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| felinia 12 |
on line desde enero 2002 |
enero 2003 |
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Los cambios producidos por las hormonas en el desarrollo
conductal son muy llamativos y pueden incluso compararse con un
mecanismo interruptor que dirige el desarrollo del animal por uno de los
canales distintos, masculino o femenino. De hecho, hasta donde concierne
a la conducta, probablemente sea mejor considerar dichas alteraciones
como un cambio de sesgo. Ambos sexos heredan el potencial para ejecutar
patrones motores de conducta sexual masculina y femenina, y
probablemente lo retiene sea cual fuere el curso del desarrollo. Por
ejemplo, los ratones hembra normales, especialmente cuando están en
celo, suelen montar con bastante frecuencia a otras hembras, pero las
hembras androgenizadas lo hacen mucho más. Es casi seguro que un
aspecto del cambio guarda relación con el incremento de responsividad
de las hembras androgenizadas a los estímulos procedentes de otras
hembras. Este es un rasgo muy común de las alteraciones durante el
desarrollo: resulta más fácil modificar los estímulos a los que van a
responder los animales que alterar las forma de las propias respuestas.
Los pollitos criados por gallinas o en incubadoras, aislados en jaulas
en batería o mantenidos en bandada, pueden diferir notablemente en lo
que se refiere al rango de objetos a los que galantearán y a la
frecuencia con que lo van a hacer, pero todos ellos exhibirán los
mismos movimientos estereotipados inmediatamente recognoscibles como
“valseo”, “engatusamiento” y “monta” por parte de los
estudiosos de la conducta de las gallinas. Más
tarde analizaremos evidencias que apoyan la idea de que los animales
pueden heredar la tendencia a responder a tipos concretos de estímulos.
Incluso donde existe tal sesgo inherente a menudo resulta fácil
alterarlo mediante aprendizaje (los pollitos de gaviota sin experiencia
prefieren picotear el rojo y evitar el azul, pero cuando se les
recompensa por responder al azul y por responder al rojo no, pronto
cambian sus preferencias). En la actualidad conocemos algunos casos en
los que también es posible alterar el sesgo original cambiando la
experiencia temprana aún cuando no se halle implicado aprendizaje
alguno. Blakemore
y Cooper criaron numerosos gatitos en completa oscuridad desde el
nacimiento hasta los cinco meses de edad. A partir de las dos semanas,
cuando abrían los ojos, pasaban una media de cinco horas diarias en un
entorno muy especial (ver figura 1), de manera que casi todo lo que veían
era un patrón de bandas horizontales o verticales. Cuando se les
colocaba por primera vez en el mundo normal, a los cinco meses de edad,
los gatitos estaban, como es lógico, desorientados, y aunque se las
arreglaron para hacer frente a la situación con bastante rapidez, su
visión, sin embargo, siguió siendo anormal. Esto quedó puesto de
manifiesto de forma dramática cuando se reunió a un gatito
“horizontal” con otro “vertical”. Cuando los experimentadores
les presentaban una varilla sostenida en sentido vertical y la agitaban,
el gatito “vertical” avanzaba para jugar con ella, pero el gatito
“horizontal” la ignoraba. Cuando se hizo lo mismo, pero con la
varilla en sentido horizontal, el gatito “horizontal” se interesó
inmediatamente y se acercó, mientras el gatito “vertical” dejó de
responder (se comportaba como si la varilla hubiera desaparecido de
repente).
. Posteriormente,
Blakemore y Cooper utilizaron técnicas neurofisiológicas para estudiar
el funcionamiento de las neuronas de la corteza visual del gatito (esta
es la parte del cerebro que recibe, en forma codificada, la información
visual procedente de la retina del gato). Cada una de estas neuronas
posee una “orientación preferida”, lo que significa que se
encienden, se le presentan al ojo líneas o siluetas en esa orientación.
En
un gato normal las orientaciones están distribuidas alrededor de todo
el globo, pero los gatitos criados en vertical u horizontal mostraban
sesgos muy fuertes hacia las orientaciones correspondientes. Así, los
gatitos horizontales NO tenían unidades que respondieran a la vertical
ni a líneas o siluetas dentro de un ángulo de 20º a ambos lados de la
vertical: literalmente, no podían ver una varilla que estuviera
suspendida en sentido vertical. Estos
experimentos demuestran claramente que no solamente el aprendizaje actúa
para configurar el desarrollo de algunos aspectos del sistema visual del
gato, sino también el entorno visual temprano. Y lo mismo sucede con
otros sistemas sensoriales. Como
hemos mencionado antes, esta habilidad no parece tener correspondencia
en el aspecto motor. Muchos etólogos, especialmente los que trabajan
con insectos, peces o aves, están familiarizados con la extremada
constancia de movimientos y posturas empleados en la alimentación, la
lucha o las exhibiciones de galanteo. Las exhibiciones del pollito a las
que antes hicimos referencia constituyen buenos ejemplos, como también
lo son las exhibiciones de galanteo de los patos. Tales movimientos son
característicos de cada especie, y de hecho hasta el punto de que a
menudo se pueden emplear como caracteres taxonómicos en el sentido en
que pueden serlo las estructuras morfológicas. Siguiendo a Lorenz,
estas unidades de conducta a menudo han sido denominadas “patrones de
acción”. Poco
es lo que sabemos del desarrollo de estos patrones y normalmente se
supone que aparecen en su forma típica desde la primera vez que se
ejecutan, momento que quizá no llega hasta que el animal se encuentra
ya perfectamente maduro y capaz de reproducirse. Sin embargo, no es tan
fácil estudiar el desarrollo de patrones motores como lo es modificar
la experiencia sensorial temprana, y según eso, quizá tengamos una
visión demasiado simplificada del asunto. Hay pocos estudios detallados
que comparen la forma exacta de un patrón fijo de acción en diferentes
miembros de la misma especie, o examinen el modo en que se realiza en
diferentes etapas a lo largo de la historia de la vida de un individuo.
Esta es una laboriosa tarea que lleva consigo el análisis de películas
o vídeos a cámara lenta. Donde disponemos de tales registros, en
gaviotas, patos y Drosophila, revelan cierta variación entre individuos
y algunos cambios en la forma exacta de un movimiento a medida que crece
un animal (a menudo es de suponer que se produzca precisamente porque
sus músculos y huesos también crecen). Por
esta y otras razones, Barlow, en una revisión de lo más interesante de
todos los aspectos de esta conducta, sugiere la sustitución del
adjetivo “fijo” por “modal”. Esto reflejaría con mayor precisión
que los “patrones modales de acción” probablemente muestran un
rango de variabilidad similar a la mayoría de otros caracteres
conductuales. La idea de Barlow tiene su base, aunque él mismo reconoce
que el papel que juegan los patrones en la vida de los animales a menudo
les exige mantener la variación dentro de unos límites estrictos .
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