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| felinia 14 |
on line desde enero 2002 |
marzo 2003 |
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Acerca de Rafael Alberti: Autor de una obra poética múltiple y diversa, Rafael Alberti, uno de los miembros longevos de la llamada generación del 27 del siglo XX español, se mostró a la vez como un escritor de profunda raigambre clásica y como un audaz innovador en el ámbito del surrealismo y la poesía social.Rafael Alberti nació en 1902 en el Puerto de Santa María, Cádiz, y se trasladó a Madrid en 1917. Tras una temprana iniciación en la pintura, se hizo manifiesto su interés por la literatura, y en especial por la poesía. En 1925 recibió el Premio Nacional de Literatura español, precisamente por un libro de poesías, Marinero en tierra. Su vinculación estética con la generación del 27 se hizo notar en Sobre los ángeles (1928), probablemente su obra más conocida. La actividad política de Alberti, que ingresó en el Partido Comunista en 1931 y desempeñó un activo papel en defensa de la república durante la guerra civil española, tuvo reflejo en obras como De un momento a otro (1937) y Coplas de Juan Panadero (1949), esta última publicada ya en el exilio, que en 1939 lo llevó a Francia y posteriormente a la Argentina, Uruguay e Italia. El destierro devolvió al escritor la pureza espresiva de sus poemas de juventud, según cabe apreciar en A la pintura (1948) y Retornos de lo vivo lejano (1952), y le dio la oportunidad de ampliar sus intereses literarios en el campo de la prosa (La arboleda perdida, 1942) y el teatro (El adefesio, 1944). En el tratamiento de los motivos poéticos más caros al autor -el mar y el campo, las nanas y la fiesta de los toros, la añoranza de España- se percibe la influencia de los clásicos españoles y de los grandes poetas del siglo XX, como Antonio Machado, Federico García Lorca y Juan Ramón Jiménez. De regreso a España en 1977, su obra poética posterior apareció recogida en Fustigada luz (1980) y Versos sueltos de cada día (1982). En 1983 recibió el Premio Miguel de Cervantes. (c) Enciclopedia Hispánica
. Un gato,
salido de no se sabe dónde, rayo con pelos, atraviesa entre los automóviles
la Via Garibaldi, perdiéndose por la de La Scala. Es el primer gato que
veo en el barrio, pues aun en la noche casi ninguno hace ahora su
aparición entre los restos de comidas arrojados por las trattorias y
restaurantes. Repito y compruebo la desaparición alarmante de los gatos
en Roma. Antes, bajo la ventana de mi cocina, desde la que se ve una
oleada rítmica, y en que diferentes planos, de pálidos tejados
maravillosos, dábamos de comer todos los días a más de 20 gatos de
todas las edades y tamaños. Las tiernas, y a la vez feroces palomas,
descendían de los tejados altos y chimeneas a mezclarse entre el
agitado gaterío para aprovecharse de la comida. Siempre observé a los
gatos deseosos de merendarse una paloma. Pero éstas los amedrentaban a
sacudidas de aletzaos, que los gatos recibían sorprendidos. A
Baudelaire le hubiera entusiasmado aquella escena. Aunque más le
hubiera divertido, quizá, ver una jauría de perros sacados los ojos
por los gatos. Pero en mis tejados no queda ni uno. Ya no escucho desde
mi cuarto su desgarrado y doloroso amor, lleno de maullidos y silencios
impresionantes. Eran batallas nocturnas, crispadas de celos y ensañadas
persecuciones, a veces todo presidido por una pálida luna asombrada,
mientras los millones de ratas romanas apretaban su terror en las cañerías
rotas o en las bocas calladas de las alcantarillas. Ahora he visto,
alguna vez, salir ratas de ellas y atravesar, tranquilas aunque
sigilosas, la calle, en la pausa impuesta por algún semaforo a los
automóviles, yendo a buscar algo que les interesaba en el cordón de la
acera de enfrente, volviendo, veloces, a la boca de donde habían
salido. ¿Qué será de Roma sin sus gatos? Creo que a cada habitante de
la Santa Urbe le corresponden no sé cuántas docenas de ratas. Desde
hace tiempo, durante mis últimas y breves permanencias en Roma, me he
soñado comido por las ratas, anidadas las cuencas de los ojos de los
ratones. Yo miro y miro ahora desde la ventana de mi cocina y sólo veo
siempre esa alta oleada de tejados inmóviles, sin aquella atropellada
gracia de los gatos que corrían saltando, audaces, sin peligro, de las
cornisas a los balcones al filo de las terrazas, para tomar su puesto a
la hora de la comida. ¿En donde se hallan hoy? ¿A donde se llevaron a
todos aquellos decorativos y maravillosos que poblaban el Foro
Republicano, en el centro de Roma, coronando columnas y capiteles,
sentados sobre los pórticos caídos, entre la maleza de todo aquel
embarandado recinto, desde donde la gente de la calle y los asombrados
turistas contemplaban cómo, sobre todo las caritativas ancianas, los
alimentaban, llenas de ternura y devoción, tirándoles atinadamente la
comida? Me dijeron que a muchos los habían llevado al Teatro Marcello,
pero allí no pude notar que hubiesen aumentado, sino que estaban los de
siempre, algunos enfermos de los ojos, y recibiendo el alimento diario
de mano de sus protectoras ancianas. En
el mes de mayo de 1943, el ministro de Agricultura, fascista, decretó que
los gatos vagabundos no se alejasen más de 500 metros del lugar donde en
donde habitaban. Pero en 1959 el ministro de Agricultura, ya del Gobierno
democristiano, redujo la distancia a 200 metros, es decir, que los pobres
gatos romanos perdieron con el advenimiento de la democracia 200 metros de
expansión. Me marcho..., aunque preguntando antes con profunda melancolía
y tristeza: ¿dónde están los gatos de los tejados y calles de mi
barrio, dónde aquellos que simpre contemplé entre las ruinas ilustres de
Roma? Por
razones que me obligaron a quedarme en Italia, regreso a Madrid sin haber
asisitido al Encuentro Internacional de Poetas en la Unión Sovietica.
Como siempre, la más preciosa de las azafatas está explicando ahora las
posibilidades de salvarse de la muerte si el avión se precipitara desde
los cielos...
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