DON JUAN MANUEL (1282-1348)
Escalona, Toledo (España).


Acerca de Don Juan Manuel:

 

Don Juan Manuel, escritor y político:

     Don Juan Manuel, no cabe duda, tenía una gran personalidad. Claro que el oficio de los nobles consistía casi exclusivamente en culti­var su personalidad, pero eso no obsta para considerar su talento, ya que no todos los que pueden cultivarla lo logran, precisamente. Don Juan Manuel es un intelectual, un hombre cultivado, no es un simple guerrero. Pero no debemos llevarnos a engaño con su humanismo es un humanismo mental. Es, en realidad. un hombre de mundo, que milita, intriga y escribe y vive «como un señor».

 

     Era un pragmatista (un pragmatista ingenuo, claro está) y lo que hoy llamamos un reaccionario, lo cual se demuestra en sus mismos cuentos.

     En ningún momento está presente la lucha, el conflicto real de nuestro vivir, un estudio profundo de las causas de los «males» de la sociedad; él, por supuesto, no ve la sociedad, sino los individuos, y así, sus cuentos son todo abstracciones, idealizaciones, subjetivismos disfrazados de observaciones objetivas (como son todos los cuentos). El pragmatismo flota por todos ellos, el culto a la personalidad, una concepción idealista del mundo, inconsciente de su propio devenir.

     Escribía sus cuentos para un pueblo imaginario, porque él era, al mismo tiempo, un rey imaginario. Empleaba sus horas de solaz con estas aventuras mentales, mientras, afuera, en la realidad, en la cruda batalla por subsistir, los hombres de carne y hueso no comprendían nada. Su pretendida intención «moralizante» era, por tanto, inútil y lo es más todavía para nosotros que no podemos leer su libro sino desde un punto de vista lingüístico. En realidad era un desconocedor del ser humano y de su realidad. Y mal podía conocerla según la vida que llevaban por aquel entonces los Caballeros.

     El Infante nació en Escalona (Toledo) en el año 1282, y era hijo del Infante Don Manuel, hermano del rey Alfonso X, heredando de su padre el cargo de Adelantado de Murcia. En 1294, reinando su primo Sancho IV El Bravo, comienza su vida de relación en la Corte, interviniendo poco a poco en las intrigas políticas entre Castilla y Aragón. En 1299, casa con Doña Isabel, Infanta de Mallorca, la cual muere al poco tiempo, casándose de nuevo el Infante, en 1311, con Doña Constanza de Aragón, hija de Jaime II. Siguen sus andanzas políticas y en 1327 capitanea un levantamiento contra el propio rey, aunque no tarda en llegar la paz entre ambos caballeros, enviudando de nuevo el Infante y volviéndose a casar, esta vez con Doña Blanca Núñez. En 1343 interviene en la batalla de Algeciras junto a Alfonso XI y entra vencedor en ella. Por fin, hacia 1345, se retira del mundanal ruido (para ser uno de los pocos sabios que en el mundo han sido) y muere, en la paz del Señor, en 1348.

     Las obras más importantes del Infante Don Juan Manuel son: Libro de Caballería (escrito en 1325); Libro del Caballero y del Escudero (escrito en 1326); Libro de los Estados (que data de 1330); la Crónica abreviada, el Libro de los Sabios, el Libro del Infante, la Crónica cumplida, el Libro de la Caza y el Libro sobre la Fe, además de El Conde Lucanor.

     Algunos sostienen que la Crónica cumplida no es del Infante y que la Crónica abreviada viene a ser una síntesis de la Crónica General, dirigida por Alfonso X. En el Libro del Caballero y del Escudero trata de compendiar los conocimientos de entonces sobre Teología, Astronomía y Ciencias Naturales, inspirándose en las Etimologías de San Isidoro y en las obras de Alfonso X, así como en las de Vicente de Beauvais. También en esta obra influye el famoso libro Del ordre de cavayleria, de Ramón Llull. Después de su libro más famoso, quizá sea el Libro de los Estados el más interesante, en el cual revisa a la sociedad española del siglo XIII y en el que un hombre de piadosas costumbres, llamado Lulio, convierte al cristianismo a los personajes de la obra.

© Jesús Lizano, El Conde Lucanor

 
 
 

El Conde Lucanor:

     El Conde Lucanor o Libro de los ejemplos  o Libro de Patronio es la obra no sólo de un escritor, sino de un militar y de un político. Es, además, la obra de un noble y la obra de un cristiano. Pero, sobre todo, es la obra de un Infante que no llegó a reinar. Si El Conde Lucanor es la obra más representativa de Don Juan Manuel, y por la que ha pasado en realidad a la historia de la literatura, es debido, principalmente, a que en ella trata con rara astucia, entre, consciente e inconsciente (como siempre ocurre en estos casos) de cumplir de alguna manera sus reprimidos deseos de gobernar dando buenos consejos a unos hipotéticos súbditos. Y de que Don Juan Manuel hubiera querido gobernar no puede dudar nadie sabiendo que era político, militar, noble, Infante y cristiano (y, por tanto, seguro de que el poder viene de Dios a los nobles, naturalmente). Lucanor, el Conde, es, en realidad, Don Juan Manuel, y Patronio viene a ser una especie de primer ministro, de consejero real, de valido o privado, del que gobierna «en la sombra», o de representante de algún grupo de presión.

     El sistema que utiliza no carece de concreción y de cierta objetividad literaria, de cierto contrapunto, que hace de El Conde Lucanor una obra bien trabada, propia para leer fragmentariamente y, de cuando en cuando, comentando en voz alta sus ingenios. Mucho se ha dicho, además, de la originalidad del estilo y de la contribución a la creación del castellano de esta obra. Y ése puede ser, quizá, su mérito más destacado. El lenguaje es algo capital en nuestro vivir. Sin lenguaje, sin términos, no podríamos seguir desarrollando nues­tro conocimiento. De este libro puede decirse, como de tantos, que lo valioso no es la letra sino la música (¡y ya es mucho!).

     El Conde va ofreciendo al consejo de Patronio problemas que éste soluciona contando una historia como ejemplo de aquello que preocupa al Conde, y el Conde encuentra digno de escribirse indeleblemente lo que dice Patronio, delegarnos unas tablas que recogen la experiencia del «consejero» y la sabiduría del «rey».

     Algunos de estos cuentos "o ejemplos" se han hecho famosos, gracias a ellos mismos o a adaptaciones posteriores: el cuento de la lechera, el del sabio pobre (que luego Calderón tenía que inmortalizar en una célebre espínela, siguiendo fiel a su concepción reaccionaria del mundo: La vida es sueño, El gran teatro del mundo, etc.); el tiernísimo de un padre con su hijo y un burrito, uno de los cuentos más deliciosos que se conocen y que da lugar a una serie de meditaciones objetivas acerca de nuestro subjetivismo.

     Alguno hay que viene a ser como un precedente de obras posteriores, como el cuento número VII de nuestra edición, que es un claro precedente del Retablo de las maravillas, de Cervantes. Otros, en cambio, son menos poéticos y contienen mayor carga «moralizante» (y éstos parecen los más originales del Infante), como los que tratan del honor, de la docilidad que conviene a la mujer casada (de la sumisión, por supuesto), del triunfo del bien sobre el mal (y de los «buenos» sobre los «malos», por consiguiente), así como un repaso de las virtudes y vicios de la época para no ser menos. Otros temas son entre históricos y legendarios, como los que tratan de Fernán González o de los amores del poeta y rey Almutamid con la sultana Romaiquia, etc.

     Hay en el libro elementos que corresponden a la tradición oriental en España (la Disciplina Clericales, del converso Pedro Alfonso; el Calila e Dimna, de Alfonso X, y la versión del mismo de Barlaam y Josafat (versión de la leyenda de Buda), así como restos de la lírica derivada de los «zéjeles» con temas de los antiguos musulmanes españoles, lo que significa el acompañamiento de voces árabes de uso común.

     Hay otros elementos de origen clásico (del padre del cuento, Esopo), de la historia francesa o de las famosas Cruzadas. Hay, también, derivaciones de la Sagrada Escritura (sobre todo del Eclesiastés y del Evangelio). Fedro influye también en el Infante y en sus derivaciones medievales (Gesta Romanorum), de donde se sabe que los predicadores obtenían manantial inspirador. Una de las cualidades más brillantes es la ingenuidad y el gracejo de algunos personajes, por obra y gracia del lenguaje, los cuales forman un retablo vivo de tipos humanos, difuminados y condicionados por la intención paternalista, pero auténticas creaciones literarias, o en otros casos, como hemos visto, buenas transcripciones de otros autores. Contiene el libro frases y palabras graciosísimas; sólo por esto valdría la pena leer en voz alta este libro: palabras poéticas v llenas de vitalidad.

     Esta prosa, en efecto, supera con mucho a la de las obras legislativas (Fuero Juzgo e, incluso, las Partidas) y de otros libros (Libro del Saber de Astronomía). Puede decirse que hace castellanos todos esos cuentos de tan diversa procedencia, siempre merced al lenguaje.

     Finalmente, en cuanto al capítulo de influencias, cabe añadir la que ejerció sobre el Infante Don Jaime de Xérica, magnate de Aragón, contribuyendo a modificar su estilo, heredado de las obras anteriores, sobre todo del Rey Sabio.

     También merecen destacarse las diferencias señaladas por algunos tratadistas literarios entre los cuentos de El Conde Lucanor y las de El Decamerón, señalando a los primeros como idealistas y a los segundos como materialistas. Por supuesto que esta clasificación es harto ingenua v proviene de viejas concepciones ya muy superadas. El materialismo ha venido identificándose con ideas y sentimientos poco nobles y elevados (los solapados en el idealismo...) en contra del idealismo que ha venido representando todo lo bueno. Célebre, y también superada, es la comparación entre el idealismo de Don Quijote y el materialismo de Sancho Panza, idealistas los dos... (piénsese en Dulcinea y Barataria). La comparación entre El Decamerón y El Conde Lucanor la creo un poco forzada. Sería mejor hablar del realismo de El Decamerón y del idealismo de El Conde Lucanor, aunque en muchos cuentos de este último libro aparece un realismo muy castellano (piénsese en el cuento del padre y del hijo) y en algunos pasajes de El Decamerón, por imperativo de la época, se da paso a diversos aspectos idealistas. Fuera de lugar, por otra parte, el querer dignificar los cuentos de El Conde Lucanor por su «moralidad» en contraposición de los cuentos de Bocaccio, procaces y obscenos. Bocaccio pinta la vida tal como es, al menos en uno de sus aspectos, y no sin cierta exageración literaria, algo comprensible, y el Infante, intimista, subjetivista, escribe un libro como resultado de sus represiones. El libro de Bocaccio, salvadas las agudezas de su forma, me parece un libro mil veces más moral que el libro de Don Juan Manuel, pues así como el primero es un canto a la vida abierta y llena de esperanza, el segundo es una solapada canción a la falsa prudencia, al individualismo, a considerar la vida estática, al paternalismo y a la huida de la realidad objetiva. Lo que hoy constituiría un libro de «evasión».

     El idealismo y el materialismo son dos concepciones del mundo, en pugna desde siempre (toda la historia de la Filosofía es su historia) v en este sentido sí que cabe situar al Infante en el idealismo y a Bocaccio, aunque con algunos reparos, en el materialismo. Bocaccio desemboca en la comprensión de la realidad objetiva, Juan Manuel en todas las formas de «evasión» conocidas.

© Jesús Lizano, El Conde Lucanor

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LIBRO DE LOS ENXIEMPLOS DEL CONDE LUCANOR ET DE PATRONIO (1335)

XXXV: De lo que contesçió a un mancebo que casó con una muger muy fuerte et muy brava

(texto completo de la versión original en castellano antiguo)

 
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De lo que contesçió a un mançebo que
casó con una muger muy fuerte et muy brava
 
 
 

Otra vez fablava el conde Lucanor con Patronio, et díxole:

-Patronio, un mío criado me dixo quel’ traían cassamiento con una muger muy rica et aun, que es más onrada que él, et que es el casamiento muy bueno para él, sinon por un enbargo que ý ha, et el enbargo es éste: díxome quel’ dixeran que aquella muger que era la más fuerte et más brava cosa del mundo. Et agora ruégovos que me consejedes si le mandaré que case con aquella muger, pues sabe de cuál manera es, o sil’ mandaré que lo non faga.

-Señor conde -dixo Patronio-, si él fuer tal como fue un fijo de un omne bueno que era moro, consejalde que case con ella, mas si non fuere tal, non gelo consejedes.

El conde le rogó quel’ dixiesse cómo fuera aquello.

Patronio le dixo que en una villa avía un omne bueno que avía un fijo, el mejor mançebo que podía ser, mas non era tan rico que pudiesse complir tantos fechos et tan grandes como el su coraçón le dava a entender que devía complir. Et por esto era él en grand cuidado, ca avía la buena voluntat et non avía el poder.

En aquella villa misma, avía otro omne muy más onrado et más rico que su padre, et avía una fija non más, et era muy contraria de aquel mançebo; ca cuanto aquel mançebo avía de buenas maneras, tanto las avía aquella fija del omne bueno malas et revesadas; et por ende omne del mundo non quería casar con aquel diablo.

Aquel tan buen mançebo vino un día a su padre et díxole que bien sabía que él non era tan rico que pudiesse darle con que él pudiesse bevir a su onra, et que pues le convinía a fazer vida menguada et lazdrada o irse daquella tierra, que si él por bien tobiesse, quel’ paresçía mejor seso de catar algún casamiento con que pudiesse aver alguna passada. Et el padre le dixo quel’ plazría ende mucho si pudiesse fallar para él casamiento quel’ cumpliesse.

Entonce le dixo el fijo que si él quisiesse, que podría guisar que aquel omne bueno que avía aquella fija que gela diesse para él. Cuando el padre esto oyó, fue muy maravillado, et díxol’ que cómo cuidava en tal cosa: que non avía omne que la conosçiesse que, por pobre que fuese, quisiese casar con ella. El fijo le dixo quel’ pidía por merçed quel’ guisasse aquel casamiento. Et tanto lo afincó que como quier que el padre lo tovo por estraño, que gelo otorgó.

Et él fuesse luego para aquel omne bueno, et amos eran mucho amigos, et díxol’ todo lo que passara con su fijo et rogól’ que pues su fijo se atrevía a casar con su fija, quel’ ploguiesse et que gela diesse para él. Cuando el omne bueno esto oyó aquel su amigo, díxole:

-Par Dios, amigo, si yo tal cosa fiziesse, seervos ía muy falso amigo, ca vós avedes muy buen fijo, et ternía que fazía muy grand maldat si yo consintiesse su mal nin su muerte; et só çierto que si con mi fija casase, que o sería muerto o le valdría más la muerte que la vida. Et non entendades que vos digo esto por non complir vuestro talante, ca si la quisierdes, a mí mucho me plaze de la dar a vuestro fijo, o a quienquier que me la saque de casa.

El su amigo le dixo quel’ gradesçía mucho cuanto le dizía, et que pues su fijo quería aquel casamiento, quel’ rogava quel’ ploguiesse.

El casamiento se fizo, et levaron la novia a casa de su marido. Et los moros an por costumbre que adovan de çena a los novios et pónenles la mesa et déxanlos en su casa fasta otro día. Et fiziéronlo aquellos assí; pero estavan los padres et las madres et parientes del novio et de la novia con grand reçelo, cuidando que otro día fallarían el novio muerto o muy maltrecho.

Luego que ellos fincaron solos en casa, assentáronse a la mesa, et ante que ella ubiasse a dezir cosa cató el novio en derredor de la mesa, et vio un perro et díxol’ ya cuanto bravamente:

-¡Perro, danos agua a las manos!

El perro non lo fizo. Et él encomençósse a ensañar et díxol’ más bravamente que les diesse agua a las manos. Et el perro non lo fizo. Et desque vio que lo non fazía, levantóse muy sañudo de la mesa et metíó mano a la espada et endereçó al perro. Cuando el perro lo vio venir contra sí, començó a foír, et él en pos él, saltando amos por la ropa et por la mesa et por el fuego, et tanto andido en pos de’l fasta que lo alcançó, et cortól’ la cabeça et las piernas et los braços, et fízolo todo pedaços et ensangrentó toda la casa et toda la mesa et la ropa.

Et assí, muy sañudo et todo ensangrentado, tornóse a sentar a la mesa et cató en derredor, et vio un gato et díxol’ quel’ diesse agua a manos; et porque non lo fizo, díxole:

-¡Cómo, don falso traidor!, ¿et non vistes lo que fiz al perro porque non quiso fazer lo quel’ mandé yo? Prometo a Dios que si un punto nin más conmigo porfías, que esso mismo faré a ti que al perro.

El gato non lo fizo, ca tampoco es su costumbre de dar agua a manos, como del perro. Et porque non lo fizo, levantóse et tomól’ por las piernas et dio con él a la pared et fizo de’l más de çient pedaços, et mostrándol’ muy mayor saña que contra el perro.

Et assí, bravo et sañudo et faziendo muy malos contenentes, tornóse a la mesa et cató a todas partes. La muger, quel’ vio esto fazer, tovo que estava loco o fuera de seso, et non dizía nada.

Et desque ovo catado a cada parte, et vio un su cavallo que estava en casa, et él non avía más de aquél, et díxol’ muy bravamente que les diesse agua a las manos; el cavallo non lo fizo. Desque vio que lo non fizo, díxol’:

-¡Cómo, don cavallo!, ¿cuidades que porque non he otro cavallo, que por esso vos dexaré si non fizierdes lo que yo vos mandare? Dessa vos guardat, que si por vuestra mala ventura non faierdes lo que yo vos mandare, yo juro a Dios que tan mala muerte vos dé como a los otros; et non ha cosa viva en el mundo que non faga lo que yo mandare, que esso mismo non le faga.

El cavallo estudo quedo. Et desque vio que non fazía su mandado, fue a él et cortól’ la cabeça con la mayor saña que podía mostrar, et despedaçólo todo.

Cuando la muger vio que matava el cavallo non aviendo otro et que dizía que esto faría a quiquier que su mandado non cumpliesse, tovo que esto ya non se fazía por juego, et ovo tan grand miedo, que non sabía si era muerta o biva.

Et él assí, vravo et sañudo et ensangrentado, tornóse a la mesa, jurando que si mil cavallos et omnes et mugeres oviesse en casa quel’ saliessen de mandado, que todos serían muertos. Et assentósse et cató a cada parte, teniendo la espada sangrienta en el regaço; et desque cató a una parte et a otra et non vio cosa viva, bolvió los ojos contra su muger muy bravamente et díxol’ con grand saña, teniendo la espada en la mano:

-Levantadvos et datme agua a las manos.

La muger, que non esperava otra cosa sinon que la despedaçaría toda, levantóse muy apriessa et diol’ agua a las manos. Et díxole él:

-¡A!, ¡cómo gradesco a Dios porque fiziestes lo que vos mandé, ca de otra guisa, por el pesar que estos locos me fizieron, esso oviera fecho a vos que a ellos!

Después mandól’ quel’ diesse de comer; et ella fízolo. Et cada quel’ dizía alguna cosa, tan bravamente gelo dizía et en tal son, que ella ya cuidava que la cabeça era ida del polvo.

Assí passó el fecho entrellos aquella noche, que nunca ella fabló, mas fazía lo quel’ mandavan. Desque ovieron dormido una pieça, díxol’ él:

-Con esta saña que ove esta noche, non pude bien dormir. Catad que non me despierte cras ninguno, et tenedme bien adobado de comer.

Cuando fue grand mañana, los padres et las madres et parientes llegaron a la puerta et porque non fablava ninguno, cuidaron que el novio estava muerto o ferido. Et desque vieron por entre las puertas a la novia et non al novio, cuidáronlo más.

Cuando ella los vio a la puerta llegó muy passo et con grand miedo, et començóles a dezir:

-¡Locos, traidores!, ¿qué fazedes? ¿Cómo osades llegar a la puerta nin fablar? ¡Callad, sinon todos, también vós como yo, todos somos muertos!

Cuando todos esto oyeron, fueron marabillados; et desque sopieron cómo pasaron en uno, presçiaron mucho el mançebo porque assí sopiera fazer lo quel’ cumplía et castigar tan bien su casa.

Et daquel día adelante, fue aquella su muger muy bien mandada et ovieron muy buena bida.

Et dende a pocos días, su suegro quiso fazer assí como fiziera su yerno, et por aquella manera mató un gallo, et díxole su muger:

-A la fe, don fulán, tarde vos acordastes, ca ya non vos valdría nada si matássedes çient cavallos: que ante lo oviérades a començar, ca ya bien nos conosçemos.

Et vós, señor conde, si aquel vuestro criado quiere casar con tal muger, si fuere él tal como aquel mançebo, consejalde que case seguramente, ca él sabrá cómo passa en su casa; mas si non fuere tal que entienda lo que deve fazer et lo quel’ cumple, dexadle passe su ventura. Et aun consejo a vós que con todos los omnes que ovierdes a fazer, que siempre les dedes a entender en cuál manera an de pasar conbusco.

El conde obo éste por buen consejo, et fízolo assí et fallóse dello vien.

Et porque don Johan lo tovo por buen enxiemplo, fízolo escrivir en este libro, et fizo estos viessos que dizen assí:

Si al comienço non muestras qui eres,
nunca podrás después cuando quisieres.

Et la istoria deste enxiemplo es ésta que se sigue:

FIN

 

 
 

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