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abril 2003


UNA ESPECIAL VISIÓN COMPARTIDA   (cuentos cortos inéditos),

Elisabeth Buisan (Barcelona, 1962)

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Elisabeth Buisan, según ella misma:
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"Aún no me he detenido en mi mejor tiempo. Ni he entrado todavía en la escena del saber.
Mas aquí queda recogida en su síntesis, un resumen de las páginas de mi vida. Nací hace ya 40 años en el seno de una familia humilde. Mi padre era de actitud idealista y soñadora, en cambio mi madre es una mujer muy trabajadora y con raíces fuertes en el mundo real. 
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No tuve una revelación ni una llamada al difícil arte de la escritura, simplemente, desde que tengo memoria tramaba historias con trasfondo introspectivo. Y todo ello propiciado por mi padre que amaba los libros y por la voluntariosa terquedad de mi madre. Así sigilosamente he manchado cuadernos y libretas con poesías, cuentos y relatos.

El Arte siempre me atrajo en todas sus vertientes: estudié 10 años música y piano en el Conservatorio del Liceo, pintura los veranos y asistí a talleres para amantes de la literatura.

Me casé con 20 años y tuve una hija y ese torbellino emocional me alejó durante una década de mis libros y mi piano… para volver a retomar con fuerza mi camino.

Hace tan sólo dos años comencé a dar tímidos pasitos en el mundo felino con mis primeros persas chinchilla y en esa aventura emocionante estoy ahora junto con el placer de cuidar y enseñar a mi hija pequeña Teresa y seguir emborronando cuartillas para alejar el fantasma del olvido.

¡Qué hermoso si las nubes nos difundieran sus secretos! ¡Si el Espíritu lo abarcara todo con su poder!

Pero de momento hay quien obedeciendo sólo a extrañas locuras deposita en cuartillas meditaciones que, querido lector, tú puedes calificar de exentas de toda fuerza que no pertenezca a una dolorida sinrazón, a una melancolía íntima, o bien, a un poderoso antídoto del diario devenir que lo transforma en canción o en chicharra.

O, tal vez, a una especial visión que yo quisiera compartir con todos."

Elisabeth Buisan, Barcelona, Marzo 2003.

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EL MÚSICO Y SU GATO

Deseo contaros la historia de una sinfonía escrita para orquesta y la de quien supo crearla.

Este era un joven que apenas cumplía veinticinco años. Y era músico porque amaba la música hasta hacer de ella su amante durante casi todos los momentos de su vida.

Habitaba una casa pequeña junto a un lago compartiéndola con su gato rojo. Se trataba de una vivienda antigua y perteneciente, en otro tiempo, a otro músico que allí mismo vivió y también allá murió, impregnando de melodías las paredes. Nuestro joven sufría, a veces, desventajas económicas. Y arropado bajo el frío más crepitante, y en el corazón desaliento; se veía en la obligación de malvender algunas de sus obras, composiciones todas ellas aún no marcadas por el sello de la popularidad.

Con ese dinero aprovechaba para proveerse de papel para murmurar sus ideas, en forma de notas en un pentagrama.

También lo utilizaba para cuidar de su gato su único confidente y amigo.

Y olvidando en ocasiones su salud, sin importarle el descanso, se entretenía bajo los auspicios de la clara luz del día a acariciar el sedoso pelo corto de su amado gato y se sentaba enfrente de aquellas alineadas alas blancas y negras del piano. Y abría la cremallera de la funda del instrumento tan amado y entonces, como un milagro, oía cantar dulcemente a ese espíritu felino que tan sólo la música sabía despertar.

Y encandenando la cascada de esmeralda, rosa, pluma y brisa, el gato sobre el teclado hace hablar a esas alas de marfil y ébano.

A través de esa artística boca de ballena del piano llegaba el lejano canto que planea porque el destino lo hará dueño de un interior al que inspirará. Sus patitas de cristal y marmol rasgan el silencio de la tarde.

Su pelaje dibuja una orilla melancólica en el pretil del acorde ingrato, son las notas de una fidelidad cautiva, sólo un inefable murmullo se eleva.

Entonces las patas nobles del gato-músico se hacen candentes, refulgen en la oscuridad pétrea de la humilde habitación. Esas garras que han bebido sobre cuellos felinos, uñas que rodaron por rosales y sus zarcillos, que lamieron dulces y crema con generosa complacencia.

Y las caderas del genio felino que sabían como nadie recoger todo mensaje, escondían dentro de la caja de resonancia de su mullido cuerpecillo los arpegios de una vida.

Y un día su dueño oyó la mejor obra que en el mundo existiera. Deseaba él que todos los habitantes de la tierra, todos cuantos quisieran, pudieran escuchar aquella animalesca composición, sin que para ello, tuvieran que separarse de su alma humana. Todos deberían oír de cerca la dulzura y maestría de una sinfonía que además de preludio sirviera de final.

Podrían -pensó- tal vez así, vivir cómodamente y justamente recompensados todos los felinos del mundo.

No existía nada material tan elevado que dominara las notas audibles y únicamente un milagro unía la estrella del músico y de su gato.

Continuó componiendo la música que su gato le había regalado. Pequeñas y grandes obras. Minuetos, baladas y scherzos. Empezó a ser admirado. Llegaron discípulos y seguidores fanáticos. Se veía convertido en modelo y ejemplo.

Y su asombro hacia su gato creció.

No obstante, él seguía habitando su humilde y antiguo hogar. Porque allí vivía su auténtico maestro, el que le revelara, a su vez, ese misterio que posee la música y que ahora él intentaba transmitir a sus oyentes y amigos.

Dieciocho años serenos, pero, impetuosos pasaron.

Años felices en compañía de su preciada mascota que le sirvieron para coronar su potencialidad. Joven de espíritu pero paseando canas en el alma, su gato seguía luchando por finalizar la más grande sinfonía de todos los tiempos antes de abandonarle.

Bella como lo es el alma universal que reposaba en su interior amable.

Así de hermosa resultó su última obra, cuando aquella noche, las diosas se esfumaron tras apagar la llama de su vela fiel e inextinguible. Y el gato viejito se durmió.

Fueron los rayos del primer astro más brillante quienes lo despertaron.

El músico pesadamente, pudo abrir los ojos y, a su alrededor, miró.

Entonces vio el cuerpo frío y sin vida de su amigo, de su maestro, de su compañero. Ya había cumplido con la máxima existencia que la vida le otorgaba.

Y ahora, ¿quién iba a hacer sonar la música en su corazón? Su gato se había ido el que tanto y tanto amara..., ¿qué le quedaba...?

Apenas un lugar en que dignamente languidecer. Sin una amante que le prodigue momentos de felicidad. Ni un hijo al lado del que poder enorgullecerse. Ni un amigo que le alegre su destino deplorado y solitario.

Y el músico no cesó los gemidos y los recuerdos que pausadamente, de su alma brotaban. Ahora tan sólo uno añoraba. Y de él, en términos de dolor y pérdida hablaba a todos.

Dirigió su más tierna mirada hacia el libreto recién terminado.

La luz del día se vio súbitamente ocultada bajo resquebrajadas nubes, mientras por ellas descendían haces envolventes que palidecían de color.

Pero, transcurridos unos minutos, el sol se tornó de nuevo, cálido.

Y aquel fue el momento en que el milagro ocurrió.

El músico se extrañó al oír un maullido que le llamaba. Esta vez era él quién quería conversar con su gato-genio. Con él que era su inspiración y el que siempre le había cantado.

Y su semblante demudó su expresión dolorosamente...

Y la causa consistía en que aquella última obra debería a partir de ahora, quedar íntegra y únicamente dedicada a Quien anima y sobrepasa todo valor existencial. Porque aquellas notas preciosas Le habían agradado enormemente- le dijo su gato

Todo aquello era muy hermoso. Pero el músico se preguntaba por los demás. Por todos los que no son Dios. Por todas las gentes de todo lugar.

Y la dorada forma cambiante, se enternecía al escucharle divagar. Y le respondía afirmándole que Él, que arriba de todo está, también se encuentra dentro de cada ser en particular, como asimismo al alcance de todos están la belleza y la bondad.

Y le apremió para que recogiera su sinfonía.

El gato, no desconociendo su nostalgia lo ayudó. Le dijo que en los umbrales de los cielos un entreacto de suaves pianos rememorarían ese conjunto musical bajo las órdenes de su autor.

Y al crepúsculo, echando la puerta abajo, dos discípulos entraron en el cuarto, descubrieron a su maestro sin vida y acostado sobre el lecho de nogal, pulcramente su amado gato en tierno abrazo. Una sonrisa en el rostro terso y todavía joven. Gotas perlaban la regia frente. Guardaba entre sus manos un libreto cuyos pentagramas aparecían vacíos pero, sus dedos como orquídeas crepitantes, aparecían manchadas de tinta...

Y entonces recogieron todas sus obras, salvo una, la mejor.

Y uno de los discípulos absorto en sinceras lágrimas por el maestro amado, se juró a sí mismo continuar su escuela, permaneciendo fiel a todas sus enseñanzas y máximas.

Y yo vi entonces, que alguien entre misterioso y angelical, asomaba bajo la cama, olisqueando a su alrededor con unos ojitos fosforescentes.

Vi, entonces, como el discípulo preparaba, sonriente, una cajita para el tierno gatito.

Yo sé que se trata de un gato especial. Que carece de dueño. Y es que es el único al que pueden tomar posesión los músicos que han sabido componer su vida y no sólo sus notas bajo originales compases de bondad y sabiduría.

Y hasta aquí la historia de una sinfonía escrita para orquesta y del gato que supo crearla por allá las cumbres altas de la espiritualidad.

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POESÍA FELINA

Me han dicho que poesía felina no consiste en acicalarme elegantemente ni en ser poseedor de cola guarnecida por un penacho orgulloso, ni en mantener posturas plenamente deleitosas sobre mi sofá predilecto.

Poesía felina tampoco es saberse enriquecida de todo el conocimiento gatuno sin haber tenido que convencer a ningún don gato de mis infalibles encantos..

Ni es una mente casi mágica de sentir o disimular el rutinario latir de cada día en la vida de una gata..

Ni es soñar con maullidos virtuosos, ni es poesía gatuna acariciar con mi cabecita sólo lo que amas en extremo.

Poesía no es saber ocultarse a tiempo, retirarse discretamente, ni saber escuchar pacientemente a ese genio gigante que tengo por amo.

Ni es imaginarme flotando o cazando duendes y mariposas para luego esconder la fantasía bajo la alfombra. Ni tan siquiera es poesía dar toda mi fidelidad y cariño sin esperar nada a cambio.

Poesía de gatos, me han dicho hoy que defines el sufrir y el llorar. El verse importante y mañana saberse abandonada y desvalida.

Puede ser esperar algo que nunca llega.

Es esconder el alma hasta parecer esquiva o arisca. Es acallar al corazón y dar luz verde a los instintos.

Es huir, cuando te ves maltratada la ilusión, rechazada la caricia, mal interpretada tu insistencia, puesta en evidencia tu vulnerabilidad.

Es dar una mirada en derredor, mientras no comprendes tu propia existencia dentro de un mundo en el que todos tienen su hogar y su amo menos tú.

Es poesía gatera, cuando al fin comprendes que escasas razones son verdaderas. En ocasiones ni la devoción de tu dueño es fiable y eterna.

Entonces ellos ven cómo has ido truncando, pisando aquellas flores que tanto y tanto deseaban proteger.

¿Cómo ha ocurrido? ¿Esa linda gatita cuándo creció?

Se evidencia tanta contrariedad, tanto orgullo insatisfecho, tanta monotonía en sus afectos...

Poesía felina, a ti no te interesan los sueños ni el filosofar. Eres amor en estado puro.

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AMADA ESPERANZA

Preludio, mi dulce gato Preludio, tan adorable que enamoras tan sólo con dejarte acariciar. ¡Qué tristeza regalas ahora a mis gestos! ¡Y qué difícil volver suave este párrafo tan abrupto para mí!

Pero un día enmudeciste Preludio amado, ya que si hoy puedes inspirarme dolor, sólo es gracias a que te dignaste un día mirarme y seguir mis pasos.

Tú sabes bien qué podría suceder. Podría ocurrir que la puerta cediera en su deliberada impasibilidad y que a su través penetrasen rayos benefactores de esperanza. Emblemas sumamente cordiales que me traerían esa fortuna mágica de ganar al tiempo y a la enfermedad.

Pero, ¡cómo explicarte que algo me une a ti, a tus ojos prístinos y que aunque no te vuelva a ver mis ojos conservarán cual preciado tesoro tu reminiscencia!

Tú desconoces, Preludio, que mi tristeza persistirá en los vaivenes de mi existencia... Semejante es mi pena a una canción que se orienta al vacío de un pentagrama sin movimientos, sin notas ni magia. Sin un impulso que entre compases la convierta en melodía.

Si no estás, ninguna fuerza tendrá poder para crear su armonía interna. Apenas un carrusel de suspiros que se trocan en imposibilidad.

Y sigo esperando en mi isla. Y preparo la arena para cuando tu barco llegase. Porque, ¿sabes mi Dios? Algún día sé que vendrá... porque en estos años no encontré un gato tan dulce en mi caminar...

Pero ante todo, no me digáis que equivoco los preparativos de su llegada.

Mi mejor sonrisa y mis mejores poemas tenderé al sol para que él los vea.

Y me transfiguro en protectora de otros gatos mientras en la playa espero.

Y en el cielo de mi anhelo se está componiendo una marcha de plata y luna.

Preludio, no tardes...

 


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