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La "marca"
del gato |
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El felino trepaba por el edificio, dejando marcadas
en la fachada las huellas de sus fuertes y duras
uñas. De repente, potentes reflectores iluminaron la
noche.
- ¡Ya lo tenemos! ¡Lo hemos atrapado por fin! Así
gritaban las cincuenta mil gargantas, pertenecientes
a los policías y bomberos de la Ciudad, congregados
al pie del edificio,
llegando a oírse sus voces hasta en el último rincón
de la Población. Gritaban, alborozados, por creer
que habían conseguido sorprender a aquel gato,
siempre huidizo, y que por las noches trepaba por
los edificios, burlándose de las ordenanzas y de
todos y estropeando las fachadas con sus garras.
La
multitud invadía las calles;
muchos vecinos habían bajado en pijama, presurosos,
para no perderse nada del espectáculo prometido y
esperado. Los bomberos se aprestaron a lanzar, a
alta presión, grandes chorros de agua con sus
potentes mangueras,
dirigidas hacia el felino.
Los
policías, mientras tanto, disfrutaban esperando ver
caer al odiado gato, para apresarlo y hacerle pagar
muy caro sus enfrentamientos y osadías. El gato no
se sorprendió
por la persecución,
al contrario: estaba esperándola desde hacía mucho
tiempo, la esperaba y la necesitaba para sentirse
importante, para seguir sabiendo que él era el
mejor. También sabía que aquello era un
enfrentamiento en toda regla, de “poder a poder”.
Desde lo más alto, desde la última cornisa que había
logrado alcanzar,
levantó su cola;
lo hizo lenta, majestuosamente, y orientando su
trasero hacía abajo, expelió un potente y largo
chorro
"made in gatuno"
con
toda la maestría de que era capaz. La gran sonrisa
de felino astuto que iluminó sus facciones al ver
que, como siempre, su puntería había sido certera,
contrastó con las maldiciones que vomitaban los que
se encontraban abajo, recibiendo esa especie de
lluvia pestilente, recibiendo “la marca del gato”.
Los
cincuenta mil policías y bomberos marcados,
chorreando y llenos de ira por la nueva burla de su
odiado enemigo, le imprecaron y protestaron,
desesperados e impotentes.
El
gato, muy
satisfecho,
con un
último impulso grácil y elegante, saltó hacia
arriba, hacia el tejado, y pudo vérsele allí,
quieto, con su rabo erguido,
dominando la Ciudad desde las alturas, recortada su
imponente figura, silueta de porte impecable,
en el cielo alumbrado por la luna; eso duró unos
instantes, desapareciendo el gato a continuación,
con su acostumbrada majestuosidad, a través de la
noche.
Mientras aún resonaban las maldiciones de los
policías,
sobresalió por encima de todas ellas un largo y
potente ¡MAUUUUU! que electrizó el ambiente húmedo
de la calle. Y la multitud y los servidores
públicos, cabizbajos y mojados,
se retiraron apesadumbrados, dándose cuenta de que,
una vez más, habían sido burlados y vencidos por el
gato.
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MÍNIMA
HISTORIA DE UNA MININA: KIMSA, MI PRINCESA (2002): |
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Kimsa, mi
princesa |
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Tengo una gata y también tengo la manía, desde hace
tiempo, de que mi gata no es lo que parece. Estoy
convencido de que bajo su personalidad de gata, oculta
la de un ser superior. Es capaz de transmitirme sus
más mínimos deseos, y si yo dudo ante lo que me pide y
me quedo dubitativo, me mira y entrecierra sus ojos
lánguidamente, como queriendo decirme: si tú no me lo
das ¿quién lo hará? Siempre acaba convenciéndome, la
muy lagarta.
Conoce mis pensamientos y sabe los movimientos que voy
a hacer antes de que yo mismo lo sepa. Seguro estoy de
que los gatos leen perfectamente lo que pensamos las
personas. Su nombre es Kimshasha, aunque yo la llamo
Kimsa, y es de raza Común Europea. Predomina en ella
el color gris, pero tiene unas bonitas rayas por todo
su cuerpo con muchos matices de colores, blanco,
negro, rayas de distintos grises y también de color
naranja. Es sorda de nacimiento, pero es tan intuitiva
que nadie aprecia su sordera. Cuando yo no sé por
dónde anda, y quiero saberlo, la llamo golpeando
ligeramente en el suelo con mi pie y aparece al
momento. Es larga, estilizada, pero de anchas y
potentes caderas. Tiene unos ojos preciosos verdes muy
expresivos con largas pestañas que sabe mover con
estudiada coquetería, y al caminar se mueve tan
felinamente, que parece una pequeña tigresa.
Hace varias noches que, en lo mejor de mi sueño,
Kimsa sube silenciosamente a mi cama y se acurruca
entre mis brazos, colocando su pequeña cabecita en mi
hombro. Entonces, empieza a ronronear suavemente como
si me cantase una nana con dulzura, por lo bajito,
única y exclusivamente para mi. Tiene ahora cinco años
y nunca me había hecho algo parecido. Por su edad ya
va para solterona, así que es muy posible que haya
decidido evitarlo haciéndome arrumacos, tratando de
conquistarme.
Yo
no creo en cuentos para niños ni en cuentos de hadas,
que ya no tengo edad para creer en cuentos. Sin
embargo, se me ocurre que esta gata tan ladina y tan
coqueta bien pudiera ser una princesa encantada, pues
dicen que, en las leyendas que conocemos, siempre
existe algo de verdad. Fue esta noche pasada cuando,
al notar de nuevo su cálido cuerpecillo junto al mío,
apoyada su cabecita en mi hombro, rozando y haciéndome
cosquillas en la mejilla con sus bigotes de pequeña
tigresa, ronroneándome dulcemente al oído, no pude
resistirme a sus encantos. Deseé ser un príncipe, como
el príncipe del cuento que da un beso a la ranita
encantada, y la ranita, con el beso, recobra su forma
natural convirtiéndose en una bella princesa. No
perdía ninguna cosa probando, pensé. Ladeando mi
cabeza, la incliné más hacia mi gata; le di un pequeño
y suave beso debajo de su pequeño morrito húmedo y
cálido, directamente en sus labios, y esperé a que
ocurriese algo.
Lo
que sucedió fue que, Kimsa, mi princesa, se estiró
mimosamente, restregó con dulzura su cabecita en mi
hombro y me ronroneó al oído más fuertemente que
nunca.

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