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En el fondo, y salvo excepciones, todos leemos lo mismo.
Hablo, claro está, de aquellos que leemos algo en el
sancta sanctorum (retrete) o antes de acostarnos. Hay ciertas
especialidades, y unos se dan al ensayo filosófico con más
ahínco, otros a los libros de historia o a la novela
negra, quizá a las biografías o a la ciencia-ficción.
Pero al final tenemos una base común bastante amplia,
algo lógico por otra parte debido a la cultura que
compartimos. Por eso creo que se puede saber más de un lector por
aquellos libros que fue incapaz de leer, esos clásicos
que dejó a la mitad o muchas de las obras calificadas de
excelsas que quiso lanzar por la ventana. En estos casos
envidio a Umbral, que tira sus descartes a una
piscina. Mi biblioteca de intragables tiene ejemplares como La
Colmena (Cela), La Peste (Camus), Por el
Camino de Swan (Proust), Lord Jim (Conrad), una
recopilación de cuentos de Joyce o
Hamlet (Shakespeare).
Lejos de renegar de los libros que llenan las estanterías
de esta particular biblioteca, los cuido más que a
ninguno, les quito el polvo y los huelo, les vuelvo a
echar un vistazo de vez en cuando. Es cierto que en un
primer momento, cuando no puedo continuar con su lectura,
los mandaría al contenedor de papel y cartón; sin
embargo constituyen mi verdadera historia como
lector. Posiblemente
por eso queramos quemarlos, pisarlos, lanzarlos por la
ventana o a la piscina. Muestran un pedacito de verdad, y
enfrentarse a la verdad siempre es difícil (llegados a
este punto digo esto en voz baja, tampoco he podido con el
Quijote). La biblioteca de intragables es la única que
merece un sitio en las casas, la que habría que exhibir
ante las amistades para fardar:
- Mira, Paco, en estos anaqueles tengo ordenados los
libros según la página donde los abandoné. Los de la
parte de abajo ni siquiera merecieron pasar de la 30. Te
voy a prestar éste de Hemingway.
- Ah, ese ya lo dejé, María; es buenísimo, en la 45 si
no recuerdo mal. A ver si te presto uno de Faulkner que me
espantó o te lo regalo para tu cumpleaños. Es de los que
he leído hasta el primer cuarto que más me ha gustado
cerrar.
¿Qué mérito tiene disfrutar con La Conjura de los
Necios? ¿Cómo no pasárselo en grande con las
andanzas francesas de Henry Miller? ¿Quién maldice los
relatos de Poe, Borges o Cortázar? Créanme, se necesita mucho más talento para aburrirse
con cualquiera de los libros que he mencionado. Hay que
ser muy valiente para decirle a Cervantes: ahí te quedas.
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