondida, irreductible e inaccesible a la vez, sino sus componentes, su
historia, su origen, la causalidad, el azar, el funcionamiento. Al
organismo considerado en su totalidad vienen a añadirse nuevos objetos
de análisis: las células, las reacciones, las partículas. La
biología se divide entonces en dos ramas, cada una de las cuales posee
técnicas y materiales propios. Una rama estudia el organismo en su
totalidad, contemplándolo como una unidad intangible, como elemento de
una población o de una especie. Esta biología, que no tiene contacto
con las otras ciencias de la naturaleza, opera con los conceptos de la
historia natural. Se puede así describir las costumbres de los
animales, su desarrollo, su evolución, las relaciones entre las
especies, sin ninguna referencia a la física o la química. La otra
rama, por el contrarío, busca reducir el organismo a sus
constituyentes. La fisiología lo reclama y el siglo lo autoriza. Toda
la naturaleza se ha convertido en historia, pero una historia en la que
los seres son la prolongación de las cosas y en la que el hombre se sitúa
en el mismo plano que el animal. La introducción de la contingencia en
el mundo viviente por Darwin y Wallace representa para la biología el
«todo está permitido» de Iván Karamazov. Ya
no existen en los seres vivos zonas vedadas ni sectores a las que no
pueda acceder el conocimiento. Ya no existe una ley divina que ponga límites
a la experimentación. Ante un universo en el que no existe creación y
en el que todo es gratuito, la ambición de la biología no tiene
limites. Si el mundo vivo marcha a la deriva y no contiene en sí
ninguna finalidad, es al hombre a quien le corresponde dominar la
naturaleza. Es él quien debe establecer el orden y la unidad que hasta
el momento buscaba en la esencia de la vida. Es así como los esfuerzos
de la dialéctica y del positivismo intentan reconstruir el puente entre
lo orgánico y lo inorgánico, roto a finales del siglo precedente. De
la materia a lo viviente no hay una diferencia de naturaleza, sino de
complejidad. La célula es a la molécula lo que la molécula al átomo:
un nivel superior de integración. Para hacer esta biología no basta ya
la sola observación de los seres vivos. Es preciso analizar las
reacciones químicas, estudiar las células, desencadenar los fenómenos.
Si el organismo debe ser concebido como un todo es porque la regulación
de las reacciones, la coordinación de las células y la integración de
los fenómenos permiten la posibilidad de una síntesis. A
finales del siglo xix y principios del xx se individualiza toda una
serie de objetos de estudio nuevos. Alrededor de cada uno de ellos se
organiza un campo particular de la biología, que de este modo se
subdivide progresivamente. El término «biología» llega a abarcar un
amplio abanico de disciplinas distintas que se distinguen no solamente
por sus fines y sus técnicas, sino por el material y el lenguaje que
utilizan. Dos de ellas, surgidas a principios de este siglo, remodelan
totalmente la idea que se tiene de los organismos, de su funcionamiento
y de su evolución: son la bioquímica y la genética, cada una de las
cuales encama una tendencia fundamental de la biología. La bioquímica,
que trabaja con extractos, estudia los componentes de los seres vivos y
las reacciones del metabolismo; relaciona la estructura y propiedades de
los seres con la red de reacciones químicas y con la actividad de
ciertas especies moleculares. La genética, por el contrario, examina
amplias poblaciones de organismos para analizar la herencia, y atribuye
tanto la producción de lo idéntico como la aparición de lo nuevo a
las cualidades de una nueva estructura, cuya sede es el núcleo de la célula.
Obedeciendo ella misma a leyes rigurosas, esta estructura de tercer
orden impera sobre todos los niveles para determinar los caracteres del
organismo y sus actividades. Ella dirige el desarrollo del embrión,
decide la organización del adulto, sus formas y sus atributos, mantiene
las especies a través de las generaciones y hace surgir nuevas
especies. En esa estructura reside la «memoria» de la herencia. La
experimentación Hasta
mediados del siglo xix los seres vivos eran objeto de observación, pero
nunca se buscó alterar su orden para analizarlo. Se consideraba a los
organismos en su totalidad para precisar sus propiedades y sus
estructuras. Se los comparaba entre sí para determinar sus analogías y
sus diferencias. Tanto para Darwin como para Cuvier, era la naturaleza
la que hacía los experimentos por el naturalista. Cuando los
anatomistas querían localizar los órganos internos, abrían los cadáveres.
Cuando los histólogos querían reducir los animales y las plantas a sus
componentes elementales, examinaban sus tejidos al microscopio. Cuando
los embriólogos estudiaban el desarrollo del huevo, observaban cómo se
dividían las células, cómo se formaban las hojas embrionarias y se
constituían los órganos. Sólo los fisiólogos intervenían en
ocasiones modificando deliberadamente las condiciones de vida para
observar los efectos producidos. Sin embargo, no actuaban sobre órganos
o tejidos procedentes de un ser, sino sobre el conjunto del organismo. A
pesar de la necesidad, evidente a partir de Lavoisier, de una asociación
estrecha entre la fisiología y la química, ambas no concordaban ni en
sus métodos ni en sus materiales. La obligación de recurrir a la
fuerza vital para justificar las características moleculares de los
organismos constituía una barrera insalvable entre la química de lo
viviente y la química del laboratorio. En
la segunda mitad del siglo ya no basta con conocer las estructuras de
los órganos y determinar sus relaciones en referencia a sus funciones.
Se hace necesario analizar el funcionamiento mismo de los cuerpos vivos
y de sus componentes. La fisiología asume entonces un papel
preponderante, aunque no sin cambiar de naturaleza. En tiempos de
Cuvier, la fisiología constituía esencialmente un sistema de
referencia para la anatomía que permitía establecer las analogías
sobre las que se fundamentaba la comparación entre los seres vivos y su
organización. Para Claude Bernard la fisiología es algo completamente
distinto. El funcionamiento de un órgano no se interpreta ya en términos
de estructura y textura. Se analiza, se descompone en parámetros
diversos y se cuantifica hasta donde es posible. Es la anatomía la que
se convierte en una ciencia auxiliar de la fisiología. No se trata ya
de una fisiología observacional, basada en lo que Claude Bernard llama
«experimentación pasiva», en la que el biólogo se limita a constatar
las variaciones introducidas espontáneamente en un sistema, sino de una
ciencia «activa» en la que el experimentador interviene directamente,
extrae un órgano, lo aísla, lo hace funcionar, altera las condiciones
del experimento y analiza las variables. La biología se ve entonces en
la necesidad de cambiar de lugar de trabajo. Antes se ejercía en la
naturaleza, y cuando el naturalista no estaba en el campo observando los
seres en su propio medio, trabajaba en un museo, un parque zoológico o
un jardín botánico. De ahora en adelante la biología se hará en el
laboratorio. Hay
al menos dos razones que justifican abordar el análisis del
funcionamiento del ser vivo no ya en su totalidad, sino por partes. Por
un lado, a mediados del siglo se atenúa la exigencia de una fuerza
vital. Desde Bichot, el ser vivo se consideraba la sede del
enfrentamiento entre las fuerzas de la vida y de la muerte, entre la
producción, atribuible a un agente específico de lo viviente, y la
destrucción, resultante de procesos físicos y químicos. Con la
termodinárnica y la síntesis completa de compuestos orgánicos se
destruye la barrera existente entre la química de lo viviente y la de
la materia inerte. Por otro lado, la teoría celular explica los seres
vivos no como totalidades indivisibles, sino como asociaciones de
elementos. Sea cual sea su complejidad, un organismo no es más que la
suma de sus unidades elementales. «En última instancia», dice Claude
Bernard, «es un andamiaje de elementos anatómicos, cada uno de los
cuales tiene una existencia, una evolución, un principio y un fin
propios; y la vida total no es más que la suma de estas vidas
individuales asociadas y armonizadas.» Para hacer fisiología interesa
descomponer a la manera cartesiana la complejidad y la dificultad y, en
la medida de lo posible, interrogar no al organismo entero, sino a sus
componentes tomados por separado. Para Claude Bernard, la fisiología
debe adoptar el enfoque de las otras ciencias experimentales: «Así
como la física y la química llegan, a través del análisis
experimental, a encontrar los elementos minerales que entran a formar
parte de los cuerpos químicos, cuando se quieren conocer los fenómenos
de la vida en toda su complejidad, es necesario ir a lo más recóndito
del organismo, analizar los órganos, los tejidos, llegar hasta los
elementos orgánicos». Cuando un animal respira, los que trabajan son
los glóbulos rojos de la sangre y los alveolos pulmonares; cuando se
desplaza, el trabajo corresponde a las fibras musculares y nerviosas;
cuando segrega algo, son las células glandulares las que trabajan. Los
órganos y sistemas no existen por sí mismos, sino gracias a las células
que los constituyen y que realizan las funciones. Su papel consiste en
reunir todas las condiciones, cualitativas y cuantitativas, necesarias
para la vida de las células. Los vasos sanguíneos, los nervios y los
diversos órganos están dispuestos de modo que puedan crear alrededor
de cada célula el medio más propicio para proporcionarle los
materiales apropiados, para procurarle alimento, agua, aire y calor. Así,
en un organismo, «cada unidad elemental es autónoma en el sentido de
que encierra en sí misma, por su naturaleza protoplasmática, las
condiciones esenciales de su vida, sin pedirlas prestadas ni tomarlas de
las unidades vecinas o del conjunto; por otra parte, está ligada al
conjunto por su función o por el producto de esta función». Para
describir el organismo vivo, Claude Bernard hace referencia a modelos,
sociedades o empresas, en los que, gracias a la división del trabajo,
los elementos obran con vistas al interés común. Los órganos «en el
cuerpo vivo son como una sociedad avanzada, las manufacturas o los
establecimientos industriales que procuran a los diferentes miembros de
la sociedad los medios de vestirse, calentarse, alimentarse y alumbrarse».
Hacer fisiología equivale a analizar tales sistemas. Sin
embargo, la misma complejidad de los seres vivos comporta dos
dificultades. La primera es que, al pretender analizar las unidades
elementales en lo más recóndito del organismo, se corre el riesgo de
dañarlas gravemente o de perturbar o incluso bloquear su
funcionamiento. Así pues, la experimentación debe introducirse en el
organismo de manera lenta y progresiva, estudiando primero los sistemas
funcionales, luego los órganos, los tejidos y, por último, las células
que encierran las propiedades fundamentales de la vida. La otra
dificultad deriva de que los fenómenos que tienen lugar en los
diferentes órganos no son mutuamente independientes. En las plantas, o
en animales inferiores como las hidras y las planarias, los fragmentos
cortados del organismo son capaces de sobrevivir de manera autónoma. En
los animales superiores, por el contrario, es la subordinación de las
partes al todo lo que hace del organismo un sistema unitario, un
individuo. El que cada célula posea las propiedades de lo viviente, el
que lleve una vida que podríamos llamar autónoma, no significa que
deje de trabajar para la comunidad. En consecuencia, el fisiólogo debe,
mediante el análisis experimental, descomponer el organismo y separar
sus componentes, pero sin contemplarlos como elementos aislados. La
fisiología de un órgano sólo puede interpretarse en referencia al
conjunto del organismo. «El determinismo de los fenómenos vitales»,
señala Claude Bernard, «no es sólo un determinismo muy complejo, sino
un determinismo armónicamente subordinado.» Los fenómenos de la
biología no son más complejos que los de la física por alguna
cualidad específica de lo viviente. Su complejidad se debe a la
imposibilidad de aislar los fenómenos. Siempre son la resultante de una
serie de acontecimientos indisolublemente ligados entre sí y que se
generan mutuamente. En fisiología, la complejidad es el producto de la
interacción de las funciones, de su íntima solidaridad. El
fisiólogo, lejos de pretender sustraer los seres vivos a las leyes que
rigen la materia, debe intentar analizar los fenómenos orgánicos con
los métodos de la física y la química. Este modo de proceder se
justifica, no porque las ciencias físico-químicas deban resolver todos
los problemas de la biología, sino porque para esclarecer lo complejo
siempre hay que partir de lo simple, y la física y la química son más
simples que la fisiología, La biología, señala Claude Bernard, «debe
tomar de las ciencias físico-químicas el método experimental, pero
debe conservar sus fenómenos específicos y sus leyes propias». Sólo
así la fisiología puede transformarse en una ciencia activa. Hasta
entonces penetrar en el organismo suponía alterar su curso y perjudicar
su funcionamiento. En lo sucesivo se puede intervenir en el cuerpo vivo,
entrar en él para experimentar, sin que las condiciones artificiales
creadas por el experimento destruyan la cualidad de lo viviente. Se
pueden separar algunos elementos constitutivos del organismo, por medios
mecánicos o químicos, estudiar su funcionamiento e incluso, tomando
ciertas precauciones, obtener a partir de este análisis conclusiones
sobre su función natural en el organismo. Lo que importa es desenmarañar
la madeja de las operaciones que se desarrollan simultáneamente en un
ser vivo. La experimentación debe llevarse a cabo en unas condiciones
lo mejor definidas posible. Se trata de aislar los fenómenos simples.
Para Claude Bernard, el fisiólogo debe ser «un inventor de fenómenos,
un auténtico capataz de la creación». Un
fenómeno puede derivarse de una observación azarosa o ser la
consecuencia lógica de una hipótesis. Aparte de esto, en fisiología
hay dos recetas casi infalibles para fabricar fenómenos. La primera
consiste en reproducir en el laboratorio lo que la naturaleza efectúa a
través de la enfermedad. Fisiología y medicina representan en cierto
modo las dos caras de una misma ciencia, no sólo por su objeto de
estudio, sino por sus procedimientos metodológicos. En la relación
entre lo normal y lo patológico, cada aspecto sirve de guía al otro.
La medicina no puede ya contentarse con ser empírica, tiene que basarse
en los resultados del análisis fisiológico. Inversamente, el
conocimiento de los estados patológicos contribuye al conocimiento del
estado fisiológico. La medicina abre el camino a la fisiología, al señalar
las líneas de actuación y los resultados que deben obtenerse. No se
puede reparar una máquina sin conocer las piezas que la componen y su
uso. Por otro lado, la avería deliberada de una pieza permite precisar
mejor su función. La patología proporciona así modelos al fisiólogo,
quien intenta reproducir la enfermedad provocando lesiones lo más
localizadas posible y analizando sus consecuencias. Dañar deliberada y
específicamente un elemento determinado del organismo por medios mecánicos
o químicos, determinar los efectos de la lesión, precisar las
reacciones de los demás componentes, he aquí uno de los métodos más
eficaces de la fisiología. Un órgano puede extraerse, como se hace con
el riñón, o destruirse sin extirparlo, como puede hacerse con el páncreas
mediante una inyección de parafina, o pincharse, como se hace con la.
vesícula biliar tras la ligadura del canal colédoco. Los efectos de la
lesión pueden deducirse por comparación con el animal sano. Se puede
también intentar remediar el daño administrando a los animales heridos
ciertas sustancias, o incluso extractos de tejidos. También se puede
ensayar la compensación de ciertas perturbaciones mediante lesiones
suplementarias en otros órganos. Este método de exploración a través
de lesiones mecánicas hace accesibles al análisis numerosas funciones.
Resulta posible así distinguir la «excreción» por parte de un tejido
que no produce nada, sino que se limita a permitir la evacuación al
exterior de sustancias formadas en el interior del organismo, de la «secreción»
por parte de una glándula que reúne y combina ciertos compuestos químicos
para crear una sustancia nueva. Las secreciones pueden clasificarse a su
vez en «externas», cuando el producto es vertido fuera del organismo,
e «internas», cuando el producto es vertido dentro del propio
organismo para favorecer la digestión o cualquier otra función fisiológica.
A lo largo de más de un siglo de investigaciones, este método permitirá
precisar algunos aspectos del metabolismo en los seres animales
superiores, analizar el proceso de la digestión, descubrir la
existencia de las hormonas, determinar el papel de ciertos nervios,
localizar las funciones del cerebro, etc. La
intervención por medios mecánicos puede sustituirse por la provocación
de lesiones químicas. Por sus efectos, las sustancias tóxicas simulan
los estados de enfermedad, actuando además de manera selectiva sobre
los órganos. Tras la inyección de una sustancia tóxica, casi siempre
se constata la existencia de lesiones en algún tejido, sea cual fuere
su localización en el cuerpo. Un cierto tóxico afecta a un cierto
elemento histológico. El óxido de carbono, por ejemplo, se fija en los
glóbulos rojos, impidiéndoles ejercer su papel en la respiración;
ciertas sales metálicas dañan las células renales impidiéndoles
evacuar en la orina los desechos que transporta la sangre; el curare
ataca las células nerviosas impidiendo la transmisión del impulso
nervioso, lo que paraliza al animal. También se pueden buscar los antídotos
que neutralizan la acción de un veneno específico y restablecen la
funcionalidad del órgano lesionado. Con el amplio arsenal de los
venenos, la fisiología dispone de un material inmejorable por su
simplicidad de empleo, especificidad de acción, regulación del efecto
en función de la dosis y, a veces, reversibilidad de las lesiones. El
uso de tóxicos iba a convertirse en uno de los métodos privilegiados
de la fisiología durante más de un siglo. Todavía sigue gozando de
gran favor tanto en el análisis funcional como en el estudio de las
reacciones químicas, ya se desarrollen en el organismo, en la célula o
en extractos dentro de tubos de ensayo. Los
seres vivos se clasificaban según su nivel de complejidad. A esta
relación estructural se le asoció una relación funcional. Podemos
establecer en los seres una correlación entre el nivel de organización
y la naturaleza de la interacción entre la organización y su medio.
Por un lado están los seres simples, reducidos a un solo elemento anatómico,
como los infusorios, o formados por pocas células, como los animales y
las plantas inferiores. En ellos todos los elementos constituyentes
entran directamente en contacto con el medio aéreo o acuático que los
rodea. Por otro lado están los seres más complejos, especialmente los
animales superiores, formados por un gran número de células. En ellos
sólo los elementos superficiales entran en contacto directo con lo que
Claude Bernard llama el «medio cósmico». Los componentes internos del
organismo quedan sumergidos en un «medio interno» u «orgánico», que
sirve de intermediario con el medio cósmico. En el hombre, por ejemplo,
los elementos esenciales, los que cumplen las funciones más
importantes, no están expuestos a los caprichos del medio externo, sino
que están en contacto con la sangre y los humores que los protegen de
toda variación brusca. De hecho, la característica del medio interno
es su constancia. Creado por y para los órganos, el medio interno actúa
de alguna forma como un amortiguador que protege de los cambios
intempestivos los componentes más importantes del cuerpo, los cuales
pueden así trabajar en condiciones casi invariables. «Se puede afirmar»,
constata Claude Bernard, «que el animal aéreo no vive en realidad en
el aire atmosférico, ni el pez en el agua, ni la lombriz de tierra en
la arena. La atmósfera, las aguas y la tierra constituyen una segunda
envoltura que rodea el sustrato vital, protegido ya por el líquido
sanguíneo que circula por todas partes y que forma una primera
envoltura alrededor de todas las partículas vivientes.» Los animales
superiores viven literalmente en su propio interior. El
concepto de medio interno justifica en términos funcionales la
repartición en el espacio que Cuvier atribuía a las estructuras del
organismo. Si los elementos más importantes de un ser vivo se localizan
en la profundidad del cuerpo es porque así están mejor protegidos
contra los avatares del medio ambiente y pueden funcionar al abrigo de
las variaciones de temperatura, humedad, presión, etc. A la complejidad
de la organización responde la libertad funcional. La autonomía
respecto del medio ambiente representa, a fin de cuentas, un factor
selectivo para la evolución. Se puede entonces modificar la clasificación
de los seres vivos y repartirlos según la naturaleza de su medio y de
su grado de autonomía en relación al mundo exterior. Se pueden
distinguir así tres formas de existencia. En un primer grupo, que
comprende los seres inferiores, la dependencia de las condiciones
externas es total; cuando son apropiadas, la vida se desarrolla sin
problemas, pero cuando se tornan desfavorables el organismo muere, o
bien pasa a un estado de «vida latente» es decir, de «indiferencia química»:
todo cambio, toda actividad, todo signo vital, quedan suspendidos. En un
segundo grupo, que comprende los animales inferiores y las plantas, el
medio interno depende menos de las condiciones externas, de manera que
las oscilaciones ambientales repercuten en la vida del organismo, atenuándola
o exaltándola, pero sin llegar a suprimirla; en general, es la
temperatura corporal la que, aún dependiente de la temperatura externa,
regula los movimientos de esta «vida oscilante». Por último, en el
tercer grupo, el de los animales superiores, todas las actividades son
independientes de las condiciones externas; sean cuales fueren las
vicisitudes del medio ambiente, estos organismos viven como si
estuvieran en un invernadero. La suya es «una vida constante y libre,
independiente de las variaciones del medio cósmico». La libertad del
organismo es directamente proporcional a su complejidad. Si
el medio interno y su estabilidad tienen tanta importancia es porque
subrayan una de las propiedades fundamentales de los seres vivos: la
regulación de las funciones. Aportan una medida del grado de integración
del ser vivo, haciendo accesibles a la experimentación la coordinación
entre los órganos y las funciones. Este análisis conduce a representar
el organismo como un sistema en el que todas las actividades están
ajustadas hasta el menor detalle. En el siglo precedente se reconocía
ya la interacción de ciertas funciones. Para Lavoisier, la maquinaria
animal estaba gobernada por tres «reguladores» principales: la
respiración, la digestión y la transpiración. Para Claude Bernard,
todas las actividades del organismo en su conjunto están sometidas a
mecanismos de regulación: «Todos los mecanismos vitales, por variados
que sean, no tienen otro objetivo que el de mantener la unidad de las
funciones vitales en el medio interno». Encontramos entonces mecanismos
«equilibradores», «compensadores», «aislantes», «protectores»,
que regulan la temperatura, la cantidad de agua, la concentración de oxígeno,
las reservas alimentarias, la composición de la sangre, las secreciones
externas o internas. Cuanto más compleja es la organización de un
animal, tanto más perfeccionados están los sistemas de regulación. De
ahí la ventaja de utilizar en fisiología aquellos organismos cuyos
sistemas están más perfeccionados, es decir, los animales superiores.
Para la biología del siglo xix, la organización de los seres vivos se
basa ante todo en la integración de las funciones. La vida es posible,
escribe Claude Bernard, porque existe un «equilibrio que es el
resultado de una continua y delicada compensación, establecida por la más
sensible de las balanzas». Se necesitan mecanismos de regulación para,
por un lado, proteger a las células de cualquier variación ambiental
intempestiva y, por otro lado, para coordinar las actividades
individuales en interés general. El funcionamiento de las partes debe
amoldarse a la armonía del todo. Claude Bernard recurre nuevamente al
modelo de la fábrica para describir los fenómenos de regulación en
los seres vivos: «En el organismo sucede... lo mismo que en una fábrica
de fusiles, por ejemplo, donde cada obrero fabrica una pieza con
independencia de los demás, sin que nadie conozca el conjunto en el que
deben concurrir todas las piezas. Después parece haber un ajustador que
armoniza todas las piezas». A mediados del siglo xix, el sistema
nervioso es el «gran armonizador funcional» en el animal adulto. Es él
quien regula no sólo los latidos del corazón, la respiración, la
concentración de oxígeno y la temperatura del cuerpo, sino también el
porcentaje de sal y agua, la actividad química del hígado, la secreción
de la saliva y del sudor, etc. Al sistema nervioso se sumarán, a
principios del siglo xx, otros mecanismos reguladores de carácter químico:
las hormonas. A partir de Cannon, esta coordinación, esta constancia
del medio interno, recibirá el nombre de «homeostasis». El concepto
de regulación es uno de los pilares de la biología moderna. Gracias a
él la biología, por una vez, proporcionará un modelo a la física. La
cibernética fundada por Wiener se basará en parte en los sistemas
observados en los seres vivos. A
mediados del siglo xix se hace posible, gracias a los métodos de la
fisiología, intervenir en los seres vivos para analizar su
funcionamiento en los dominios más variados. Con una excepción: la
reproducción y la herencia. «La herencia», escribe Claude Bernard, «es
un elemento que escapa a nuestro poder y del cual no podemos disponer
como hacemos con otras propiedades vitales.» La teoría de la evolución
hizo de la reproducción el mecanismo encargado tanto de perpetuar las
estructuras como de hacerlas variar. La teoría celular situó este
mecanismo en la célula, y más concretamente en el huevo. Pero la
herencia y la reproducción se resisten a la experimentación fisiológica.
Es cierto que se puede intervenir en el embrión dañando ciertas células
o tejidos para obstaculizar su desarrollo. Pero lo único que se
consigue es matarlo o comprometer gravemente la ordenación. Nunca se
llega a desviar la morfogénesis en una dirección contraria a la
naturaleza del huevo. Se puede someter un huevo de conejo a todos los
tratamientos imaginables. Se conseguirá destruirlo o hacerlo abortar,
pero «no se logrará que de él surja un perro u otro mamífero». A la
herencia no pueden aplicársele las recetas que se han demostrado
eficaces en fisiología. El estudio de las formas ya no pertenece a la
química, no depende de sus leyes. Es algo que se sustrae a la
experiencia. Ante
la inabordabilidad del problema de la herencia, que puede «contemplar»
pero no analizar, la biología se limita a describir la génesis de lo
semejante por lo semejante con las imágenes del siglo anterior. Las
semillas son sustituidas por los óvulos y los espermatozoides; las moléculas
orgánicas por las células; la formación del embrión del que surge el
individuo adulto es resultado de la división y la diferenciación
celulares. Pero para que el huevo reproduzca el organismo del cual
procede, para que se reconstituya lo idéntico a través de las
generaciones, se necesita una memoria que guíe las células. «El huevo
es un devenir y representa una especie de fórmula orgánica que expresa
sintéticamente el ser del que procede y del que ha guardado de alguna
forma la memoria evolutiva.» Por evolución se entiende la continuidad
de las transformaciones que tienen lugar en el curso del desarrollo
embrionario. La memoria expresa una «fuerza hereditaria», un «estado
anterior» al mismo huevo, un «impulso primitivo», que pasa cíclicamente
de la gallina al huevo y del huevo a la gallina. En lo que se refiere a
la naturaleza de esta memoria hereditaria, ésta no se distingue mucho
de la que ya propuso el siglo xviii. Al igual que Maupertuis, Darwin y
Haeckel hacen también de la memoria una propiedad de las partículas
que constituyen el organismo. Para Darwin, cada célula del cuerpo del
genitor envía a las células reproductivas un germen, o «gémula»,
una especie de emisario encargado de representarla y de reconstituirla
en las generaciones sucesivas. Para Haeckel, en las células hay partículas,
que llama «plástidos», caracterizadas por movimientos específicos y
dotadas de memoria, que conservan su movimiento propio, por el cual se
manifiesta su actividad, a través de las generaciones. Claude
Bernard, en cambio, siguiendo el ejemplo de Buffon, sitúa la memoria no
en las partículas constituyentes del organismo, sino en un sistema
particular que guía la multiplicación de las células, su diferenciación
y la formación progresiva del organismo. Según esta teoría, el huevo
contiene un «diseño» que se transmite por «tradición orgánica» de
un ser a otro. La formación del organismo se adecua a «un plan» cuya
puesta en práctica representa la ejecución de «consignas» muy
estrictas. Este plan no sólo dirige el desarrollo del embrión, sino
también el funcionamiento del futuro adulto, su estructura, sus
propiedades, hasta en los menores detalles; basta pensar que en el
hombre ciertas enfermedades se transmiten de padre a hijo. A partir del
huevo todo está coordinado, todo está previsto no sólo para la
evolución del nuevo ser, sino para su mantenimiento a lo largo de toda
su vida. En un organismo vivo, dice Claude Bernard, «todo acto tiene su
fin en el ámbito del propio organismo». Así
pues, la fisiología experimental se encuentra desarmada ante el fenómeno
de la reproducción. Sin medios para pasar de las hipótesis a las
experiencias, sin técnicas adecuadas ni materiales sobre los que
ensayar sus propios métodos, la fisiología no tiene cabida en la
herencia. Los procedimientos de hibridación, por muy apropiados que
resulten para la ganadería y la agricultura, no parecen convenientes
para el análisis de la reproducción. De hecho, a la fisiología le
interesa el individuo. Actúa sobre el organismo para observar las
propiedades, el comportamiento y las reacciones del mismo en
circunstancias diversas. Lo que hará accesible la herencia a la
experimentación es la observación no de individuos, sino de
poblaciones unidas por lazos de parentesco. Darwin ya había adoptado
este enfoque para hacer derivar la variación de las fluctuaciones estadísticas
inevitables en las poblaciones grandes. Siguiendo el comportamiento de
un número limitado de caracteres en poblaciones grandes a través de
las generaciones, Mendel será capaz de producir fenómenos hereditarios
medibles y de deducir sus leyes. Pero será fundamentalmente la física
la que, para manipular los enormes conjuntos de moléculas que
constituyen los cuerpos, hará del azar una ley universal. El
análisis estadístico Desde
su nacimiento, la biología se separó deliberadamente de la física.
Pero en la segunda mitad del siglo xix se reanudan los lazos a través
de la termodinámica. En primer lugar, porque con los conceptos de
equivalencia y de energía desaparecerá una de las singularidades del
mundo vivo. En segundo lugar, porque al querer ligar las propiedades de
los cuerpos a su estructura interna, la mecánica estadística modificará
la manera de considerar las cosas, los seres y los hechos en numerosas
actividades humanas. Durante la primera mitad del siglo los fenómenos
de la mecánica se analizaban siempre en términos de espacio, tiempo,
fuerzas y masas. La fuerza se introducía como causa de un movimiento,
preexistente al mismo e independiente de él. Para Carnot, había dos
maneras de considerar la mecánica en sus principios: «La primera
consiste en considerarla una teoría de las fuerzas, es decir, de las
causas que determinan los movimientos. La segunda consiste en
considerarla una teoría de los movimientos en sí». Si la materia
fuera una, las fuerzas aumentarían sin cesar de número, naturaleza y
variedad. Sin embargo, a los movimientos de los cuerpos se asocian cada
vez más estrechamente los fenómenos de manifestación del calor. Así
es como se constituye un nuevo campo de la física en el que, midiendo
las variaciones del calor, se intenta analizar las relaciones existentes
entre las propiedades de los cuerpos sin conocer su estructura íntima.
Las fuerzas puestas en juego en campos tan distintos corno el
movimiento, la electricidad, el magnetismo, el calor, la luz o las
reacciones químicas, encuentran un denominador común en el concepto de
energía. La energía es todo aquello que es trabajo, que produce
trabajo o proviene del trabajo; indestructible en valor absoluto, como
la materia, la energía puede sufrir toda clase de transformaciones que
la hacen aparecer con los aspectos más variados. El principio de
equivalencia transforma cada cambio que se verifica en la naturaleza en
una conversión de energía. Considera las diferentes formas de energía
como independientes y equivalentes. A cada forma le corresponde un
factor de intensidad: la altura para la gravitación, la temperatura
para el calor, la diferencia de potencial para la electricidad. Las
variaciones en un sistema son producto de las diferencias entre estos
factores. Pero
la equivalencia de la energía no explica la contradicción entre
ciertos hechos de la física. Los fenómenos de la mecánica o de la
electrodinámica son reversibles; se pueden efectuar tanto en un sentido
como en otro, y en las ecuaciones de la mecánica el signo de la
variable tiempo no tiene relevancia alguna. Los fenómenos térmicos o
químicos, por el contrario, son irreversibles. No se puede, por
ejemplo, hacer que el calor pase espontáneamente de lo frío a lo
caliente. En un sistema aislado a los intercambios con el exterior, la
cantidad de energía se mantiene constante. No obstante, esta magnitud
no basta para caracterizar el sistema. Es preciso admitir que la energía
posee cierta calidad, tanto más elevada cuanto más aprovechable sea,
es decir, cuanto más trabajo pueda producir. Hay, por lo tanto, formas
de energía nobles como la mecánica, y viles como la calorífica. En un
sistema abandonado a sí mismo, la calidad de la energía tiende
naturalmente a degradarse, no a mejorar. De ahí el sentido único
impuesto a ciertos fenómenos. Cuando el calor circula de lo más
caliente a lo más frío, la energía pierde calidad sin cambiar en su
cantidad. Como una pelota abandonada en una escalera, tiende siempre a
bajar hasta detenerse en el punto más bajo. Este estado de equilibrio
es lo que los físicos llaman el nivel de máxima «entropía». La
entropía no es un concepto vago; es una cantidad física mensurable del
mismo modo que la temperatura de un cuerpo, el calor específico de una
sustancia o la longitud de un objeto. La entropía permite describir con
precisión la variación del estado de un cuerpo o de un sistema: si un
cuerpo recibe calor, su entropía aumenta; si pierde calor, disminuye.
Lo que dice la segunda ley de la termodinámica, por la que se rigen los
fenómenos físicos del universo, es que en un sistema aislado la energía
tiende a degradarse y, por lo tanto, aumenta la entropía. Los
movimientos acaban por detenerse, las diferencias de potencial eléctrico
o químico por anularse, la temperatura por uniformarse. Sin aporte de
energía exterior, todo sistema físico se deteriora y evoluciona hacia
la inercia total.
Con
la termodinámica, la separación radical establecida a priori por la
biología entre los seres y las cosas y entre la química de lo vivo y
la del laboratorio, se altera radicalmente. Al conectar las diferentes
formas de trabajo entre sí, el concepto de energía y el de
equivalencia hacen derivar todas las actividades del organismo de su
metabolismo. A fin de cuentas, la producción de movimiento,
electricidad, luz y sonido por el ser vivo es posible gracias a la
conversión de la energía química liberada por la combustión de los
alimentos. Existen así dos generalizaciones que reconcilian la biología
con la física y la química: los seres vivos y la materia bruta están
constituidos por los mismos elementos; la conservación de la energía
se aplica tanto a los hechos del mundo vivo como los del mundo
inanimado. Para quienes, como Helmholtz, descubren el carácter
universal de estos principios, la conclusión es simple: no existe
diferencia alguna entre los fenómenos que se verifican en los seres
vivos y en el mundo inanimado. A simple vista, por su crecimiento y su
desarrollo, por el poder de mantener ciertas estructuras de una generación
a otra, los seres vivos parecen desafiar la segunda ley de la termodinámica,
responsable del deterioro constante del universo. Sin embargo, si bien
la termodinámica impone una trayectoria general a un sistema, no
excluye por ello la existencia de excepciones locales. No impide que
ciertos
elementos
puedan nadar a contracorriente y a expensas de sus vecinos. Lo que se
degrada es el conjunto del sistema y no cada una de las partes. Al
recibir la energía del medio en forma de alimentos, los seres vivos están
en condiciones de preservar a lo largo del tiempo su bajo nivel de
entropía. Además, sin contradecir las leyes de la termodinámica,
pueden producir constantemente las grandes moléculas específicas que
les caracterizan. Los conceptos de energía y equivalencia desempeñan
el papel que la biología atribuyó en un principio a la fuerza vital. A
principios de siglo, el organismo consumía fuerza vital para efectuar
sus tareas de síntesis y de morfogénesis. A finales de siglo, consume
energía. Más
importante todavía, tanto para la biología como para las otras
ciencias, es la introducción de las poblaciones grandes como objeto de
estudio y del método estadístico para su análisis, dos innovaciones
cargadas de consecuencias por la manera de considerar los seres y las
cosas. En el siglo XIX los gases permitieron relacionar el calor con el
movimiento de las partículas, es decir, asociar las propiedades de un
cuerpo con su estructura interna. Un gas puede considerarse una
colectividad de moléculas que se desplazan libremente. Según Bemoulli,
Joule o Clausius, todas las partículas poseían la misma velocidad, lo
que permitía establecer una red de relaciones entre ciertas propiedades
de los gases, tales como la presión, el calor y la densidad. Para
Maxwell, por el contrario, no era posible atribuir la misma velocidad a
todas las partículas, puesto que sus movimientos nacen de las
colisiones entre ellas. Un gas se convierte en una colección de «pequeñas
esferas, duras y perfectamente elásticas, que actúan una sobre otra
solamente durante el impacto». Se puede construir un modelo puramente
mecánico de este gas: las partículas viajan una cierta distancia,
reemprenden su viaje, chocan y recomienzan sin fin. Cada partícula
posee entonces características únicas de velocidad y movimiento; cada
una, dice Maxwell, «lleva consigo su energía y su movimiento». Y las
características de cada partícula varían sin cesar por las colisiones
aleatorias. Así pues, es impensable estudiar en detalle el
comportamiento siempre cambiante de los miles de millones de partículas
individuales que forman un gas. No obstante, podemos considerar el
conjunto de la población y analizar el comportamiento aplicando métodos
estadísticos. Debemos admitir entonces que las velocidades de las partículas
se distribuyen según la famosa curva normal, aplicable a fenómenos tan
variados como la talla de los adultos de un país, el número de perros
de una camada o la dispersión de un tiro. El comportamiento de los
individuos escapa a la descripción, pero no así el de la población.
Podemos considerarla formada por moléculas ideales que tienen como parámetros
las medias de los valores reales. El modelo puramente mecánico de bolas
que chocan entre sí permite describir las propiedades de un gas e
incluso interpretar la entropía en términos de agitación molecular.
Si el hombre no puede impedir la degradación de la energía, ello se
debe a su incapacidad de distinguir cada molécula y observar sus
características. Ahora bien, según Maxwell, se puede concebir «un ser
cuyas facultades estuvieran lo bastante desarrolladas para poder seguir
cada una de las moléculas en su carrera; este ser, cuyos atributos serían,
no obstante, finitos como los nuestros, llegaría a ser capaz de hacer
lo que nosotros no podemos hacer actualmente». Imaginemos entonces que este demonio minúsculo, capaz de «discernir con la vista las moléculas individuales», maniobra una puerta corredera que se desliza sin roce alguno por un muro que separa dos compartimientos de un recipiente lleno de gas, dejando pasar sólo las moléculas rápidas de izquierda a derecha y sólo las lentas de derecha a izquierda. Al cabo de un tiempo las partículas rápidas se habrán acumulado en el compartimiento de la derecha, que se habrá calentado, y las lentas en el de la izquierda, que se habrá enfriado. De esta forma, «sin gasto de trabajo», el demonio habrá convertido la energía no utilizable en energía utilizable, es decir, habrá invertido la segunda ley de la termodinámica. No
obstante, en la segunda mitad del siglo, el análisis estadístico y el cálculo
de probabilidades cambiarán de función y de estatuto. Para Maxwell no
eran más que útiles matemáticos adaptados al análisis de un problema
concreto: ante la imposibilidad de observar cada individuo por separado,
era preciso considerar la población. Para Boltzmann y Gibbs, por el
contrario, el análisis estadístico y el cálculo de probabilidades
aportan las reglas de la lógica del mundo. Si nos interesan los grandes números
no es sólo por la imposibilidad de acceder al análisis de las unidades,
sino, sobre todo, porque el comportamiento de los individuos no tiene ningún
interés. Aunque llegáramos a conocer todos los detalles y pudiéramos
someterlos a un tratamiento matemático, esto no nos aportaría ninguna
información relevante. ¿De qué serviría conocer la distancia recorrida
por una molécula concreta, o saber que tal molécula chocará con la
pared del recipiente que contiene el gas en tal momento, en tal lugar y en
tales circunstancias? Aun suponiendo que fuera posible analizar en detalle
el comportamiento de todas y cada una de las unidades, ¿qué otra cosa
podríamos hacer con la masa de resultados obtenidos sino compilarlos y
tratarlos para extraer de ellos la ley estadística que rige el conjunto
de la población? Lo que interesa saber no es qué partículas colisionan
en un momento dado, sino cuántas colisiones se producen por término
medio y cuál es la probabilidad de colisión de una partícula. Puede
verse cuánto difiere este enfoque de todos los precedentes salvo el de
Darwin. Para éste, como para Boltzmann y Gibbs, las leyes de la
naturaleza no actúan sobre los individuos, sino sobre las poblaciones.
Por muy irregular que sea el comportamiento de las unidades, la magnitud
de los números puestos en juego acaba por imponer una regularidad al
conjunto. Pero la analogía entre ambas formas de pensar va aún más
lejos. En primer lugar, porque la mecánica estadística y la teoría de
la evolución introducen la noción de contingencia en el centro mismo de
la naturaleza. Desde Newton, toda la física descansaba sobre un
determinismo rígido. Se admitía que el comportamiento de todas las moléculas,
así como el de todos los cuerpos visibles, estaba estrictamente impuesto
por un sistema de causas que la ciencia se esforzaba en incluir en las
leyes de la naturaleza. Para que se repitieran con precisión los fenómenos
observables, era preciso que los procesos de los cuales procedían los
procesos elementales, estuvieran sometidos a un determinismo inflexible.
Pero durante la segunda mitad del siglo xix muchas de las llamadas leyes
de la naturaleza pasaron a ser leyes estadísticas. Éstas sólo se
realizan rigurosamente en la medida en que el número de individuos en
juego es muy elevado. Las predicciones derivadas de estas leyes no pueden
formularse en virtud de una causalidad estricta, sino que tienen carácter
probabilístico y sólo se verifican dentro de unos límites determinados
que pueden definirse con precisión. El que esta probabilidad linde con la
certeza en los fenómenos observables se debe a que los cuerpos visibles
están formados por un enorme número de moléculas. Pero cuando se trata
de poblaciones poco numerosas las desviaciones no son en absoluto raras.
Son lo que Boltzmann llama las «fluctuaciones estadísticas». Cuando
existe un mecanismo particular que las favorece en algún sentido, como es
el caso de la selección natural, entonces las excepciones acaban imponiéndose. La
segunda analogía importante entre teoría de la evolución y mecánica
estadística reside en el modo de enfocar la irreversibilidad del tiempo.
Para la evolución, es el mecanismo de la selección lo que hace
irreversible todo el proceso. Cuando un grupo de organismos actúa en un
sentido determinado, y cuando se ha operado la selección de ciertas
variantes en etapas sucesivas, ya no hay posibilidad de retorno al estado
anterior. La selección natural puede acentuar la diferenciación y hasta
desviar la dirección, pero no puede recorrer las etapas pasadas en
sentido inverso. Para la física, la segunda ley de la termodinámica es
la que impone un sentido a los fenómenos. No puede darse ningún evento
en sentido opuesto al observado porque ello implicaría una disminución
de entropía. Es imposible invertir el curso del universo, como podría
hacerse con un sistema puramente mecánico como, por ejemplo, un reloj
ideal. Tanto en el mundo orgánico como en el mundo físico, las
secuencias de la película que describe la evolución no pueden
proyectarse marcha atrás. Sin
embargo, en los procesos de degradación de la energía persistía una
cierta aura de misterio, como si la irreversibilidad exigiese algún
elemento secreto común a los diferentes mecanismos que operan en la
naturaleza. Con la termodinámica estadística desaparece la necesidad de
un factor oculto. La irreversibilidad traduce los cambios en la distribución
de las moléculas, de su disposición en los cuerpos. El sentido único de
los cambios es el resultado de una propiedad inherente a la estructura La
mecánica estadística transforma por completo la visión del mundo del
siglo xix porque, primeramente, hace derivar las propiedades de los
cuerpos de la estructura misma de la materia. A partir de Gibbs, el análisis
estadístico no se aplica solamente al comportamiento de las poblaciones
grandes, sino al de cualquier «sistema conservativo», con independencia
de sus grados de libertad. Esto permite analizar la distribución de
posiciones y momentos compatible con la energía de un sistema dado,
distribución que al cabo de un tiempo lo bastante largo acaba por
recorrer todo el sistema. La mayoría de los eventos que tienen lugar en
el mundo físico conciernen al tratamiento estadístico. Todas las
reacciones químicas, sus velocidades, sus variaciones con la temperatura,
los procesos de fusión y de evaporación, las leyes de la presión, etc.,
todos estos fenómenos se basan en la hipótesis subyacente de cambios en
el orden de las moléculas. Todos se rigen por leyes estadísticas. Con
la mecánica estadística se perfecciona el aparato matemático que
permite analizar la estructura y la evolución de cualquier sistema que
maneje grandes números. De este modo se hacen accesibles al análisis
muchos objetos, hechos e incluso propiedades antes intratables, en la
medida en que puedan contarse y clasificarse, es decir, siempre que se
trate de un sistema discontinuo. Este tipo de análisis estadístico
descansa sobre la distribución de elementos discretos. La discontinuidad,
tanto la natural (como en las poblaciones de unidades) como la introducida
por los métodos de medición que imponen siempre la elección entre dos
valores límites, constituye una condición necesaria para este tipo de análisis.
Para analizar lo discontinuo basta echar mano del concepto matemático más
simple y más antiguo, el de los números enteros. El arte de aplicar el método
estadístico consiste en poder contar números enteros. Cuanto mayor es el
número de casos observados, más reproducibles son los resultados. Aun así,
el mecanismo estadístico posee tal seguridad, funciona con tal precisión
de detalle, que es posible ajustar las condiciones de manera que baste con
un número limitado de observaciones. La utilización por Maxwell del método
estadístico para analizar fenómenos físicos fue un tanto accidental,
pero a partir de Boltzmann y Gibbs la técnica se extiende a los campos más
variados, incluso aquellos en los que a primera vista parecía difícil,
si no imposible, introducir la discontinuidad necesaria. Se consiguen
obtener leyes prácticas a partir de fenómenos de los que se ignora
totalmente el determinismo. Ya no se buscan las causas de sucesos
aislados, puesto que se hace posible observar un gran número de sucesos
de la misma clase, seleccionarlos, componer los resultados y, finalmente,
calcular el promedio con ayuda de reglas empíricas. De este modo pueden
predecirse sucesos futuros de la misma clase, no con certidumbre, pero con
una probabilidad muchas veces cercana a la certeza. Estas predicciones sólo
son válidas para un conjunto de sucesos, con exclusión de excepciones y
detalles. De hecho, una de las características del método estadístico
consiste en ignorar deliberada y sistemáticamente los detalles. Su
finalidad no es obtener toda la información posible sobre un evento
particular, ni tampoco describir cada circunstancia con minuciosidad, sino
la elaboración de una ley que trascienda los casos individuales. La
segunda razón por la que la termodinámica estadística transforma por
completo la visión de la naturaleza es que, con objeto de conferirles el
mismo estatuto de cantidades mensurables, asocia dos conceptos hasta
entonces desconectados, si no opuestos: el orden y el azar. Todo el
arsenal de fuerzas e impulsos, todas las cargas y potenciales que
conservaban, a pesar de todo, cierto sabor a misterio y arbitrariedad,
quedan relegados a la categoría de factores auxiliares. Representan
solamente distintos aspectos de un mecanismo más profundo, más
universal, que emerge como la ley general del universo: la tendencia
natural de las cosas a pasar del orden al desorden por efecto de un azar
calculable. Esta ley no pretende proponer una explicación causal de los
sucesos. No intenta explicar por qué sobrevienen, sino cómo. La noción
misma de causalidad pierde así algo de su significado y, por ende, de su
interés. De este modo se atenúa mucho el misterio que todavía
impregnaba la representación de la naturaleza durante la primera mitad
del siglo xix. El que muchos fenómenos totalmente diferentes y aún no
explicados muestren con tanta frecuencia caracteres comunes significa que,
de alguna manera, se fundamentan en un mecanismo común. Esto no concierne
sólo a los fenómenos que son competencia de la física, sino también, a
finales del siglo y principios del siguiente, a los de campos como la
astronomía, la geología, la biología, la meteorología, la geografía,
la historia, la economía, la política, la industria y el comercio; en
suma, los dominios más variados de la actividad humana, y hasta los
detalles de la vida cotidiana. No
es exagerado decir que nuestra concepción actual de la naturaleza fue
forjada en parte por la termodinámica estadística. Ésta transformó
tanto los objetos como la actitud de la ciencia. En ella se basa el cambio
de mentalidad del que surgió, a principios del presente siglo, el mundo físico
actual. Un mundo de relatividad y de incertidumbre, sometido a las leyes
cuánticas y a la teoría de la información, donde materia y fuerza
representan dos aspectos de una misma cosa. La termodinámica estadística
está en la base de ciencias nuevas como la físico-química, que
fundamenta las propiedades químicas de los cuerpos en su estructura física.
La experimentación puede hacerse así extensiva a los más variados
campos de la biología. En primer lugar, porque las reacciones químicas
propias de los seres vivos quedan sometidas a las leyes que rigen la
materia. En segundo lugar, y especialmente, porque el método de análisis
estadístico transforma la biología en una ciencia cuantitativa. A
finales del siglo xix, el estudio de los seres vivos no consiste ya
solamente en una ciencia del orden, sino también de la medida. El
nacimiento de la genética La
obra de Mendel es otra demostración de que Darwin, Boltzmann y Gibbs no
representan una actitud minoritaria, sino una tendencia que se impone en
la segunda mitad del siglo xix. Las observaciones sobre la herencia se habían
acumulado desde hacía siglos, pero hasta entonces no se convierte en
objeto de estudio científico propiamente dicho. Aun cuando el siglo xix
hubiera renunciado ya a hibridar especies distintas, los cruzamientos que
se realizaban ponían en juego variedades que diferían en todo un abanico
de caracteres. La herencia era un problema reservado a horticultores y
criadores. Durante todo el siglo xix las exigencias económicas obligaron
al incremento de las cosechas y los rebaños y su adaptación a las
condiciones locales de clima, temperatura y recursos. Era preciso aumentar
el rendimiento no sólo elevando el número de animales y plantas por hectárea,
sino mejorando la calidad del género. Las experiencias prácticas se
llevaban a cabo en las huertas y los pastos, en las colmenas y los
corrales. Una vez realizados los cruzamientos, se examinaban algunos
individuos de la descendencia para hacer una descripción lo más completa
posible de ellos, sin omitir ningún detalle. La mayoría de caracteres
considerados no se prestaba a una discriminación neta, sino que constituían
matices de una serie casi infinita de intermediarios. De hecho, cuanto más
se fundían en el híbrido los caracteres de los progenitores, más se
ajustaba el resultado a la idea que se tenía de la herencia. Se observaba
que los caracteres reaparecían a lo largo de las generaciones. Se
constataba la desaparición de alguno de ellos durante un tiempo y su
reaparición posterior. Naudin, por ejemplo, señaló la oposición entre
la uniformidad de los descendientes en la primera generación híbrida y
«la extrema confusión de formas» en la segunda generación: unas
imitaban las del padre, otras las de la madre, como si los híbridos
fueran «mosaicos vivientes» cuyos elementos no pudieran ser percibidos
por el ojo humano. Gartner observó una gran heterogeneidad en la
progenitura de los híbridos: mientras que ciertos individuos tenían una
descendencia pura, otros producían mezclas. Sin embargo, lo que
caracterizaba la herencia era sobre todo su complejidad. En
Mendel convergen las dos corrientes que dan lugar a la constitución de
una ciencia de la herencia: el saber práctico de la horticultura y el teórico
de la biología. Hijo de granjero, en su infancia veía a su padre
plantar, hibridar, injertar, y nunca dejó de preguntarse cómo se
formaban las especies, lo que hizo que se interesara por la evolución.
Tras ordenarse sacerdote, se le autorizó a cultivar plantas en el jardín
de su monasterio. Pero lo que realmente fascinaba a Mendel era la
naturaleza de la herencia. Empezó a producir híbridos, no con la
finalidad de aumentar el rendimiento, sino para investigar el
comportamiento de los caracteres a lo largo de las generaciones. La
actitud de Mendel difiere drásticamente de la de sus predecesores. «De
todas las experiencias realizadas, ninguna se hizo a una escala lo
bastante grande y con la suficiente precisión para permitir determinar el
número de las diferentes formas bajo las cuales aparecen los
descendientes de los híbridos, ni clasificar estas formas con certidumbre
según las generaciones sucesivas o precisar sus relaciones estadísticas.»
El enfoque mendeliano comporta sobre todo tres elementos nuevos: la manera
de contemplar la experimentación y de elegir el material conveniente; la
introducción de una discontinuidad y el manejo de poblaciones grandes, lo
que permite expresar los resultados numéricamente y someterlos a un
tratamiento matemático; el empleo de un simbolismo simple que permite un
diálogo continuo entre la experimentación y la teoría. De
entrada Mendel presta especial atención a la selección del material.
Prueba varias plantas antes de decidirse por el guisante. Busca variedades
cuya pureza esté garantizada por varios años de cultivo en condiciones
rigurosas. Las variedades destinadas a la hibridación deben diferir entre
sí por un número limitado de rasgos. Hay que descartar los caracteres
que «no permiten una discriminación neta y segura, ya que la diferencia
en este caso es del tipo «más o menos», lo que a menudo es difícil de
definir». Sólo deben retenerse los rasgos cuya discriminación pueda
establecerse sin ambigüedad, como la forma y el color de los granos, de
las vainas, la repartición de las flores alrededor del tallo, etcétera.
Para evitar una complejidad insuperable de entrada en el análisis de las
hibridaciones, es importante olvidar los detalles y limitarse al estudio
de un pequeño número de caracteres: primero uno, después dos, después
tres, teniendo buen cuidado en cada caso de distinguir todas las
combinaciones posibles en la descendencia. Para ello hay que respetar dos
condiciones: por un lado, las experiencias deben hacerse a una escala lo
bastante amplia para poder ignorar los individuos y preocuparse únicamente
de poblaciones; por otro lado, hay que seguir el comportamiento de los
caracteres no solamente entre la descendencia de una pareja, sino a través
de una larga serie de generaciones sucesivas. Por su propia naturaleza, esta experimentación conduce a expresar los resultados de una manera completamente nueva. Gracias a la discontinuidad introducida deliberadamente en la discriminación de los caracteres, es suficiente contar en cada generación los individuos pertenecientes a cada una de las clases posibles. Cada clase se traduce en un número entero, tanto mayor cuanto más vasta es la escala de la experiencia. Estos números pueden someterse al análisis estadístico para establecer sus relaciones, las cuales acostumbran a ser simples. Así, los híbridos de primera generación, producto de los cruces entre variedades que difieren en un solo carácter, se parecen exclusivamente a uno de los padres y nunca al otro. El carácter que no se expresa se llama «recesivo» en relación al carácter que se expresa, o «dominante». En la generación siguiente, descendiente de los híbridos, las formas recesiva y dominante aparecerán en una relación de 1 a 3. De cada tres portadores del carácter dominante, dos serán también portadores del carácter recesivo. Si las variedades cruzadas difieren no en uno, sino en dos caracteres, los híbridos de la primera generación serán otra vez idénticos. En la generación siguiente, los descendientes de estos híbridos se distribuirán en cuatro clases de proporciones 1:3:3:9. Tres de estas clases pueden subdividirse todavía en dos en la generación siguiente. El número de clases aumenta con el número de caracteres puestos en juego. Dice Mendel: «Los descendientes de los híbridos en los que se combinan varios caracteres diferenciales representan los términos de una serie de combinaciones donde se reúnen las series desarrolladas de cada par de caracteres diferenciales... Si n representa el número de caracteres diferenciales en los dos linajes originales, 3n nos da el número de términos en la serie de combinaciones, 4n el número de individuos pertenecientes a la serie y 2n el número de uniones que permanecen constantes». En otras palabras, los diferentes caracteres se transmiten independientemente unos de otros. En poblaciones lo bastante grandes se puede prever su distribución. Finalmente,
la simplicidad de una elección binaria entre dos formas de un carácter
permite una representación simbólica simple. Dice Mendel: «Si
designamos por A uno de los caracteres constantes, por ejemplo el
dominante, a el recesivo y Aa la forma híbrida combinada,
la expresión A + 2Aa + a nos dará los términos de la serie para
los descendientes de los híbridos de un sólo carácter». Es en la
interpretación simbólica de los resultados donde de alguna manera se
articulan la teoría y la experimentación. Por un lado, permite formular
hipótesis a partir de las distribuciones observadas. Por otro lado,
conduce inmediatamente a predicciones verificables por la experiencia. Así,
de las relaciones observadas entre las combinaciones de caracteres pueden
extraerse ciertas conclusiones relativas a la formación y constitución
del polen y los huevos. Un linaje sólo se mantiene puro y constante en la
medida en que los organismos proceden de polen y huevos portadores del
mismo carácter, por ejemplo A. Dado que en una planta híbrida se
dan las dos formas del mismo carácter, A y a, es razonable
concluir que en los ovarios del híbrido Aa se forma la misma
cantidad de huevos de cada uno de los tipos A y a. De manera
general, cuando entran en juego numerosos caracteres, el híbrido produce
tantas clases de polen o huevos como combinaciones pueden darse en la
descendencia. La experiencia confirma esta presunción. En un híbrido Aa,
señala Mendel, «los emparejamientos entre cada tipo de polen y cada tipo
de huevo son cuestión de azar, pero, según la ley de probabilidad,
siempre encontraremos que, en promedio, cada tipo de polen A y a
se unirá con la misma frecuencia a cada tipo de huevo A y a;
en consecuencia, uno de cada dos granos de polen A se unirá a un
huevo A y el otro a un huevo a, y lo mismo puede
decirse de los granos de polen a». Los resultados de los
cruzamientos pueden representarse mediante un gráfico simple. Ahora bien,
para representar la condición individual no basta con un solo símbolo;
se necesitan dos, que Mendel reúne en forma de fracción. En la
descendencia del híbrido A/a se dan cuatro combinaciones, A/A,
A/a, a/A, a/a. Sólo la primera y la última son
puras y corresponden a los caracteres de los padres. Al ser la forma A
dominante sobre a, las tres primeras poseen el mismo carácter
observable, aunque su descendencia tiene una estructura distinta. Esto
explica la relación de 1 a 3 entre las formas recesiva y dominante en la
segunda generación. Estos valores representan únicamente el promedio de
numerosas experiencias que implican la autofecundación de híbridos. En
las flores o plantas individuales, los términos de la serie se apartan a
menudo del promedio. Los casos individuales, escribe Mendel, «deben
necesariamente estar sometidos a fluctuaciones; los verdaderos valores
pueden determinarse solamente a partir de la suma de casos individuales en
la mayor cantidad posible; cuanto mayor es su número, mejor se eliminan
los efectos del azar» . Con
Mendel, los fenómenos de la biología adquieren de golpe el rigor de las
matemáticas. La metodología, el tratamiento estadístico y la
representación simbólica confieren a la herencia toda una lógica
interna. A excepción del episodio preformacionista, la manera de
considerar el problema de la herencia apenas había cambiado desde hacía
más de veinte siglos. La teoría de la evolución exigía un proceso
capaz tanto de reproducir en el hijo los rasgos de los progenitores como
de hacerlos variar. Lo que Darwin llamaba «pangénesis» en tiempos de
Mendel no se alejaba mucho de lo que ya imaginaron Hipócrates y Aristóteles
en la antigüedad o Maupertuis y Buffon en el siglo anterior. Según la
pangénesis, cada fragmento del cuerpo, cada célula, producía un pequeño
germen de sí mismo, o «gémula», que se instalaba en las células
germinales con la misión de reproducir este fragmento en la generación
siguiente. Esta teoría tenía la ventaja de admitir tanto la posibilidad
de variaciones surgidas espontáneamente, sin la influencia de factores
externos, como la inserción de caracteres adquiridos en la herencia. Al
igual que Maupertuis y Buffon, Darwin tampoco supo diferenciar entre el
cuerpo de los progenitores, sus simientes y el cuerpo del hijo.
Transmitidos por los primeros, los mismos elementos pasaban a las segundas
para formar el tercero. La herencia sólo podía localizarse en la
organización misma, en la estructura secundaria a la que se refería todo
lo perceptible de un ser vivo en cuanto a estructuras y funciones. Mendel
contempla la herencia de un modo completamente nuevo, a través de fenómenos
que se analizan con precisión. Ni la regularidad de las segregaciones ni
la dominancia de los caracteres ni la persistencia del estado híbrido
concuerdan con la pangénesis. Para representar la condición individual
se necesitan dos símbolos. El símbolo, por lo tanto, no puede
corresponder ni a un carácter observable ni a su delegada la gémula. De
ahí la necesidad de distinguir entre lo que se ve, el carácter, y lo que
subyace tras el mismo, los dos aspectos que la genética del siglo xx
denominará fenotipo y genotipo. Si bien el primero viene determinado por
el segundo, la expresión del genotipo por el fenotipo es sólo parcial.
Los caracteres traducen la presencia oculta de partículas unitarias, lo
que Mendel llama «factores». Éstos son mutuamente independientes, y
cada uno gobierna un carácter observable. La planta posee dos ejemplares
de cada factor, uno aportado por el polen y otro por el huevo que la
generaron. Lo
que la herencia transmite no es una representación global del individuo,
ni tampoco una serie de emisarios procedentes de todos los puntos del
cuerpo de los progenitores que se recompone en el hijo como las piedras de
un mosaico, sino una colección de unidades discretas, cada una de las
cuales rige un carácter. Cada unidad puede existir en diferentes estados
que determínan las variantes del carácter correspondiente. Como todo
organismo recibe de cada uno de los progenitores un juego completo de
unidades, éstas se reajustan al azar a través de las generaciones. La
organización que estudian los anatomistas, los histólogos y los fisiólogos,
la estructura de segundo orden a la cual se refieren las formas y
propiedades de un ser vivo, no es suficiente para explicar la herencia.
Hay que apelar a una estructura de orden superior, más oculta, más
profundamente enterrada en el cuerpo. La memoria de la herencia se emplaza
en una estructura de tercer orden. El
mismo enfoque que condujo a Boltzmann a relacionar las propiedades de los
cuerpos con su estructura interna y le permitió deducir la ley que rige
la evolución de la materia condujo a Mendel al análisis de la herencia y
al conocimiento de sus leyes. Ambos trataron con elementos discontinuos.
En ambos casos resulta imposible prever el comportamiento de un solo
elemento librado al juego del azar. En ambos casos se logra extraer orden
del azar mediante el tratamiento estadístico de poblaciones grandes. El
comportamiento concreto de cada unidad carece de importancia, se trate de
factores hereditarios o de moléculas de un gas. La combinación de
caracteres que se realiza en una planta concreta no tiene para Mendel
mayor interés que el que tenía la trayectoria de una molécula concreta
para Boltzmann. Fue así como la herencia llegó a convertirse en objeto
de análisis. En el método experimental, los humores, las fuerzas
oscuras, los designios misteriosos que desde la antigüedad parecían
moldear el carácter de los seres vivos, se sustituyen por la materia, por
partículas y por leyes. La representación de los seres vivos sufre una
transformación total. En buena lógica, toda la práctica de la biología
tenía que haberse trastocado, pero no fue así en absoluto. El caso de
Mendel es un buen ejemplo de la imposibilidad de trazar una historia
lineal de las ideas, de encontrar una sucesión de etapas que se ajuste a
la lógica. Si bien la obra de Mendel estaba en consonancia con la física
de su tiempo, no tuvo influencia alguna sobre sus contemporáneos. El
siglo xx hará de Mendel el creador de la genética y convertirá su
documento en la partida de nacimiento de esta ciencia. Hasta bien entrado
el siglo, su obra permanecerá ignorada u olvidada. No es que el reverendo
Gregor Mendel fuera un desconocido entre los científicos de su época.
Aunque no era un profesional, se relacionó con algunos de los biólogos más
eminentes del momento, a quienes describió detalladamente sus
experiencias en una extensa correspondencia. Pero ninguno le hizo mucho
caso. Cuando, en una tarde de febrero de 1865, Mendel leyó su primera
comunicación en la sociedad local de ciencias naturales, sólo había
unas cuarenta personas en la Realschule de Brno. La asamblea estaba
formada por astrónomos, físicos, químicos, en fin, un público experto.
Mendel habló durante una hora de la hibridación de los guisantes. Un
tanto desconcertados ante la aplicación de la aritmética y el cálculo
de probabilidades al problema de la herencia, los presentes escucharon con
paciencia y aplaudieron cortésmente cuando Mendel terminó su charla,
pero nadie se interesó por el tema. «Tal como esperaba», escribió
Mendel a Nágeli, «encontré mucha resistencia; pero, por lo que veo,
nadie se ha tomado la molestia de repetir mis experiencias.» Cuando
Mendel muere unos años más tarde, es un hombre respetado por su obra
social, pero su obra científica sigue ignorada. Cuando se «redescubren»
sus resultados a principios del siglo siguiente, muchas de las copias de
la memoria de Mendel tienen las páginas aún sin cortar. ¿Cómo
puede afirmarse, entonces, que el espíritu está siempre a la espera de
ideas nuevas para apoderarse de ellas y explotarlas, o que el desarrollo
de las ciencias está guiado por la sola finalidad de la lógica? El
pensamiento sólo puede maniobrar dentro del espacio que le otorga el
enfoque del momento y en torno a los objetos de análisis que se le
ofrecen. La genética se constituye como ciencia tras la transformación
del estudio de la célula a finales del siglo xix, cuando se precisa su
estructura, se revela la existencia de los cromosomas y sus movimientos
acompasados como una danza, y se modifica también su papel al descartarse
la pangénesis en favor del «germen», linaje celular reservado para la
reproducción y protegido de las vicisitudes a las que están sometidos
los cuerpos vivos. El
juego de los cromosomas En
la segunda mitad del siglo xix los biólogos concentraron gran parte de su
esfuerzo en el estudio de la célula. Ésta ya no es solamente la unidad
elemental del ser vivo, el último término del análisis anatómico, sino
que se convierte en el lugar donde se articulan las actividades del
organismo, el «hogar de la vida» en palabras de Virchow. En las células
se efectúan las reacciones del metabolismo y se elaboran las moléculas
características de lo viviente. A través de su diferenciación se forman
los órganos y se estructura el cuerpo del adulto. A través de su división
se perpetúa la organización. En lo sucesivo toda célula nacerá de otra
célula. La reproducción se efectúa por una «excrecencia del individuo»,
dice Haeckel. Como puede verse con nitidez en los seres unicelulares que
se multiplican por división, los fenómenos de la herencia traducen en
realidad los del crecimiento. Cada uno de estos minúsculos organismos
crece hasta escindirse en dos mitades idénticas, no sólo en tamaño,
sino también en cuanto a forma y estructura. Se comprende entonces por qué
el vástago se parece a su ancestro: es un fragmento de él. Algo parecido
ocurre con los seres pluricelulares que se forman por multiplicación de
una sola célula inicial, el huevo. El cuerpo de dicho organismo puede
verse como una colonia de células donde la división del trabajo exige la
diferenciación de las unidades, de suerte que ciertas células se
encargan sólo de las funciones necesarias para la respiración, otras de
la reproducción, otras de la locomoción y otras de la digestión. Ya se
trate de seres unicelulares o de organismos complejos, la herencia es
siempre el resultado de la continuidad de las células. Así pues, es en
el espacio celular donde deben situarse tanto las reacciones químicas que
dan al organismo su especificidad como el sistema que le confiere la
propiedad de producir semejantes. Las células germinales contienen, ya no
en efigie, sino en potencia, el esbozo del organismo futuro. Estas gotas
albuminosas encierran la especialización de todas las células que se
derivarán de ellas. El análisis científico converge, por lo tanto, en
el funcionamiento y la división celulares. No
se trata de hacer una zoología de las células, ni de precisar la posición,
las relaciones y las propiedades de todas las unidades que componen un
organismo, ni de conocer su filiación exacta, ni de trazar un mapa
detallado. En realidad, existen pocas posibilidades de que algún día se
llegue a desenmarañar el embrollo de las células y fibras de un
organismo complejo. Sin embargo, aunque las células de un organismo
difieran entre sí en cuanto a forma, posición y función, no por ello
dejan de estar cortadas según un mismo patrón. Más allá de su
diversidad existe una unidad de estructura. Sea cual fuere su naturaleza y
su origen, una célula aparece siempre como un corpúsculo semilíquido
constituido por una sustancia albuminosa, el protoplasma. Contiene un núcleo
más o menos grande, más o menos redondeado, formado también por una
sustancia albuminosa. Está limitada por una membrana, y suele contener
numerosas partículas. Pero lo que domina la organización celular es la
presencia de dos constituyentes mayores. Dice Haeckel: «Núcleo y
protoplasma, núcleo celular interno y sustancia celular externa, he aquí
las dos únicas partes esenciales de toda célula verdadera. Todo lo demás
es secundario y accesorio». Es necesario, por lo tanto, precisar la
composición y la función de ambos constituyentes a fin de determinar lo
que la célula transmite a sus descendientes para que se formen a su
imagen y semejanza. La
citología, ciencia que intenta explorar el espacio celular, conjuga
intereses muy distintos: interesa a la fisiología, al desarrollo
embrionario, a la herencia, a la evolución y a la morfología. La unidad
la aporta el método, el lenguaje y el material. A finales del siglo xix
el microscopio óptico alcanza el máximo poder de resolución que le
permite la física, pero gracias al empleo de compuestos químicos que
colorean selectivamente las estructuras celulares los citólogos aumentan
su capacidad de descriminación e identificación. Se encuentra así una vía
de acceso a la composición química de los constituyentes celulares; el núcleo,
por ejemplo, se tiñe fácilmente con ciertas sustancias básicas. Poco a
poco, el paisaje que se descubre en el fondo del microscopio va
adquiriendo relieve. Describir los detalles supone el empleo de un
lenguaje nuevo. Hacia el final del siglo se elabora todo un vocabulario inédito
yuxtaponiendo (hibridando, podríamos decir) raíces griegas o latinas. El
discurso del biólogo pronto se hace impenetrable para el no iniciado. La
facilidad de colorear el núcleo, por ejemplo, se evoca simplemente con el
radical «cromo». De ahí proceden los términos «cromatina», acuñado
por Flemming para la sustancia nuclear, «cromosoma», introducido por
Waldeyer para los filamentos distinguibles en el núcleo, «cromómero»,
propuesto por Balbiani y Van Beneden para las bandas de los cromosomas, y
otros (cromátida, cromidio, cromidiogamia, cromiolo, cromocentro,
cromonema, cromoplasto, cromospira, etcétera). La precisión en el
detalle se mide por la de los nombres. Finalmente, la citología se
distingue por el material que emplea. Su libertad de elección es
absoluta, puesto que lo que pretende analizar no son las características
de ciertos tipos de células, sino los atributos comunes a todas ellas.
Esto le permite concentrarse en algunos organismos que por su estructura y
propiedades presentan ciertas ventajas para la observación y la
experimentación. Ciertos organismos se ven así privilegiados, y sobre
ellos converge la atención de especialistas separados por la geografía,
la disciplina e incluso los intereses. Existen dos clases de material
particularmente favorables. Por un lado están los protistas, seres
unicelulares cuyo ciclo reproductivo se parece al de los seres
pluricelulares. En vez de unirse en un solo cuerpo, las células de los
protistas están separadas y llevan una vida independiente. «Los
protozoarios», dice R. Hertwig, «tienen una sola clase de reproducción:
la división celular.» Desde el punto de vista fisiológico, un
protozoario constituye un individuo, al igual que un metazoario; sin
embargo, por su morfología y su modo de formación, es comparable tanto a
una célula germinativa como a una célula aislada de un metazoario. Los
protozoarios constituyen un material simple e idóneo para el análisis de
la división celular en su aspecto más puro y desnudo. Por otro lado,
entre la infinita diversidad de los seres pluricelulares encontramos
formas particularmente favorables para la observación del núcleo
celular, de las células germinativas y del desarrollo embrionario. Entre
estos seres privilegiados hay que seleccionar el material de acuerdo con
la finalidad perseguida. Si nos interesa la división celular, la morfología
del núcleo y su modo de formación, entonces deberemos recurrir al ascáride,
gusano parásito del caballo cuyas virtudes destacaron Van Beneden y
Boveri: «El ascáride constituye un material insuperable. Sus huevos
pueden conservarse durante meses en un lugar frío y seco. Cuando se tiene
tiempo para trabajar, se los coloca a la temperatura ambiental y continúan
lentamente su desarrollo. Si se quiere acelerar temporalmente su
desarrollo se pueden colocar en una estufa de cultivo. Si se quiere
detenerlo se vuelven a poner en un lugar frío y siempre se recuperan en
el estado en que se dejaron»." Además, el núcleo del ascáride es
muy simple, pues sólo contiene de dos a cuatro cromosomas, según la
especie, cuya morfología y comportamiento son fácilmente observables.
Durante la división celular los cromosomas se dividen y se distribuyen a
lo largo de una suerte de huso que los atrae hacia polos opuestos de la célula.
El ascáride es el organismo ideal para analizar este proceso. Pero si lo
que queremos es estudiar las células germinales, la fecundación y el
desarrollo del embrión, entonces hay que recurrir a la rana o, mejor aún,
al erizo de mar, cuyas ventajas glosan Hertwig y Boveri: el óvulo es
transparente y fácil de observar, y el espermatozoide es pequeño, con un
núcleo condensado y fácilmente localizable. Se coloca un óvulo y un
poco de esperma en una copa llena de agua de mar y se ve cómo los
espermatozoides se fijan al óvulo. No obstante, dice Boveri, «sólo una
célula espermática consigue su finalidad, la primera que toca la
superficie del huevo». Se puede seguir el trayecto del núcleo masculino
que va a unirse al núcleo femenino, y contemplar las divisiones sucesivas
del huevo, que siguen un orden riguroso en el tiempo y en el espacio; en
suma, se puede observar en detalle esa especie de milagro por el cual unos
fragmentos desprendidos de dos individuos, uno macho y otro hembra,
penetran el uno en el otro para dar nacimiento a un organismo nuevo e idéntico. El
huevo del erizo de mar permite que el estudio de la célula y del
desarrollo embrionario pase de la observación a la experimentación. Se
hace posible, en efecto, actuar sobre las células germinales o sobre el
huevo en desarrollo, es decir, modificar las condiciones fisicoquímicas
de la fecundación artificial. Agitando con fuerza huevos no fecundados,
los Hertwig consiguen fragmentarlos en pedazos que pueden ser fecundados
por el esperma de la misma especie. Mediante tratamientos químicos,
Boveri logra huevos fecundados por más de un espermatozoide, y observa
distribuciones anormales de cromosomas en las células en división.
Aumentando la concentración salina en el agua de mar o sometiendo los
huevos a distintos tratamientos químicos o físicos, Loeb induce la
partenogénesis artificial. Aislando una célula de un huevo fecundado que
ha empezado ya a segmentarse, Driesch obtiene un desarrollo completo que
produce un organismo ciertamente pequeño, pero acabado. La virtuosidad técnica
de los embriólogos continuará creciendo durante el siglo xx hasta el
punto de permitirles intervenir sobre células seleccionadas del huevo,
destruirlas selectivamente, inyectar ciertas sustancias (extractos de
otros embriones, por ejemplo) y sustituir el núcleo de un huevo por otro.
El efecto se mide por las lesiones que se desarrollan en el embrión, por
el grado de desarrollo que alcanza y por las monstruosidades que aparecen.
Incluso la formación del embrión se hace así accesible al método
experimental. La
citología del siglo xix trata primeramente de discernir el papel que
desempeñan en el funcionamiento de la célula sus dos constituyentes
principales, el núcleo y el citoplasma. Poco a poco el núcleo adquiere
protagonismo, y dentro de él los cromosomas acaparan la atención. La
constancia de su número y su morfología, la seguridad de sus
movimientos, la precisión de su repartición en los productos de la
división celular, todo contribuye a darles un estatuto excepcional. Se
observa cómo se engrosan y luego se deshilachan y desaparecen para
reaparecer después con la misma forma. Se observa cómo se dividen
longitudinalmente en dos partes idénticas, cada una de las cuales es atraída
hacia un polo celular, como por un «centro magnético», en palabras de
Van Beneden. Los cromosomas manifiestan una continuidad a través del
ciclo celular. Poseen una individualidad y una estructura característica
en ciertas etapas del ciclo. «Son elementos orgánicos» dice Boveri, «que
tienen una existencia autónoma en el interior de la célula». Pero,
sobre todo, poseen el poder extraordinario de formar dos núcleos idénticos
a aquél del cual derivan, desdoblándose y reagrupándose en cada polo
celular. Los cromosomas pueden distinguirse y contarse, y se puede seguir
su evolución. Se distribuyen por pares: dos grupos de dos en los ascárides,
excepto en las células germinales, cuyos núcleos sólo albergan dos
cromosomas diferentes. Al fundirse los núcleos de un óvulo y un
espermatozoide en el momento de la fecundación se reconstituye el juego
completo de cromosomas. Cualquier anomalía en el número de cromosomas así
reconstituido, cualquier exceso o defecto, implica perturbaciones en la
evolución del embrión. «El desarrollo normal», dice Boveri, «depende
de una combinación particular de cromosomas, y eso sólo puede significar
que los cromosomas, considerados individualmente, poseen cualidades
distintas.» En la profundidad del núcleo aparece una estructura de
propiedades excepcionales, una estructura que tiene la propiedad, única
en la célula, de desdoblarse con exactitud. Al
mismo tiempo, la dualidad constitucional observada primero en la célula
se hace extensiva al conjunto del organismo. Hasta entonces no se hacía
distinción entre los elementos estructurales y los encargados de la
reproducción. El hijo representaba una excrecencia de los padres en la
cual, a través de las células reproductoras, cada porción del cuerpo
delegaba en una suerte de germen su reproducción exacta en la generación
siguiente. La misma partícula formaba parte sucesivamente de la composición
de un órgano paterno, de una célula reproductora y, finalmente, del
mismo órgano en el hijo. «Es probable», decía Huxley, «que cada parte
del adulto contenga moléculas procedentes del progenitor macho y del
progenitor hembra, y que el organismo entero, considerado como una masa de
moléculas, pueda compararse a un tejido en el que la trama deriva de la
hembra y la urdimbre del macho.»" Pero la distinción que establece
Nágeli entre el «trofoplasma» y el «idioplasma»
introduce un dualismo en el conjunto del organismo. El trofoplasma, que
constituye la mayor parte del cuerpo, se encarga de las operaciones de
nutrición y crecimiento. El idioplasma, un componente comparativamente
menor en volumen, desempeña en cambio un papel esencial en la reproducción
y el desarrollo: es el sustrato de la herencia. Contenido en el huevo,
dirige su evolución y su desarrollo, difundiéndose por todo el organismo
para formar una suerte de trama directriz. Si el huevo de gallina difiere
del huevo de rana es porque contiene un idioplasma diferente. La especie
está contenida en el huevo tanto como en el organismo adulto. El
idioplasma se concibe como una sustancia compleja formada por la conjunción
de un enorme número de partículas o «micelas». Según un cálculo de Nágeli,
un volumen de una milésima de milímetro cúbico contendría cerca de
cuatrocientos millones de micelas. La distribución de estas micelas en el
idioplasma asegura la especificidad del mismo. La reproducción de las
formas a través de las generaciones ya no corre a cargo de delegados de
cada parte del cuerpo reunidos en el huevo, sino de una sustancia
particular que dirige el desarrollo. Entre los biólogos de la época, Nágeli
era, sin duda alguna, uno de los que estaban en mejor disposición para
interpretar la obra de Mendel. Es precisamente a él a quien Mendel
comunicó sus resultados en una serie de cartas que, sin embargo, no
tuvieron ninguna trascendencia. A
partir de Weismann, la distinción introducida por Nágeli no sólo se
hace más acusada, sino que cambia de naturaleza. Ya no se refiere a
sustancias difundidas en el cuerpo, sino a las células mismas. La
reproducción pone en juego células de un tipo particular, las células
germinales, que difieren de las que constituyen el cuerpo, las células
somáticas, por su función, su estructura e incluso su papel en la
evolución. De acuerdo con Weismann, las células germinales contienen una
sustancia «cuya constitución físico-química, incluida su naturaleza
molecular, le otorga la facultad de convertirse en un nuevo individuo de
la misma especie». La calidad de esta sustancia decide si el futuro
organismo será lagartija u hombre, grande o pequeño, y si se parecerá a
su padre o a su madre. La reproducción se basa enteramente en la
naturaleza y las propiedades de las células germinales. Éstas «carecen
de importancia para la vida de sus portadores, pero sólo ellas conservan
la especie». Esta discriminación entre la naturaleza de las células
implica dos consecuencias importantes. En
primer lugar, la idea de que el hijo no es más que un brote de los padres
no sólo queda invalidada, sino que se invierte. Según Weismann, mientras
que las células somáticas sólo pueden formar células somáticas, las células
germinales tienen la capacidad de originar células de los dos tipos. Las
células germinales no pueden considerarse un producto del organismo. En
las generaciones sucesivas de organismos, se comportan como un linaje de
seres unicelulares que se reproducen por escisión. A lo largo de este
linaje se diferencian las células somáticas. En cierto modo, los cuerpos
de los animales se injertan lateralmente en ellas. Dice Weismann: «En la
reproducción de los seres pluricelulares tenemos el mismo proceso que
caracteriza la reproducción de los seres unicelulares: una división
continua de la célula germinal, la única diferencia es que la célula
germinal no forma el individuo entero, sino que está rodeada... por miles
de millones de células somáticas, cuyo conjunto forma la unidad superior
del individuo». Puesto que las células germinales se reproducen por
escisión, como los protozoarios, contienen siempre la misma sustancia
hereditaria. Los organismos que se derivan de ellas son necesariamente idénticos
entre sí. El linaje germinal forma el esqueleto de la serie en la que se
insertan los individuos como excrecencias. Ya no es la gallina la que
produce el huevo. Según la frase de Butler, es el huevo el que ha
encontrado en la gallina el medio apropiado para rehacer un huevo. La
distinción entre germen y soma tiene otra consecuencia añadida. Si las células
germinales derivan directamente de las de la generación precedente, si no
son producidas por el cuerpo del progenitor, entonces están resguardadas
de cualquier eventualidad somática. Las células germinales (y, por lo
tanto, la descendencia) están a salvo de cualquier avatar que pueda
sufrir un organismo. ¡Cómo pueden entonces transmitirse hereditariamente
los caracteres adquiridos por un ser vivo? De ninguna manera, afirma
Weismann: «Todos los cambios debidos a las influencias exteriores son
pasajeros y desaparecen con el individuo». Son episodios transitorios que
interesan a los organismos particulares, pero no a la especie. Los
individuos implicados no tienen influencia sobre la trama de la especie.
Al abrigo de cualquier aventura, las células germinales continúan
reproduciéndose idénticas a sí mismas. El organismo no puede adquirir
ningún carácter al cual no esté hereditariamente predispuesto. En el
huevo está determinado todo el futuro del individuo, sus formas y sus
propiedades. El margen de maniobra que puedan tener las condiciones
externas es «limitado y abarca sólo una pequeña región móvil
alrededor de un punto fijo formado por la herencia» .La naturaleza de las
células germinales es constante dentro de la especie y varía de una
especie a otra. Lo que se transforma y da lugar a la aparición de formas
nuevas no son los individuos como tales, sino las «disposiciones
hereditarias» contenidas en estas células. «La selección natural»,
dice Weismann, «opera en apariencia sobre las cualidades del organismo
adulto, pero en realidad opera sobre las disposiciones ocultas en la célula
germinal.» La
concepción de la herencia sufre así una transformación total. Hasta
entonces la posibilidad de heredar caracteres adquiridos nunca se había
puesto seriamente en tela de juicio. Desde la antigüedad, todos los
textos, ya fueran egipcios, hebreos o griegos, estaban llenos de historias
en las que los resultados de incidentes sobrevenidos a los padres se
perpetuaban en los hijos. Lamarck sistematizó esta relación para
convertirla en el mecanismo de las transformaciones locales, la
estratagema de las circunstancias que posibilita la adaptación íntima
del organismo a su medio. La herencia de los caracteres adquiridos se
entronca en toda una serie de supersticiones, en la generación espontánea,
en la fecundidad de las hibridaciones interespecíficas, en fin, en todos
los aspectos del viejo mito por el que se fundían en la creación el
hombre, los animales y la tierra. Ninguna otra teoría se ha resistido
tanto a la experimentación, y ninguna otra ha frenado tanto el análisis
de lo viviente en general y de la reproducción en particular. Incluso
para Darwin, que basaba la evolución en las fluctuaciones aparecidas
espontáneamente en las poblaciones, la pangénesis dejaba sitio a una
influencia directa de las condiciones externas sobre los caracteres
hereditarios. Para Weismann, por el contrario, el medio no tiene ninguna
influencia sobre la herencia. El linaje germinal está al abrigo de
cualquier variación individual. Ninguna de las pretendidas transmisiones
de caracteres adquiridos resiste un análisis riguroso. Ninguno de los
organismos mutilados de generación en generación engendra una
descendencia mutilada. Aunque desde su nacimiento se corte sistemáticamente
la cola de un linaje de ratones, los centenares de ratones nacidos al cabo
de cinco generaciones seguirán teniendo una cola normal con la misma
longitud media que la de sus antepasados. Lo que pueda acontecerle a un
individuo no tiene influencia en su descendencia. La herencia está
separada de cualquier fantasía local, de cualquier influencia, deseo o
incidente. Se alberga en la materia y en su disposición. «La esencia de
la herencia», dice Weismann, «es la transmisión de una sustancia
nuclear de una estructura molecular especifica.» Sólo loS cambios de
esta sustancia, sus «oscilaciones», son capaces de provocar cambios
duraderos en los seres vivos. El mecanismo de la herencia, de la variación,
de la evolución, no se fundamenta en la persistencia de lo adquirido a
través de las generaciones, sino en las virtudes de una estructura
molecular. Así
pues, a finales del siglo xix vemos aparecer dos elementos nuevos. Por un
lado, la citología revela la existencia en el núcleo celular de una
estructura con propiedades poco comunes. Por otro, el análisis critico de
la estabilidad de las especies y su variación lleva a atribuir la
herencia a la transmisión de una sustancia particular. Todo indica que
los cromosomas son los mejores candidatos para esta tarea: la constancia
de su número y su morfología, la precisión de su división y su
repartición durante la división celular, la reducción de su número a
la mitad en las células germinales, su fusión en el huevo en el momento
de la fecundación, en virtud de la cual el hijo recibe su lote de
cromosomas del padre y de la madre a partes iguales. Únicamente la
sustancia del núcleo es capaz de transportar la «tendencia hereditaria».
Esta tendencia contiene no sólo las disposiciones de los progenitores,
sino las de ancestros más lejanos. En efecto, cada una de las células
germinales que se unen en la fecundación contiene de hecho cromosomas
heredados de los abuelos, bisabuelos, etc. La sustancia heredada de
generaciones sucesivas está representada en los cromosomas «proporcionalmente
a su distancia en el tiempo, según una razón que va disminuyendo, de
acuerdo con el cálculo aplicado hasta ahora por los criadores en el cruce
de razas para determinar la fracción de sangre noble que contiene un
descendiente determinado». Los cromosomas del padre constituyen la mitad
de los del hijo, los del abuelo, una cuarta parte; los de la décima
generación ancestral 1/1024, y así sucesivamente. Las cuestiones de la
herencia sólo requieren matemáticas elementales. En cada generación se
renuevan los cromosomas procedentes de los progenitores. El análisis
estadístico permite evaluar la contribución de los diferentes ancestros
a la sustancia hereditaria del individuo. «En los fenómenos biológicos»,
dice de Vries, «la desviación de la media sigue las mismas leyes que las
desviaciones de las medias de cualquier otro fenómeno regido por el puro
azar.» Todos los cuerpos, vivos o no, obedecen la ley estadística. Es
entonces cuando puede desarrollarse una ciencia de la herencia. Suele
decirse que en el tránsito del siglo xix al xx se «redescubrieron» las
leyes de Mendel. Sin embargo, lo que se redescubrió es, sobre todo, el
enfoque mecánico-estadístico de Mendel: la misma atención centrada en
un número limitado de caracteres, con exclusión de los detalles; la
misma selección de caracteres lo bastante diferenciados para introducir
la discontinuidad; la misma manera de estudiar los descendientes de un
cruzamiento, de contar los tipos y distribuirlos en clases finitas; el
mismo interés por las poblaciones y no por los individuos cuya genealogía,
sin embargo, se consigna; el mismo análisis estadístico de los
resultados; la misma representación mediante símbolos factoriales; la
misma distinción entre lo visible y lo oculto. En consecuencia, se
observaron los mismos fenómenos, se sacaron las mismas conclusiones y se
establecieron las mismas leyes. Tanto se generalizó el nuevo enfoque de
la herencia que la obra de Mendel, ignorada durante más de treinta años,
fue «redescubierta» simultáneamente en Alemania, Austria y Holanda y,
algo más tarde, en Inglaterra, Estados Unidos y Francia. El progreso de
la genética en los primeros años del presente siglo se debió a su
importancia tanto para la biología como para la economía. Además de
evolucionistas ínteresados en analizar el mecanismo de la variación,
entre los investigadores de la herencia también había quienes buscaban
aumentar el rendimiento agrícola y ganadero mejorando las variedades de
plantas y animales; pero los métodos y problemas de unos y otros apenas
diferían. Al esfuerzo de ganaderos y agrónomos, que disponían de medios
considerables, se sumó el de los biólogos. Así se fundaron sociedades
tales como la Asociación de Ganaderos Norteamericanos, cuyos objetivos
definió así su presidente: «[La asociación] ha sugerido que los biólogos
abandonen durante algún tiempo los interesantes problemas de la evolución
histórica y centren su atención en las necesidades de la evolución
artificial. A los ganaderos, que obtienen beneficios financieros de la cría
de seres vivos, les pide que de vez en cuando se paren a estudiar las
leyes de la herencia. La asociación invita a ganaderos y biólogos a
asociarse para su mutuo beneficio» Desde sus comienzos, el análisis genético
se ha aplicado con frecuencia a organismos de gran importancia económica,
como el trigo, el maíz, el algodón o los animales de granja. Las
cualidades del material tienen un papel muy importante en genética. Así
lo reconoce de Vries: «Para el estudio de las leyes generales de la
herencia es preciso excluir completamente los casos complejos y considerar
la pureza hereditaria de los padres como una de las primeras condiciones
de éxito. Además, es necesario que la progenitura sea numerosa, ya que
ni la constancia ni las proporciones exactas en caso de inestabilidad
pueden determinarse con un lote pequeño de plantas. Por último, para
seleccionar definitivamente el material de investigación no hay que
olvidar que el objetivo principal es establecer las relaciones que unen
los descendientes con sus padres». Primero fueron los botánicos de
Vries, Correns y Tschermak quienes redescubrieron el enfoque mendeliano.
Las plantas se prestaban especialmente bien al estudio de la herencia,
porque la agricultura producía grandes poblaciones, se podía manipular
el proceso de fecundación y sus caracteres eran fáciles de discernir. El
análisis se hizo luego extensivo a los animales de laboratorio, como el
cobaya, el conejo y la rata. Sin embargo, la experimentación demandaba un
material con virtudes excepcionales. Hacía falta un organismo lo bastante
poco exigente para poderse criar sin dificultad en el laboratorio, lo
bastante pequeño para poder manipular poblaciones importantes en un
espacio reducido, y con una velocidad de reproducción lo bastante alta
para que fuera posible observar la sucesión de numerosas generaciones en
un plazo relativamente corto. Debía tener caracteres fáciles de
observar, apareamientos frecuentes y fertilidad elevada. Sus células debían
prestarse al examen microscópico y tener un número de cromosomas lo
bastante reducido para detectar cualquier particularidad. Esta rara
avis existe: es la mosca. Durante más de medio siglo, los genéticos
van a examinar con fervor los ojos, alas y pelos de la drosófila, la
mosca popularizada por Morgan. Las
técnicas y los métodos adoptados por la genética le permiten analizar,
por una parte, los mecanismos de variación en los seres vivos y, por
otra, las características de la estructura que subyace tras la herencia.
Cuando se consideran no unos cuantos individuos aislados, sino cientos o
miles de plantas o animales, se hace posible ver cómo se modifican los
caracteres de una población. En la segunda mitad del siglo xix las
variaciones nacían de la acumulación progresiva de cambios
imperceptibles. Para Darwin, la herencia se transmitía mediante extractos
de cada célula; para Weismann, a través de una sustancia nuclear; pero
ambos coincidían en que las variaciones y la evolución se originaban en
las fluctuaciones de cada carácter. La intensidad de un carácter nunca
es rigurosamente idéntica de un individuo a otro en el seno de la
especie, sino que puede acentuarse o atenuarse según los casos. En una
población siempre habrá fluctuaciones, pero las «oscilaciones» de un
carácter siempre giran alrededor de una media. Aun así, estas
desviaciones pueden acumularse y generar variaciones importantes producto
de una selección deliberada por parte de un criador o de la influencia de
las condiciones del medio, siempre que la presión selectiva se ejerza en
el mismo sentido. A principios del siglo xx la variación de los
caracteres cambia totalmente de mecanismo. Para de Vries, la variación ya
no es el producto de una serie de modificaciones insensibles, sino de
cambios radicales: «Las especies no se transforman gradualmente, sino que
se mantienen inalteradas generación tras generación hasta que, de
pronto, surgen formas nuevas que difieren claramente de las paternas y que
se mantienen en lo sucesivo tan perfectas, constantes, bien definidas y
puras como cabe esperar de una especie». La naturaleza, por lo tanto, sí
da saltos. El medio del que se vale para producir variedades y especies
nuevas es la mutación. Al
contrario de las fluctuaciones, los cambios insensibles y las gradaciones,
las mutaciones son asequibles a la observación y la experimentación. Con
un material mínimamente apropiado, que sea una cepa pura, y una población
lo bastante numerosa se puede medir la frecuencia de mutación, precisar
sus características y establecer las leyes que las rigen. Dichas leyes
pueden resumirse con estas palabras: rareza, instantaneidad,
discontinuidad, repetición, estabilidad, azar, generalidad. En primer
lugar, la mutación es rara; la gran mayoría de individuos no se modifica
con el paso de las generaciones. «La posibilidad de encontrar mutantes en
número elevado», dice de Vries, «es muy reducida; lo normal es que
representen una proporción muy pequeña del cultivo.» Además, las
formas mutantes surgen «de manera súbita», «inesperadamente»,
mostrando «todos los caracteres del nuevo tipo, sin intermediarios», con
una «ausencia total de transición entre los individuos normales y las
formas mutantes». Tienen una descendencia estable; las mutaciones se
heredan y persisten a través de las generaciones. Las formas mutantes no
manifiestan ninguna «tendencia a retornar gradualmente a la forma
original». No aparecen una sola vez, sino que «los tipos se repiten
regularmente en las generaciones sucesivas». Una mutación atañe a un
solo carácter. Pero, sea cual sea el material estudiado y el carácter
considerado, «las mutaciones son la regla». Por último, en las
mutaciones no existe ninguna dirección privilegiada, ninguna relación
entre su producción y la influencia de las condiciones externas, ninguna
correlación entre su aparición y su utilidad. Sobrevienen por azar y
representan tanto una «progresión» como una «regresión». Se dan «en
todas las direcciones... ciertos cambios son útiles, otros perjudiciales,
pero la mayoría carecen de importancia, no siendo ni ventajosos ni
desventajosos». Todas las cualidades varían en todos los sentidos. De
esta forma las mutaciones aportan «un material considerable para la criba
de la selección natural». El
nuevo carácter de la variación justifica a posteriori el enfoque
empírico adoptado en su momento por Mendel para analizar la herencia. La
discontinuidad introducida arbitrariamente por comodidad en la
experimentación refleja en realidad la marcha de la naturaleza. Si un
mismo rasgo puede presentar aspectos bien definidos, si éstos pueden
representarse por una serie de símbolos, es porque el factor determinante
del carácter adopta estados discretos. La modificación de dicho factor
no se realiza a través de una serie de intermediarios, sino mediante
cambios de estado bruscos. Al igual que los cambios materiales y energéticos,
las variaciones hereditarias se realizan mediante saltos cuánticos. Se
puede favorecer estos saltos y aumentar la frecuencia de mutaciones
exponiendo el esperma de las drosófilas a los rayos X, como hace Miller,
o tratando los organismos con ciertos productos químicos. Pero, tanto si
surgen «espontáneamente» como si son «inducidas artificialmente», las
mutaciones son siempre aleatorias. Nunca se encuentra una relación entre
su producción y las condiciones externas, ninguna dirección impuesta por
el medio. Una vez excluida definitivamente toda transmisión de caracteres
adquiridos, el análisis de las mutaciones precisa los papeles desempeñados
por la herencia y por el medio en la formación de los seres vivos. El
medio sólo puede influir en el organismo dentro de los estrechos límites
de las fluctuaciones autorizadas por lo que Weismann llamaba la «estructura
molecular de la sustancia hereditaria» que se convierte en el «material
genético». Fuera de estos límites no existe organismo. El
otro aspecto del que se ocupa la genética es la exploración de la
organización y el movimiento de lo que Mendel llamaba «factores», y que
el danés Johannsen rebautizó como «genes». La experimentación accede
a ellos a través de los fenómenos de hibridación. Pero, lejos de cruzar
variedades de procedencia desconocida, en lo sucesivo se trabaja con
variedades mutantes derivadas de un mismo linaje puro. Lo que se analiza
entonces es el determinismo propio de la variación. A principios del
siglo xx los caracteres, estudiados inicialmente en número reducido, dan
lugar regularmente a segregaciones independientes, en consonancia con las
observaciones de Mendel. Sin embargo, a medida que se amplía el análisis
y aumenta el número y la diversidad de las mutaciones estudiadas, se
manifiestan anomalías. Ciertos grupos de caracteres parecen «asociados»,
pues tienden a permanecer unidos a través de las sucesivas generaciones.
Otros, por el contrario, parecen «rechazarse» mutuamente. En los
cultivos de drosófilas de Morgan aparece toda una serie de mutaciones que
modifican el color del ojo, el del cuerpo, o la forma de las alas. En el
transcurso de las generaciones, estos caracteres permanecen ligados al
sexo de los animales como por un lazo invisible. Para Morgan y sus
colaboradores Bridges, Sturtevant y Muller, todo ocurre como si los genes
estuvieran fijados en estructuras lineales o «grupos de ligamiento». En
la drosófila, la genética distingue cuatro grupos de ligamiento y la
citología cuatro cromosomas; combinando las técnicas pueden
identificarse los primeros con los segundos. Incluso se puede asociar el
sexo del animal con una de tales estructuras. A fin de cuentas, las
diferencias hereditarias entre los individuos de una especie se
distribuyen mediante el movimiento y reparto de los cromosomas, y por el
intercambio de genes entre cromosomas homólogos. Los caracteres, una vez
determinadas las frecuencias de ligamiento o separación en el curso de
las generaciones, se sitúan en orden lineal a lo largo de los cromosomas
como las cuentas de un rosario. Se hace posible estimar las distancias
relativas entre los genes y construir los mapas genéticos de las
especies. Para
el genético hay tres maneras de analizar la herencia: puede observar la
función a través de los caracteres, la mutación en los cambios de éstos
y la recombinación en sus reordenaciones. Cada uno de estos métodos le
permite reducir el material genético a unidades. Pero, sea cual fuere el
tipo de análisis empleado, el resultado final es el mismo: el gen
representa a la vez la unidad de función, de mutación y de recombinación.
De este modo el material de la herencia se descompone en unidades
elementales que no pueden fraccionarse. Los genes se convierten en los átomos
de la herencia. Aunque un gen pueda, por mutación, adoptar varios estados
discretos, en cada cromosoma sólo está presente uno de ellos. Por su
rigor y su formalismo, a los biólogos que observan a diario una suerte de
continuidad en la variación les resulta muchas veces difícil admitir
esta noción cuántica de la herencia. Sin embargo, concuerda con las
concepciones de la física, puesto que las cualidades de lo viviente se
encuentran así reducidas a unidades indivisibles y sus combinaciones
sometidas a las leyes de probabilidad que rigen el azar. La misma
imposibilidad de predecir el movimiento de un átomo o un electrón
aislado impide predecir la combinación particular de genes que se formará
en un individuo particular. En cierta ocasión, la bailarina Isadora
Duncan propuso a Bemard Shaw tener un hijo que podría combinar la belleza
de la madre con la inteligencia del padre, a lo que el escritor opuso la
otra posibilidad, igualmente probable, de ver nacer un vástago que, por
desgracia, combinase la belleza del padre con la inteligencia de la madre.
Únicamente pueden medirse distribuciones y calcularse probabilidades
referidas a poblaciones grandes. Entre
los constituyentes de los seres vivos, el material genético interpreta un
papel privilegiado; ocupa la cima de la pirámide y decide las cualidades
del organismo. Los otros componentes se encargan de la ejecución. Sin
embargo, sin el citoplasma que lo envuelve, el núcleo no tiene ningún
poder. Es la célula entera la que constituye la unidad elemental de lo
viviente, la que detenta las propiedades, la que asimila, crece y se
reproduce. El gen representa el último término del análisis genético,
pero carece de autonomía. Su expresión depende casi siempre de los otros
genes que lo acompañan. Lo que determina el desarrollo, la forma y las
propiedades de un organismo es la totalidad del material genético, la
combinación particular de genes que en él se realiza. La selección
natural actúa sobre las poblaciones favoreciendo la reproducción de
ciertos individuos, y a través de ello, tras un gran rodeo, termina
afectando al propio material genético. Esto lo consigue actuando a tres
niveles. En primer lugar sobre el carácter, es decir, sobre el propio
gen: se favorece aquel estado que, de alguna manera, confiere alguna
ventaja para la reproducción. En segundo lugar sobre el individuo
considerado como un conjunto de genes: ciertas combinaciones tienen más
posibilidades de tener descendencia. En tercer lugar sobre la especie, que
puede concebirse como la suma de todos los genes contenidos en todos los
individuos que la constituyen: la aparición de nuevos genes por mutación
y de nuevos conjuntos por recombinación dan lugar a formas nuevas de las
que la selección natural extrae las especies nuevas. A través de una
suerte de ciclo, el sustrato de la herencia acaba siendo también el de la
evolución. La
genética clásica pertenece al dominio de la biología que tiene por
objeto de estudio el organismo entero o las poblaciones de organismos. No
persigue disociar el animal o la planta para identificar sus
constituyentes y estudiar su funcionamiento. El método de análisis que
utiliza se conoce como el «método de la caja negra». El organismo se
considera una caja cerrada que contiene una maquinaria muy compleja y en
cuyo interior tienen lugar cadenas de reacciones que se entrecruzan y se
superponen en todas las direcciones. Cada una de estas cadenas aflora a la
superficie de la caja por una de sus extremidades, el carácter. La genética
no intenta abrir la caja para desmontar sus engranajes; se contenta con
examinar la superficie para deducir el contenido. A través del carácter
visible pretende localizar la extremidad invisible de las cadenas de
reacciones, revelar la estructura que, en lo más hondo de la caja, dirige
la forma y las propiedades. En cuanto a los engranajes intermediarios que
van del gen al carácter, la genética los ignora totalmente. Este tipo de
análisis conduce en definitiva a una representación extremadamente
simple. Simplicidad en la mecánica a la que está sometido el material
genético, como lo simboliza el movimiento de los cromosomas, con su
división, su separación y su reordenación. Simplicidad también en la
estructura misma, puesto que la disposición de los genes se representa
por la figura más elemental: la línea recta. El gen propiamente dicho,
el elemento de la herencia, aparece como una estructura tridimensional de
una complejidad temible e inaccesible a la experimentación. Sin embargo,
para describir lo que sostiene las formas, las propiedades y el
funcionamiento de un ser vivo en su conjunto, es difícil imaginar otro
modelo más simple que el de un segmento de collar de perlas. Todas las
variaciones de caracteres y todas las mutaciones corresponden a cambios en
la naturaleza o el orden de las perlas. En pocos años, la teoría del gen
transformó la representación del mundo vivo. Tanto las propiedades de
los animales y las plantas como su variación reposan en última instancia
sobre la permanencia de una estructura alojada en la célula y sobre sus
prestaciones. No obstante, el método de la caja negra tiene sus límites.
Aunque a principios de siglo permitió formalizar la herencia,
representarla por un sistema de signos simples y someterla al tratamiento
matemático, al desinteresarse por los engranajes deja un vacío entre el
gen y el carácter. A base de símbolos y fórmulas, la genética compone
una imagen del organismo cada vez más abstracta. El gen, ente de razón,
se presenta como una entidad sin cuerpo, sin densidad, sin sustancia. Se
hace necesario sustituir esta concepción abstracta por un contenido
concreto. La mecánica de la herencia requiere la presencia en los
cromosomas de una sustancia dotada de dos raras virtudes: el poder de
reproducirse con exactitud y el de influir a través de su actividad en
las propiedades del organismo. Encontrar la naturaleza de esta sustancia,
explicar el modo de acción de los genes, llenar el vacío entre gen y carácter,
fueron los objetivos que se marcaron los genéticos a mediados de siglo.
Sin embargo, ni el enfoque ni el material ni los conceptos de la genética
se prestan a dicho análisis. Para acceder a los detalles de la estructura
que regula la herencia no basta con observar unos cuantos caracteres,
seguir las recombinaciones a través de las generaciones y medir las
frecuencias de asociación. Se necesita una cooperación entre la genética
y la química. Las
enzimas En
oposición a la genética, la química de los seres vivos pertenece a la
rama de la biología que intenta reducir el organismo a sus constituyentes
elementales. Durante la segunda mitad del siglo xix, la química orgánica
delimitó su dominio. Ahora tiene que definir su posición en relación a
la química mineral y precisar la naturaleza de los compuestos que
estudia, así como el mecanismo de las reacciones propias de los seres
vivos. Hasta entonces, los químicos orgánicos se esforzaban sobre todo
por identificar la enorme variedad de compuestos que aislaban y luego
analizaban. Todas estas sustancias se caracterizaban por la presencia de
carbono. No obstante, todos esos compuestos podían clasificarse de
acuerdo con un abanico de criterios: según su tamaño, había moléculas
enormes y otras eran muy pequeñas; según su naturaleza, se distinguían
los azúcares, las grasas y las sustancias albuminosas; según su papel,
se distinguía entre sustancias plásticas y metabólicas; según su función,
se distinguían alcoholes, aldehídos, éteres, etc. A la lista, ya larga,
se sumaban continuamente sustancias nuevas, como el ácido rico en fósforo
aislado por Miescher en la misma época en que Mendel experimentaba sobre
la hibridación de los guisantes; su localización en el núcleo celular
le valió el nombre de ácido nucleico, pero no se le encontró ninguna
función. El análisis se limitaba casi siempre a extraer los compuestos a
partir de productos naturales, a aislarlos, a modificar su ordenación
para poner en evidencia lo más sutilmente posible los enlaces entre los
elementos. Los químicos eran capaces de descomponer las sustancias orgánicas,
pero no sabían cómo reconstituirlas. De hecho, se negaban a sí mismos
toda posibilidad de síntesis. Las transformaciones que acompañaban el
flujo de materia a través de un ser desafiaban las leyes de la química
mineral. Para desplazar con tanta precisión los átomos o los radicales,
para guiar tan certeramente cada elemento hacia su posición en la molécula,
para producir tan fielmente compuestos específicos, se necesitaba algo
distinto de las fuerzas que se manejaban en el laboratorio: se necesitaba
una fuerza vital. Situada en el límite entre lo viviente y lo inanimado,
la química orgánica erigía aquí una barrera que parecía
infranqueable. Sin
embargo, poco a poco el enfoque de la bioquímica va cambiando, y la
necesidad de recurrir a una fuerza que escapa a las leyes de la física,
se va desvaneciendo. Los obstáculos erigidos entre la química orgánica
y la química mineral se desmoronan uno tras otro. En primer lugar, los
conceptos de energía y de equivalencia asumen el papel que hasta entonces
había interpretado la fuerza vital. Hay energía en la estructura misma
de un compuesto químico, es decir, en las fuerzas que enlazan los átomos
de una molécula. Al romperse estos enlaces y reorganizarse nuevamente los
átomos en una estructura nueva con enlaces más débiles, el exceso de
energía aparece en forma de calor, luz, electricidad o movimiento. Se
puede calcular la energía contenida en un compuesto y medir la cantidad
de calor liberada por una reacción. Cuando se quema carbón, por ejemplo,
se rompen los lazos que unían los átomos de carbono por un lado y los de
oxígeno por otro, de manera que ambas clases de átomos pueden entonces
ligarse entre sí. Sin embargo, la energía contenida en los enlaces del
gas carbónico así formado es menor que la contenida en los enlaces que
unen los átomos de carbono en el carbón. Cuando un organismo consume
glucosa, sólo una fracción de ésta se transforma en compuestos orgánicos
específicos. El resto se quema, es decir, se combina con el oxígeno
liberando, además de gas carbónico y agua, energía. Ésta puede
perderse en forma de calor o bien reutilizarse en otras reacciones químicas.
En los seres vivos, las transformaciones químicas se realizan a través
de reacciones acopladas que permiten una transferencia de energía. Junto
al flujo de materia que atraviesa el organismo circula también un flujo
de energía. Ya no es necesario, sentencia Helmholtz, recurrir a ninguna
fuerza vital: «Existen quizás en el cuerpo vivo otros agentes además de
los que actúan en el mundo inorgánico; pero estas fuerzas, en tanto que
ejercen una influencia química y mecánica en el cuerpo, deben tener el
mismo carácter que las fuerzas inorgánicas ... ; no puede haber ninguna
elección arbitraria en la dirección de sus acciones». A partir de la
termodinámica se constituye una físico-química que calcula la energía
utilizable de los compuestos, determina la velocidad de las reacciones y
mide sus equilibrios. Poco a poco, las reglas de la química mineral se
hacen extensivas a los compuestos orgánicos. Para toda una serie de fenómenos
biológicos se verifica el juego del equilibrio químico y de la «acción
de masas». Las leyes de la dinámica química son las mismas para todos
los cuerpos, tanto en los seres vivos como en el laboratorio. El
segundo tema que contribuye a la unificación de la química orgánica y
la química mineral es la síntesis de compuestos orgánicos a partir del
carbono. Hay varias maneras posibles de producir un compuesto en el
laboratorio. Se puede hacer manipulando otras sustancias, dividiendo un
compuesto más complejo o añadiendo fragmentos a un cuerpo más simple.
También se puede construir toda la arquitectura de la molécula a partir
de sus elementos. Para el químico, sólo se puede hablar de «síntesis
completa» en este último caso. Sin embargo, hasta entonces la
posibilidad de aplicarla a los constituyentes de los seres vivos parecía
quedar excluida. En los compuestos orgánicos se encontraban elementos en
cantidad tan limitada, pero en proporciones tan rigurosas y en
combinaciones tan variadas que estas sustancias parecían fuera del
alcance de una síntesis en el laboratorio. Todos los esfuerzos para
reproducir los juegos de la naturaleza con el arte del químico habían
fracasado. Es cierto que Wöhler había logrado producir urea y ácido oxálico,
y Kolbe los ácidos salicílico y acético; pero, por un lado, se trataba
de reacciones excepcionales y no de un método sintético de aplicación
general, y, por otro lado, en todos los casos se partía de un compuesto
que ya era un derivado del carbono. Incapaz de combinar el carbono con el
hidrógeno, la química consideraba infranqueable el obstáculo entre lo
orgánico y lo mineral. Sólo la fuerza vital era capaz de oponerse a la
corriente de las fuerzas que actuaban sobre la materia. Según Liebig, el
químico orgánico no tenía ninguna obligación de verificar por la síntesis
los resultados del análisis. En
la segunda mitad del siglo, la cuestión de las síntesis orgánicas se
plantea en términos diferentes. Para Berthelot, se hace necesario «formar
los compuestos orgánicos a partir de elementos, sobre todo aquellos que
poseen funciones particulares distintas de las propias de los compuestos
conocidos en química mineral». Ya no se trata de obtener algunos
compuestos por procedimientos excepcionales. Lo que interesa es poner a
punto un método que permita producir los compuestos orgánicos más
diversos, recorrer la serie entera. Esto es posible porque la química orgánica
se fundamenta en las propiedades del carbono. «Los compuestos orgánicos»,
dice Berthelot, «pueden clasificarse según ocho funciones o tipos
fundamentales que comprenden todos los compuestos conocidos hasta la fecha
y todos los que podemos esperar obtener.» Estas ocho funciones pueden
agruparse a su vez según el número de elementos asociados al carbono.
Existe así una primera clase formada por los compuestos de dos elementos
solamente, los carburos de hidrógeno; una segunda clase de cuerpos con
tres elementos —carbono, hidrógeno y oxígeno— que agrupa cuatro
funciones: alcoholes, aldehídos, ácidos y éteres; una tercera clase de
compuestos nitrogenados que incluye dos funciones: álcalis y amidas; la
última clase incluye la función de los «radicales metálicos compuestos»,
que contienen metales fijados sobre ciertos éteres. El orden de
complejidad impone el de la síntesis, puesto que la dificultad principal
reside en la primera etapa, cuando se obliga al carbono a establecer
nuevas uniones con otros elementos, en particular con el hidrógeno. Una
vez formados los carburos de hidrógeno, todas las demás funciones pueden
derivarse de ellos. Sin embargo, la asociación del carbón con otros
elementos no constituye una operación puramente empírica. Tiene un
fundamento teórico que se basa en el concepto de valencia. Según Kékulé,
lo que distingue al carbono y le otorga una posición única el el mundo
viviente es su «tetravalencia». Cada átomo de carbono tiene capacidad
de formar cuatro uniones con otros átomos, uniones que serán «saturadas»
o «no saturadas» por otros elementos. Una serie de seis átomos de
carbono unidos dos a dos puede formar una cadena que se cierra sobre sí
misma en un «ciclo» o «núcleo aromático». La tetravalencia del
carbono hace posible precisar la posición respectiva de los átomos en un
compuesto, caracterizar los enlaces entre ellos, definir los isómeros según
su distribución espacial; en suma, representar cualquier molécula orgánica
mediante un sistema de símbolos y predecir sus propiedades químicas. A
partir de ahí pueden deducirse las leyes generales que rigen la
hidrogenación del carbono y las proporciones de los elementos necesarios
para obtener un compuesto dado. Por efecto de una descarga eléctrica o
del calor, el carbono se une directamente al hidrógeno para producir los
hidrocarburos más simples como el acetileno o el etileno. A través de
una serie de sustituciones se puede llegar a sintetizar paso a paso el
conjunto de los carburos de hidrógeno. Estos métodos, dice Berthelot, «son
generales y permiten formar todos los carburos a partir de sus elementos;
se establece así la unión definitiva entre la química orgánica y la química
mineral, ambas procedentes de los mismos principios de mecánica molecular».
Los hidrocarburos representan los esqueletos carbonados que pueden
incorporar, por simple fijación de hidrógeno y agua, las demás
funciones, bien directamente transformando un carburo en alcohol, aldehído,
ácido, etc., bien indirectamente formando primero un alcohol que
enseguida se transforma en aldehído, ácido, etc. De este modo, a partir
de los elementos, bajo la sola influencia de las «afinidades químicas»
y de fuerzas físicas como la electricidad o el calor, y por métodos de
laboratorio, se llega a producir una gran cantidad de compuestos orgánicos
naturales. Esta síntesis, que remeda los mecanismos que rigen en
vegetales y animales, lleva a Berthelot a afirmar que «en contra de las
antiguas opiniones, los efectos químicos de la vida resultan del juego de
las fuerzas químicas ordinarias, del mismo modo que los efectos físicos
y mecánicos de la vida se derivan de fuerzas puramente físicas y mecánicas.
En ambos casos las fuerzas moleculares puestas en juego son las mismas,
puesto que tienen como resultado los mismos efectoS». Pero los químicos
no se contentan con imitar la naturaleza y reproducir sus compuestos.
También pueden crear cuerpos inéditos, sustancias inexistentes pero
parecidas a los productos naturales y que participan de sus propiedades.
Se materializan así, de alguna manera, las leyes abstractas que persigue
la química. Ya no se trata sólo de imaginar las transformaciones que
hubieran podido producirse alguna vez en la química de los seres. Podemos
pretender, dice Berthelot, «concebir los tipos generales de todas las
sustancias posibles y realizarlas.... formar de nuevo todas las materias
que se han desarrollado desde el origen de las cosas, en las mismas
condiciones, en virtud de las mismas leyes, según las mismas fuerzas de
la naturaleza que posibilitaron su formación». Ya no hay límite teórico
alguno para la química orgánica. Finalmente,
y como consecuencia de un giro sorprendente que lleva a la química a
inmiscuirse en un campo antes reservado a los naturalistas, desaparecerá
toda distinción entre reacciones en vivo y reacciones en el laboratorio.
En efecto, son los métodos de la química los que revelan el papel de los
microorganismos en este mundo, además de borrar las últimas trazas de la
generación espontánea. Hasta ese momento las sustancias orgánicas se
caracterizaban por su composición y sus funciones químicas. Hacia el fin
del siglo aumenta la importancia de la estructura molecular y de la posición
relativa de los átomos, ya que ciertos cuerpos, llamados isómeros, aun
teniendo idéntica composición se diferencian en sus propiedades. La
especie química, dice Pasteur, «es la colección de todos los individuos
idénticos en cuanto a naturaleza, proporción y ordenación de sus
elementos; todas las propiedades de los cuerpos son una función de estos
tres términos». Ciertas características ópticas de los cuerpos se
pueden ligar a su «disimetría molecular», con lo que el análisis
cuenta con una nueva arma. Pero entonces surge la imposibilidad de
reproducir en el laboratorio la disimetría que se observa en los
productos naturales. Todos los productos artificiales, dice Pasteur, «tienen
imágenes superponibles; por el contrario, la mayoría de productos orgánicos
naturales.... los que tienen un papel esencial en los fenómenos de la
vida vegetal y animal, son disimétricos». Así pues, los compuestos
propios de los organismos poseen una cualidad que los distingue de esos
mismos compuestos cuando son producidos en el laboratorio. En todos los
seres vivos existe, por lo tanto, una fuerza de origen desconocido que
introduce una disimetría en las actividades químicas y que no se puede
imitar en el laboratorio. A través de esta disimetría la química se
introducirá en el mundo de los seres microscópicos, por mediación de
las fermentaciones. Toda fermentación pone en juego dos factores, uno
pasivo y otro activo. El primero es la sustancia fermentable (azúcar, por
ejemplo) que sufre una transformación bajo la influencia del segundo, el
fermento, factor nitrogenado de naturaleza «albuminoide». Para Liebig,
el poder fermentador era la propiedad de ciertas sustancias orgánicas en
estado de «metamorfosis» y capaces de transmitir este carácter a las
sustancias vecinas. Para Berzelius, en cambio, era una propiedad «catalítica»
que confería a una sustancia la capacidad de transformar otra sin
intervenir ella misma en la transformación. En todos los casos, el papel
de fermento correspondía a una sustancia albuminosa a la que alguna
fuerza misteriosa confería la capacidad de actuar por contacto sobre los
cuerpos fermentables. En todos los casos, el poder fermentador era un carácter
no del ser vivo en su totalidad, sino de algunos de sus constituyentes. La
interpretación de estos fenómenos cambia completamente a partir de
Pasteur. Si los seres vivos introducen en las reacciones químicas una
disimetría molecular, ésta, como contrapartida, señala la presencia de
un ser vivo. Aquí se invierte el proceder usual de la ciencia. Lo
habitual es que la ciencia proceda del conocimiento teórico a las
cuestiones prácticas, pero en este caso sigue el camino opuesto. Las
industrias productoras de cerveza, vino y licores proporcionan a Pasteur
la oportunidad de asociar íntimamente la práctica biológica a la química.
Las desviaciones de las fermentaciones, las «enfermedades» de la cerveza
o el vino, provocan la formación de compuestos disimétricos, lo que
indica la presencia de seres vivos. Para Pasteur, lo anormal, lo patológico,
no proporciona un modelo que sirva para reproducir la fisiología, sino
que constituye un punto de partida para la experimentación. Señala un
fenómeno que el análisis transforma en proceso fisiológico. Las anomalías
de una fermentación se convierten simplemente en otras formas de
fermentación. Ya sea alcohólica, amílica, «viscosa», acética, láctica,
butírica, etc., cualquier fermentación conlleva la multiplicación de
seres microscópicos. «Los verdaderos fermentos», dice Pasteur, «son
seres organizados.» Además, a cada tipo de fermentación corresponde un
tipo particular de organismo que se puede aislar, cultivar y estudiar.
Para un sustrato dado, la especificidad del organismo determina la de las
reacciones químicas y, en consecuencia, la de la fermentación. Esto no
significa que una misma sustancia no pueda fermentar por la acción de
organismos diferentes, ni que un mismo organismo no pueda fermentar varias
sustancias. De hecho, en una fermentación se produce todo un espectro de
compuestos; y es el conjunto del espectro lo que caracteriza al organismo.
«Cada fermentación», dice Pasteur, «tiene una ecuación que se le
puede asignar de manera general, pero que, en el detalle, está sometida a
las mil variaciones que comportan los fenómenos de la vida.» Tanto la
fermentación por microorganismos, como la nutrición de los animales
reflejan las actividades químicas, el metabolismo, del ser vivo. Puede
verse cuánto difiere esta postura de las precedentes. No sólo modifica
la naturaleza de las relaciones entre biología y química, sino también
la representación del mundo vivo en general, las relaciones que se tejen
entre los seres y el reparto de papeles en las actividades químicas que
se desarrollan en este planeta. De pronto, el mundo invisible revelado por
la invención del microscopio, inexplorado y casi ignorado desde finales
del siglo XVII, tiene ya un sitio, un significado y una función
atribuibles. El enfoque de Pasteur se basa en dos factores distintos que
desarrolla en paralelo. Por un lado está la especificidad del
microorganismo que impone la naturaleza de las reacciones de fermentación,
del mismo modo que la causa engendra el efecto. El concepto de
especificidad se extiende entonces a un campo imprevisto, el de la patología:
toda una serie de enfermedades en el hombre y los animales se convierten
en la consecuencia de la invasión del organismo por un «germen»
particular. Tal es la confianza en la validez de este principio que se
aplica incluso a casos en los que no es posible ver ni cultivar en un tubo
de ensayo los agentes causales (que luego se conocerán como virus). No
hace falta señalar la importancia que ha tenido desde entonces el
concepto de infección por bacterias y de virus en la medicina, humana o
veterinaria, y en la agricultura. Sin
embargo, aunque se haya exorcizado el demonio de la generación espontánea,
queda el del vitalismo, que adquiere un vigor renovado. El final del siglo
xix se encuentra frente a una paradoja: por un lado, tanto el análisis de
las reacciones y de su equilibrio como las operaciones de síntesis niegan
toda singularidad a la química de los seres vivos; por otro lado, la
cristalografía otorga una cualidad particular a los constituyentes de lo
viviente y la microbiología considera el poder fermentador una propiedad
exclusiva de los seres organizados. Este hecho genera polémicas
interminables y cargadas de pasión. Por otra parte, se conocía desde
hace tiempo la existencia de «diastasas» solubles capaces de provocar,
en un tubo de ensayo y en ausencia de cualquier organismo, la degradación
de ciertos azúcares o ciertos compuestos albuminosos. Es preciso, por lo
tanto, distinguir entre dos clases de fermentos, según estén o no «organizados».
Pero al comenzar el siglo xx los químicos están ya en disposición de
resolver este problema. Se trituran las células, se obtienen extractos y
se investigan los fermentos que contienen. Machacando con arena una masa
de levadura seca, Büchner constató, que el «jugo de levadura» extraído
de cualquier célula viva por filtración puede aún provocar la
fermentación de la glucosa en alcohol. Para Büchner, «esto demuestra
que los procesos de fermentación no exigen el complicado equipamiento que
supone la célula de levadura. Es verosímil que el agente del jugo activo
en la fermentación sea una sustancia soluble y, sin duda, albuminosa». Todos
los fermentos conocidos se comportan, por lo tanto, del mismo modo. Todos
son sustancias y no seres vivos. Todos pueden actuar fuera del organismo.
A partir de aquí se revelan las actividades catalíticas más variadas:
los químicos hallan diastasas que atacan específicamente las grasas,
otras sólo ciertos azúcares, y otras sólo las sustancias albuminosas.
Con el desarrollo de la físico-química, sin embargo, la catálisis
pierde mucho de su misterio. Se miden los parámetros de una reacción química,
su velocidad, su equilibrio y su reversibilidad. El efecto catalítico sólo
influye en uno de esos parámetros: la velocidad. La catálisis, como la
temperatura, incrementa la velocidad de reacción. Ostwald define los
procesos catalíticos como «aquellos procesos en los que la velocidad de
la reacción cambia, debido a la presencia de cuerpos que se encuentran al
final de la reacción en el mismo estado que al principio; estos cuerpos
modifican solamente la velocidad de la reacción, pero no intervienen en
su fórmula». Los efectos catalíticos no se restringen a la química de
lo viviente. Se conocen cuerpos minerales (metales pesados como, por
ejemplo, la viruta de platino) que catalizan toda una serie de reacciones
en el laboratorio. La diferencia principal entre estos catalizadores
minerales y las diastasas es la especificidad de estas últimas, cada una
de las cuales cataliza una reacción concreta. Desaparece así el obstáculo
que, desde Lavoisier, limitaba el análisis de las reacciones en los seres
vivos, y se hace posible someter los procesos del organismo a las leyes de
la dinámica química. La
experiencia de Büchner de la fermentación de la glucosa en etanol por un
extracto sin células inaugura una nueva química. La importancia del
trabajo de Büchner no reside sólo en la nueva luz que aporta a la química
de lo viviente sino, sobre todo, en la vía que abre al análisis químico.
Cuando se trabaja con tejidos o células enteras resulta muy difícil, a
veces imposible, hacer penetrar ciertos compuestos a través de la
membrana celular. Con los extractos, en cambio, resulta relativamente fácil
intervenir en una reacción: se pueden añadir compuestos susceptibles de
influir en la reacción, eliminar otros e investigar inhibidores. No es
exagerado decir que, desde entonces, el análisis de extractos celulares
se ha convertido en el método principal de los químicos que estudian los
seres vivos. De esta forma se individualiza, a principios de siglo, una
rama nueva de la química: la química biológica. La química orgánica
continúa interesándose por el conjunto de los derivados del carbono,
estudiando sus propiedades y produciendo nuevos cuerpos por síntesis. La
química biológica, por el contrario, se centra en el análisis de los
constituyentes de los seres vivos y sus transformaciones en relación con
el funcionamiento del organismo. Situada en el corazón mismo de la biología,
la química biológica se relaciona con las otras disciplinas que analizan
los diferentes aspectos de los seres. Sin embargo, se distingue de ellas
por sus métodos, sus objetivos y su concepción del organismo. Para la química
biológica, cuando se destruye la organización de un ser desaparece la
vida, pero no en todas sus manifestaciones. La disociación del organismo
interrumpe fenómenos como la reproducción o el crecimiento, pero otros,
como la fermentación, prosiguen. El papel de la química biológica
consiste, dice Loeb, en «distinguir las funciones que dependen de la
constitución química de aquellas que suponen además una estructura física
particular de la sustancia viva». En
los inicios de la química biológica pueden discernirse dos corrientes.
La primera intenta precisar la naturaleza del contenido celular en su
conjunto y analizar el «protoplasma» en términos físico-químicos. En
esta época, el límite estructural viene dado por el poder resolutivo del
microscopio óptico. En la célula se perciben estructuras tales como el núcleo,
la membrana, las mitocondrias, etc. El «protoplasma» no tiene una auténtica
estructura. Es una especie de emulsión, una suspensión de gránulos o «micelas»
en un líquido, un coloide. Así lo afirma Loeb: «Las sustancias que
componen la materia viva, ya sean líquidos o sólidos, son coloides». Los
coloides, en oposición a los cristaloides, no son patrimonio de lo
viviente, pues se pueden preparar en el laboratorio; una suspensión de
partículas de oro o platino en agua, por ejemplo, es un coloide. Este
tipo de suspensión posee cualidades especiales —estabilidad, superficie
activa, cargas eléctricas — que favorecen las reacciones químicas y
contribuyen a la catálisis. Los cuerpos albuminosos y las grasas extraídos
de organismos diversos producen fácilmente soluciones coloidales. A fin
de cuentas, por encima de la variedad de estructuras visibles en los seres
vivos, a simple vista o al microscopio, la naturaleza coloidal del
protoplasma es la que da a las células su carácter propio. «La vida»,
dice Loeb, «está ligada a la persistencia de ciertas soluciones
coloidales. Los agentes que hacen pasar todos los coloides al estado de
gel acaban también con la vida.» Es lo que ocurre cuando se coagulan las
albúminas por la acción del calor o de ciertos metales. Si se pudieran
destruir las estructuras visibles respetando la naturaleza coloidal del
protoplasma, debería ser posible analizarlo. Sin embargo, los medios de
estudio a principios de siglo son todavía insuficientes. Sólo el
desarrollo de los métodos físicos, en particular la ultracentrifugación,
permitirá interpretar el contenido de la célula no ya en términos de
coloides, sino de moléculas. La
segunda corriente de la bioquímica se centra en el análisis de los
constituyentes y las reacciones celulares, siguiendo la vía abierta por Büchner.
Se trata, en primer lugar, de precisar las diferentes etapas de la
degradación de la glucosa por la levadura. Pero muy pronto el estudio se
amplía a otras reacciones, y este tipo de análisis bioquímico
experimenta un desarrollo considerable a principios de siglo. Una vez
identificado un fenómeno, la bioquímica se esfuerza por precisar las
reacciones, aislar los constituyentes en juego y purificarlos para
analizar su naturaleza y funcionamiento, con vistas a reconstruir el
conjunto que ha destruido, reunir los cuerpos que ha separado, para formar
un «sistema» del que se puedan estudiar las propiedades, medir los parámetros
y precisar las exigencias. La reacción puede representarse entonces con
los símbolos de la química. Al reducir los seres vivos a sus
constituyentes y estudiar los compuestos aislados, sus características y
sus interacciones, la bioquímica se opone a la mayoría de las
disciplinas biológicas. Éstas la acusan de estudiar objetos que ya nada
tienen que ver con los seres vivos, de crear artefactos y de querer
explicar el funcionamiento del todo sólo por el de las partes; en fin, de
sacar conclusiones falsas de su análisis. Mal pertrechada para resistir
este tipo de críticas, la química biológica se esfuerza no obstante por
evitarlas, para lo cual, en cada etapa de su análisis, compara los fenómenos
estudiados en el tubo de ensayo con lo que ocurre en el organismo. Los
bioquímicos preparan sus extractos a partir de tejidos animales o
cultivos de microorganismos. Ciertos materiales, como el hígado de rata,
el músculo de palomo o la suspensión de levaduras, constituyen un
material privilegiado por su facilidad de obtención y de manejo. Lo que
se busca en los extractos es identificar moléculas y desencadenar
reacciones. De acuerdo con su naturaleza, las sustancias que componen los
tejidos vivientes pueden clasificarse en tres categorías: azúcares o sacáridos,
grasas o lípidos, y albuminoides o proteínas. Dentro de cada clase hay
moléculas grandes y pequeñas. Inestables y difíciles de aislar y
caracterizar, las moléculas grandes, en particular las proteínas, no son
todavía verdaderos objetos de análisis. Ni los medios ni los conceptos
disponibles permiten tratarlas de la manera apropiada. Las moléculas
pequeñas sí se prestan a los métodos de la química orgánica. Se
pueden purificar y analizar, estudiar sus propiedades y seguir su
transformación a través del metabolismo. Muchas veces se llega incluso a
sintetizarlas. El número y la variedad de estas moléculas aumentan
constantemente, al igual que el de las reacciones por las cuales se
transforman en el organismo. En el laboratorio y a la temperatura del
cuerpo, estas reacciones proceden con una lentitud extrema. No obstante,
para cada reacción se encuentra una actividad catalítica particular, una
diastasa, una «enzima» como se la llamará después, que aumenta varios
millares de veces la velocidad de reacción. Se analizan las cinéticas y
se describen sus características. Poco a poco, para cada una de las
reacciones que se identifican se descubre la actividad enzimática
correspondiente. Cada enzima se designa por el nombre de su sustrato añadiéndole
el sufijo asa. Hay enzimas para la degradación de todas las clases
de compuestos, sucrasas, lipasas, proteasas. En una clase como la de las
sucrasas, existen enzimas particulares para cada tipo de azúcar: una
amilasa, una lactasa y una sacarasa. También existen enzimas como la
maltasa, capaces no sólo de degradar un azúcar sino, en ciertas
condiciones, de resintetizarlo a partir de los productos de su degradación.
Hay incluso enzimas encargadas de los procesos de respiración. Desde
Lavoisier se sabía que la respiración es una combustión, aunque de un
tipo particular, ya que se efectúa lentamente y a baja temperatura, pero
a principios del siglo xx la respiración se convierte en el resultado de
actividades enzimáticas especializadas que catalizan la oxidación lenta
de los alimentos en pasos sucesivos. Primero los alimentos se digieren, y
luego los productos de la digestión se oxidan por la extracción de átomos
de hidrógeno. Oxidaciones y reducciones se acoplan gracias a unas moléculas
pequeñas capaces de oxidarse o reducirse alternativamente a gran
velocidad. La respiración se transforma entonces en un juego de
reacciones de óxido-reducción, cada una catalizada por una enzima. De
esta forma se transfieren electrones a lo largo de una cadena que comienza
en los metabolitos y acaba en el oxígeno molecular. En las fermentaciones
que tienen lugar en ausencia de oxígeno, éste es reemplazado por ciertos
compuestos orgánicos. Pero siempre se encuentra una enzima particular
para activar la correspondiente reacción. En esto consiste la
especificidad de los efectos catalíticos en la química de lo viviente,
que puede describirse con el aforismo: una reacción, una enzima. En
consecuencia, una vez precisada su acción, las enzimas proporcionan a la
química una nueva arma tanto para el análisis como para la síntesis.
Con ayuda de las enzimas que él mismo caracteriza, el bioquímico es
capaz de manipular a su antojo las moléculas celulares pequeñas, de
cortarlas o agrandarlas con precisión, de reducir un átomo aquí o añadir
un radical allá. El bioquímico adquiere de este modo una seguridad y un
virtuosismo hasta entonces inimaginables. Pertrechada
de materiales y métodos nuevos, la bioquímica elabora toda una serie de
conceptos propios. En primer lugar, la identificación de compuestos y
reacciones cada vez más numerosos lleva al concepto de «metabolismo
intermediario». Por ello se entiende el conjunto de reacciones por las
cuales los alimentos se transforman en compuestos específicos. Era
evidente desde antiguo que un alimento no contiene todos los cuerpos que
constituyen un organismo o una célula. Así pues, era necesario que estos
alimentos fueran descompuestos y luego, con los productos resultantes, se
ensamblaran los compuestos específicos. Es lo que ilustran todas las
observaciones hechas sobre el crecimiento de los microorganismos desde
Pasteur: la levadura, por ejemplo, es capaz de multiplicarse en medios
perfectamente definidos que contienen sales minerales y un sólo compuesto
orgánico, glucosa u otro azúcar, corno fuente de carbono y de energía.
Una vez ha penetrado en la célula, es preciso que la glucosa se
transforme para dar nacimiento a todos los compuestos indispensables para
el crecimiento y la vida de la levadura. Estas transformaciones no se
efectúan de golpe, sino que se descomponen en una serie de etapas, cada
una de ellas simple y accesible al análisis. Corresponden, por tanto, a
cadenas de reacciones que ponen en juego a toda una serie de
intermediarios que casi nunca juegan un papel fisiológico particular,
sino que representan cada uno de ellos el producto de una reacción y el
sustrato de la siguiente. Los alimentos son tratados primeramente por
enzimas específicas que los descomponen, los fragmentan y los transforman
en moléculas pequeñas. Éstas sirven luego de sustrato a otras enzimas
que las remodelan, añaden átomos, sustituyen radicales, las alargan y
sueldan; en otras palabras, fabrican los constituyentes propios del
organismo. En esta suerte de factoría química, las cadenas de
descomposición producen un enjambre de moléculas pequeñas que es
transformado en compuestos específicos por las cadenas de síntesis.
Muchas veces se encuentran las mismas cadenas metabólicas en organismos
diferentes. La degradación de la glucosa, por ejemplo, durante la
fermentación de la levadura o durante la contracción de un músculo en
ausencia de oxígeno se realiza a través de las mismas reacciones e
intermediarios. Se perfila así la unidad de la química del mundo vivo. Para
la bioquímica, los alimentos deben abastecer al organismo no sólo de
materiales de construcción, sino también de energía. Cuando una
levadura utiliza un azúcar para crecer, en presencia o en ausencia de
aire, por respiración o por fermentación, sólo una parte del azúcar
consumido pasa a formar parte de la levadura. El resto proporciona la
energía necesaria para su trabajo. Para crecer y multiplicarse, y para
mantener su orden a contracorriente de la degradación del universo, los
organismos deben recibir energía del exterior. La energía consumida por
la mayoría de los seres vivos procede, en última instancia, del Sol. Sin
embargo, los distintos tipos de organismos se procuran la energía de
varias maneras. Algunos, corno las plantas, obtienen directamente su energía
de la luz solar por medio de la fotosíntesis; otros, como ciertas
bacterias, la obtienen de la oxidación de compuestos minerales, y otros,
como la mayoría de animales, la obtienen de la oxidación de compuestos
orgánicos. En cualquier caso, y para que esté disponible en el momento
oportuno, la energía se almacena en forma química. Para los bioquímicos,
la energía se acumula en ciertos compuestos fosforados con enlaces de «alto
potencial energético». A través de la formación, la rotura o la
transferencia de estos enlaces se acumula, se libera o se intercambia la
energía que contienen. Finalmente, un mismo compuesto, común al conjunto
del mundo vivo, hace de acumulador de energía en todos los organismos
conocidos. Se trate de bacterias o de mamíferos, de respiración o de
fermentación, la degradación de un azúcar se efectúa siempre a través
de una serie de operaciones parecidas: las mismas etapas y reacciones que
desembocan en la producción del mismo compuesto de alto potencial energético.
La noción de una unidad de funcionamiento para el conjunto de los seres
vivos adquiere cada vez más fuerza. Ahora
se puede analizar más a fondo la nutrición de los organismos, precisar
sus exigencias alimentarias y averiguar lo que es indispensable para su
crecimiento y su reproducción. Ciertos compuestos, llamados «vitaminas»,
resultan ser necesarios para la salud y la vida de los mamíferos. Otros,
llamados «factores de crecimiento», son necesarios para la multiplicación
de ciertos microbios. Al precisar la naturaleza de los compuestos
requeridos por organismos tan diferentes corno las bacterias y los mamíferos,
fisiólogos y bioquímicos encuentran analogías singulares: los factores
necesarios para las bacterias se identifican a menudo con las vitaminas
indispensables para los mamíferos. Además, estos compuestos no se
encuentran solamente en los organismos que los obtienen de su alimento,
sino en todos los seres vivos. Ciertos organismos son capaces de
sintetizar por sí solos estos compuestos, mientras que otros no pueden
hacerlo. Estos últimos necesitan incorporar los compuestos que no pueden
elaborar. De ahí la noción de «metabolitos esenciales» para la vida de
los organismos. La unidad del mundo viviente no se perfila sólo en el
funcionamiento de los organismos, sino también en su composición. Así
pues, en la primera mitad de este siglo la experimentación ha encontrado
una vía de acceso a la química de lo viviente. Las reacciones se
estudian por centenares en los tubos de ensayo. Se analiza un número
considerable de compuestos relativamente simples. Se trazan las
transformaciones por las cuales se constituyen las reservas de energía y
se elaboran los materiales de construcción. Cuanto más se precisan estas
reacciones, menos se distinguen de la química de laboratorio. La
originalidad de la química de los seres vivos reside sobre todo en las
enzimas. Gracias a la especificidad de la catálisis enzimática, a su
precisión y eficacia, se ha podido tejer la red de todas las operaciones
químicas en el espacio minúsculo de la célula. Esta misma selectividad,
que permite a cada enzima escoger uno solo de los isómeros ópticos de un
mismo compuesto, imprime una disimetría en la química de lo viviente. Se
persigue caracterizar las enzimas y determinar su naturaleza y su modo de
acción. Poco a poco, los bioquímicos empiezan a asociar las actividades
enzimáticas a la presencia de proteínas. Cada propiedad enzimática
particular se convierte en atributo de una proteína particular. El
secreto de la química de los seres vivos hay que buscarlo en la
naturaleza y las cualidades de las proteínas. Sin embargo, los métodos
de la bioquímica que convienen al análisis de moléculas relativamente
simples no parecen ser aptos para el análisis de estas enormes
arquitecturas moleculares. Frágiles e inestables, las proteínas se
desnaturalizan fácilmente. Difíciles de manejar, escapan a los medios clásicos
de estudio. Descomponiéndolas de varias maneras se observa que están
formadas por unidades moleculares simples, los «aminoácidos», enlazados
por centenares en cada molécula de proteína. Poco a poco se ponen a
punto métodos nuevos para prepararlas, aislarlas y purificarlas. Se llega
incluso a cristalizar ciertas proteínas-enzimas, como si fueran sales metálicas.
Otro obstáculo que desaparece entre las dos químicas. No obstante, las
proteínas continúan siendo excepcionalmente complejas. La bioquímica no
encuentra todavía la manera de acceder a la estructura de estas moléculas
ni a la disposición de los aminoácidos que determina el poder de fijar
específicamente un metabolito con exclusión de cualquier otro y de
catalizar su transformación. El análisis de las proteínas exige técnicas
y conceptos nuevos. Éstos no estarán disponibles hasta mediados de este
siglo, bajo la influencia conjugada de la física, la química de los polímeros
y la teoría de la información. A
principios del siglo xx las dos nuevas ciencias, la genética y la bioquímica,
imprimen un giro nuevo a la biología. En primer lugar, porque ambas
introducen el rigor hasta entonces desconocido de los métodos
cuantitativos: no basta ya con constatar la existencia de un fenómeno; en
adelante es preciso valorar los parámetros, medir las velocidades de las
reacciones o las frecuencias de recombinación, determinar una constante
de equilibrio o una tasa de mutación. En segundo lugar, porque ambas
desplazan el centro de actividad en los seres vivos. Éstos ya no se
escalonan en profundidad por la sola disposición de órganos y funciones;
ya no se enroscan alrededor de un centro vital de donde surge la
organización. Para la bioquímica, la actividad del organismo se dispersa
en el ámbito de cada célula, en los miles de gotitas coloidales donde se
efectúan las reacciones químicas y se construyen las arquitecturas. Para
la genética, dicha actividad se concentra en el núcleo celular, en el
movimiento de los cromosomas, donde se deciden las formas, se determinan
las funciones y se perpetúa la especie. Cada ciencia se refiere a su
propio modelo. Los químicos hablan de estructuras moleculares y de catálisis
enzimática; explican cómo los organismos obtienen energía del medio y
remontan de este modo el curso natural de las cosas; ya no hay sólo un
flujo de materia que atraviesa el organismo, sino también un flujo de
energía. Los genéticos describen la anatomía y la fisiología de una
estructura de tercer orden situada en los cromosomas; atribuyen a su
fijeza la memoria de la especie, y a sus cambios la aparición de especies
nuevas. Las cualidades de los seres vivos descansan finalmente sobre dos
entidades nuevas: lo que los bioquímicos llaman proteína y lo que los
genéticos denominan gen. La primera es la unidad de actuación química,
que ejecuta las reacciones y da a los cuerpos vivos su estructura. La
segunda es la unidad de herencia, que rige a la vez la reproducción de
una función y su variación. El gen gobierna, la proteína ejecuta. A
mediados de siglo las dos ciencias se encuentran prácticamente en el
mismo punto. Cada una de ellas ha logrado descubrir el elemento unitario
que está en el centro de su campo de investigación. Cada una de ellas
conoce, por lo tanto, el objeto de los análisis venideros. Pero ambas se
encuentran desprovistas de los medios necesarios para emprenderlos. De
hecho, antes de la última guerra la biología se convirtió en una
ciencia compartimentada. Cada especialista se consagra al estudio de sus
problemas con su propio material. En el mismo instituto, a veces incluso
en la misma planta, cohabitan a menudo dos colegas que se interesan uno
por los genes y el otro por las moléculas. Las conclusiones de la genética
exigen la presencia en los cromosomas de una sustancia con dotes poco
comunes: por un lado, debe determinar las estructuras y funciones de los
cuerpos vivientes; por otro, debe producir copias rigurosamente idénticas
de sí misma sin excluir la posibilidad de variaciones ocasionales. La química
encuentra en los núcleos celulares dos clases de sustancias: las proteínas
y el ácido aislado por Miescher en el siglo pasado y que denominó «nucleico».
Pero la estructura de este último todavía se conoce mal. Se sabe que está
compuesto por cuatro moléculas particulares, dos «bases púricas» y dos
«bases pirimidínicas», unidas cada una de ellas a un azúcar y un grupo
fosfato en un «nucleótido». Los cuatro compuestos se asocian en la
forma de un «tetranucleótido». Así, el ácido nucleico aparece como
una especie molecular sin variedad ni fantasía, y por lo tanto sin
ninguna aptitud para ejercer papel alguno en la herencia. Este papel se
adjudica a las proteínas, aunque sus propiedades se prestan poco al
mismo. Por su complejidad, la herencia parece situarse fuera del alcance
de la química experimental. «Cuantos más descubrimientos se hacen sobre
la herencia», dice J.B.S. Haldane, «más difícil resulta imaginar en términos
físicos o químicos una descripción o una explicación capaz de englobar
todos los hechos de una coordinación persistente.» A
finales del siglo xix y principios del xx desapareció el viejo vitalismo
al que tuvo que recurrir al principio la biología para adquirir su
independencia. Ante el desarrollo de la ciencia experimental, de la genética
y la bioquímica, ya no se puede, razones místicas aparte, invocar
seriamente ningún principio de origen desconocido, un x cuya
esencia escapa a las leyes de la física, para explicar los seres vivos y
sus propiedades. Sí la física no está en condiciones de explicar el
conjunto de los fenómenos vitales, ello no se debe a la existencia de una
fuerza reservada al mundo vivo y situada más allá de todo conocimiento,
sino a las limitaciones inherentes a la observación y el análisis, y a
la complejidad propia de los seres vivos. Así como ciertas características
de los átomos no pueden ya reducirse a la mecánica, podría ser que
ciertas particularidades de la célula no puedan interpretarse en los términos
de la física atómica. Para Niels Bohr, «constatar la importancia de las
propiedades de los átomos en las funciones de los seres vivos no basta
para explicar los fenómenos biológicos. El problema consiste, pues, en
saber si todavía falta algún dato fundamental. Para analizar los fenómenos
naturales antes de comprender la vida sobre la base de la experiencia de
la física... En este caso la existencia de la vida debería considerarse
como un hecho elemental sin explicación posible, como un punto de partida
para la biología, del mismo modo que el cuanto de acción, que aparece
corno un elemento irracional para la mecánica clásica, constituye con
las partículas elementales el fundamento de la física atómica». Lo que
podría entonces imponer un límite al conocimiento del mundo vivo no es
ya una diferencia de naturaleza entre lo viviente y lo inanimado. Es la
insuficiencia de nuestros medios o, dicho de otro modo, de nuestras
posibilidades de análisis. A esto hay que añadir en los constituyentes
de los seres vivos una complejidad sin comparación posible con la de las
moléculas estudiadas por la física y la química clásicas. Podría
darse el hecho de que los seres vivos, lejos de escapar a las leyes de la
física, pusieran en juego, como dice Schrödinger, «otras leyes de la física,
todavía desconocidas, pero que, una vez descubiertas, formarán parte
integrante de esta ciencia». Ya no es necesario, por lo tanto, recurrir a
una fuerza misteriosa para justificar el origen, las propiedades y el
comportamiento de los seres vivos. Se trata de saber si las leyes descubiertas en el análisis de la materia son suficientes o si hay que seguir buscando. Para constituirse en ciencia, la biología tuvo que separarse radicalmente de la física y de la química. A mediados del siglo xx, para llevar a cabo el análisis de la estructura de los seres vivos y de su funcionamiento, necesita asociarse estrechamente con ellas. De esta unión nacerá la biología molecular.
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