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| felinia 15 |
on line desde enero 2002 |
abril 2003 |
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Deseo
contaros la historia de una sinfonía escrita para orquesta y la de
quien supo crearla. Este
era un joven que apenas cumplía veinticinco años. Y era músico
porque amaba la música hasta hacer de ella su amante durante casi
todos los momentos de su vida. Habitaba
una casa pequeña junto a un lago compartiéndola con su gato rojo. Se
trataba de una vivienda antigua y perteneciente, en otro tiempo, a
otro músico que allí mismo vivió y también allá murió,
impregnando de melodías las paredes. Nuestro joven sufría, a veces,
desventajas económicas. Y arropado bajo el frío más crepitante, y
en el corazón desaliento; se veía en la obligación de malvender
algunas de sus obras, composiciones todas ellas aún no marcadas por
el sello de la popularidad. Con
ese dinero aprovechaba para proveerse de papel para murmurar sus
ideas, en forma de notas en un pentagrama. También
lo utilizaba para cuidar de su gato su único confidente y amigo. Y
olvidando en ocasiones su salud, sin importarle el descanso, se
entretenía bajo los auspicios de la clara luz del día a acariciar el
sedoso pelo corto de su amado gato y se sentaba enfrente de aquellas
alineadas alas blancas y negras del piano. Y abría la cremallera de
la funda del instrumento tan amado y entonces, como un milagro, oía
cantar dulcemente a ese espíritu felino que tan sólo la música sabía
despertar. Y
encandenando la cascada de esmeralda, rosa, pluma y brisa, el gato
sobre el teclado hace hablar a esas alas de marfil y ébano. A
través de esa artística boca de ballena del piano llegaba el lejano
canto que planea porque el destino lo hará dueño de un interior al
que inspirará. Sus patitas de cristal y marmol rasgan el silencio de
la tarde. Su
pelaje dibuja una orilla melancólica en el pretil del acorde ingrato,
son las notas de una fidelidad cautiva, sólo un inefable murmullo se
eleva. Entonces
las patas nobles del gato-músico se hacen candentes, refulgen en la
oscuridad pétrea de la humilde habitación. Esas garras que han
bebido sobre cuellos felinos, uñas que rodaron por rosales y sus
zarcillos, que lamieron dulces y crema con generosa complacencia. Y
las caderas del genio felino que sabían como nadie recoger todo
mensaje, escondían dentro de la caja de resonancia de su mullido
cuerpecillo los arpegios de una vida. Y
un día su dueño oyó la mejor obra que en el mundo existiera.
Deseaba él que todos los habitantes de la tierra, todos cuantos
quisieran, pudieran escuchar aquella animalesca composición, sin que
para ello, tuvieran que separarse de su alma humana. Todos deberían oír
de cerca la dulzura y maestría de una sinfonía que además de
preludio sirviera de final. Podrían
-pensó- tal vez así, vivir cómodamente y justamente recompensados
todos los felinos del mundo. No
existía nada material tan elevado que dominara las notas audibles y
únicamente un milagro unía la estrella del músico y de su gato. Continuó
componiendo la música que su gato le había regalado. Pequeñas y
grandes obras. Minuetos, baladas y scherzos. Empezó a ser admirado.
Llegaron discípulos y seguidores fanáticos. Se veía convertido en
modelo y ejemplo. Y
su asombro hacia su gato creció. No
obstante, él seguía habitando su humilde y antiguo hogar. Porque allí
vivía su auténtico maestro, el que le revelara, a su vez, ese
misterio que posee la música y que ahora él intentaba transmitir a
sus oyentes y amigos. Dieciocho
años serenos, pero, impetuosos pasaron. Años
felices en compañía de su preciada mascota que le sirvieron para
coronar su potencialidad. Joven de espíritu pero paseando canas en el
alma, su gato seguía luchando por finalizar la más grande sinfonía
de todos los tiempos antes de abandonarle. Bella
como lo es el alma universal que reposaba en su interior amable. Así
de hermosa resultó su última obra, cuando aquella noche, las diosas
se esfumaron tras apagar la llama de su vela fiel e inextinguible. Y
el gato viejito se durmió. Fueron
los rayos del primer astro más brillante quienes lo despertaron. El
músico pesadamente, pudo abrir los ojos y, a su alrededor, miró. Entonces
vio el cuerpo frío y sin vida de su amigo, de su maestro, de su compañero.
Ya había cumplido con la máxima existencia que la vida le otorgaba. Y
ahora, ¿quién iba a hacer sonar la música en su corazón? Su gato
se había ido el que tanto y tanto amara..., ¿qué le quedaba...? Apenas
un lugar en que dignamente languidecer. Sin una amante que le prodigue
momentos de felicidad. Ni un hijo al lado del que poder
enorgullecerse. Ni un amigo que le alegre su destino deplorado y
solitario. Y
el músico no cesó los gemidos y los recuerdos que pausadamente, de
su alma brotaban. Ahora tan sólo uno añoraba. Y de él, en términos
de dolor y pérdida hablaba a todos. Dirigió
su más tierna mirada hacia el libreto recién terminado. La
luz del día se vio súbitamente ocultada bajo resquebrajadas nubes,
mientras por ellas descendían haces envolventes que palidecían de
color. Pero,
transcurridos unos minutos, el sol se tornó de nuevo, cálido. Y
aquel fue el momento en que el milagro ocurrió. El
músico se extrañó al oír un maullido que le llamaba. Esta vez era
él quién quería conversar con su gato-genio. Con él que era su
inspiración y el que siempre le había cantado. Y
su semblante demudó su expresión dolorosamente... Y
la causa consistía en que aquella última obra debería a partir de
ahora, quedar íntegra y únicamente dedicada a Quien anima y
sobrepasa todo valor existencial. Porque aquellas notas preciosas Le
habían agradado enormemente- le dijo su gato Todo
aquello era muy hermoso. Pero el músico se preguntaba por los demás.
Por todos los que no son Dios. Por todas las gentes de todo lugar. Y
la dorada forma cambiante, se enternecía al escucharle divagar. Y le
respondía afirmándole que Él, que arriba de todo está, también se
encuentra dentro de cada ser en particular, como asimismo al alcance
de todos están la belleza y la bondad. Y
le apremió para que recogiera su sinfonía. El
gato, no desconociendo su nostalgia lo ayudó. Le dijo que en los
umbrales de los cielos un entreacto de suaves pianos rememorarían ese
conjunto musical bajo las órdenes de su autor. Y
al crepúsculo, echando la puerta abajo, dos discípulos entraron en
el cuarto, descubrieron a su maestro sin vida y acostado sobre el
lecho de nogal, pulcramente su amado gato en tierno abrazo. Una
sonrisa en el rostro terso y todavía joven. Gotas perlaban la regia
frente. Guardaba entre sus manos un libreto cuyos pentagramas aparecían
vacíos pero, sus dedos como orquídeas crepitantes, aparecían
manchadas de tinta... Y
entonces recogieron todas sus obras, salvo una, la mejor. Y
uno de los discípulos absorto en sinceras lágrimas por el maestro
amado, se juró a sí mismo continuar su escuela, permaneciendo fiel a
todas sus enseñanzas y máximas. Y
yo vi entonces, que alguien entre misterioso y angelical, asomaba bajo
la cama, olisqueando a su alrededor con unos ojitos fosforescentes. Vi,
entonces, como el discípulo preparaba, sonriente, una cajita para el
tierno gatito. Yo
sé que se trata de un gato especial. Que carece de dueño. Y es que es
el único al que pueden tomar posesión los músicos que han sabido
componer su vida y no sólo sus notas bajo originales compases de bondad
y sabiduría. Y hasta aquí la historia de una sinfonía escrita para orquesta y del gato que supo crearla por allá las cumbres altas de la espiritualidad. .
Me
han dicho que poesía felina no consiste en acicalarme elegantemente ni
en ser poseedor de cola guarnecida por un penacho orgulloso, ni en
mantener posturas plenamente deleitosas sobre mi sofá predilecto. Poesía
felina tampoco es saberse enriquecida de todo el conocimiento gatuno sin
haber tenido que convencer a ningún don gato de mis infalibles
encantos.. Ni
es una mente casi mágica de sentir o disimular el rutinario latir de
cada día en la vida de una gata.. Ni
es soñar con maullidos virtuosos, ni es poesía gatuna acariciar con mi
cabecita sólo lo que amas en extremo. Poesía
no es saber ocultarse a tiempo, retirarse discretamente, ni saber
escuchar pacientemente a ese genio gigante que tengo por amo. Ni es imaginarme flotando o cazando duendes y mariposas para luego esconder la fantasía bajo la alfombra. Ni tan siquiera es poesía dar toda mi fidelidad y cariño sin esperar nada a cambio. Poesía
de gatos, me han dicho hoy que defines el sufrir y el llorar. El verse
importante y mañana saberse abandonada y desvalida. Puede
ser esperar algo que nunca llega. Es
esconder el alma hasta parecer esquiva o arisca. Es acallar al corazón
y dar luz verde a los instintos. Es
huir, cuando te ves maltratada la ilusión, rechazada la caricia, mal
interpretada tu insistencia, puesta en evidencia tu vulnerabilidad. Es
dar una mirada en derredor, mientras no comprendes tu propia existencia
dentro de un mundo en el que todos tienen su hogar y su amo menos tú. Es
poesía gatera, cuando al fin comprendes que escasas razones son
verdaderas. En ocasiones ni la devoción de tu dueño es fiable y
eterna. Entonces
ellos ven cómo has ido truncando, pisando aquellas flores que tanto y
tanto deseaban proteger. ¿Cómo
ha ocurrido? ¿Esa linda gatita cuándo creció? Se
evidencia tanta contrariedad, tanto orgullo insatisfecho, tanta monotonía
en sus afectos... Poesía felina, a ti no te interesan los sueños ni el filosofar. Eres amor en estado puro. .
Preludio,
mi dulce gato Preludio, tan adorable que enamoras tan sólo con dejarte
acariciar. ¡Qué tristeza regalas ahora a mis gestos! ¡Y qué difícil
volver suave este párrafo tan abrupto para mí! Pero
un día enmudeciste Preludio amado, ya que si hoy puedes inspirarme
dolor, sólo es gracias a que te dignaste un día mirarme y seguir mis
pasos. Tú
sabes bien qué podría suceder. Podría ocurrir que la puerta cediera
en su deliberada impasibilidad y que a su través penetrasen rayos
benefactores de esperanza. Emblemas sumamente cordiales que me traerían
esa fortuna mágica de ganar al tiempo y a la enfermedad. Pero,
¡cómo explicarte que algo me une a ti, a tus ojos prístinos y que
aunque no te vuelva a ver mis ojos conservarán cual preciado tesoro tu
reminiscencia! Tú
desconoces, Preludio, que mi tristeza persistirá en los vaivenes de mi
existencia... Semejante es mi pena a una canción que se orienta al vacío
de un pentagrama sin movimientos, sin notas ni magia. Sin un impulso que
entre compases la convierta en melodía. Si
no estás, ninguna fuerza tendrá poder para crear su armonía interna.
Apenas un carrusel de suspiros que se trocan en imposibilidad. Y
sigo esperando en mi isla. Y preparo la arena para cuando tu barco
llegase. Porque, ¿sabes mi Dios? Algún día sé que vendrá... porque
en estos años no encontré un gato tan dulce en mi caminar... Pero
ante todo, no me digáis que equivoco los preparativos de su llegada. Mi
mejor sonrisa y mis mejores poemas tenderé al sol para que él los vea. Y
me transfiguro en protectora de otros gatos mientras en la playa espero. Y
en el cielo de mi anhelo se está componiendo una marcha de plata y
luna. Preludio,
no tardes...
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